Skip to main content
14 Noviembre 2022
559 vistas

La Palabra

XXXIII domingo ordinario “C”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”

Lc 21,5-19

Estimados hermanos y hermanas, las lecturas que acabamos de escuchar, en este penúltimo domingo del año litúrgico nos invitan antes que nada a la esperanza y al compromiso. Atención, es cierto que los textos pertenecen al genero literario llamado apocalíptico y pudiéramos pensar que lo importante que hoy Dios quiere hacernos escuchar es su voluntad de terminar con el mundo, de hacer un juicio final y acabar con la humanidad. ¡Para nada! Una afirmación así está muy lejos del pensamiento de Jesús.

De hecho, en la página del evangelio de hoy (Lc 21,5-19) repetidas veces nos invita a la atención, “cuídense de que nadie los engañe” y sobre todo a evitar el miedo: “que no los domine el pánico”. Es cierto que signos tan escalofriantes como terremotos, epidemias, hambrunas, guerras y demás aparecen en nuestros días con una fuerza increíble y pudiéramos caer en la tentación de ver en todo ello el fin del mundo, dejándonos llevar por el miedo, actitudes fatalistas paralizantes y llenas de pesimismo. O incluso asumir una actitud completamente desatendida, incrédula, indiferente. De hecho, hoy en día, entre las creencias de muchos cristianos han dejado de estar presentes palabras como Juicio Final, condena, salvación, infierno y hasta la resurrección de los muertos, que en algunos casos ha sido substituida por otras creencias ajenas a nuestra fe como la reencarnación, la liberación del espíritu/karma o la “fusión con la energía natural”, y tantas más. En fin, posturas opuestas y siempre lejanas al centro del mensaje de un Dios liberador, autor de la vida y comprometido con la salvación del mundo y de la humanidad.

No podemos asumir la verdad de estas lecturas sino desde la perspectiva de la esperanza cristiana y de la certeza de la absoluta soberanía de Dios sobre los acontecimientos de la historia entretejidos con el conjunto de opciones hechas por los seres humanos. En este sentido, hablar del final de los tiempos solo será pertinente para quienes desean descubrir a profundidad el sentido de la historia, incluso en sus acontecimientos dolorosos, adversos y hasta catastróficos, pero en los cuales siempre hay un Dios soberano, salvador y liberador, comprometido con esa historia y con su salvación. Esta es la primera afirmación que hoy Dios nos hace y nos invita a creer: Dios está comprometido con nuestra historia y quiere que, junto con nosotros, la transformemos en una historia de salvación.

El profeta Malaquías, en la primera lectura (Mal 3, 19-20) asegura que Dios es fiel y nunca abandona al que le teme y sirve... y anuncia que habrá un día, el Día de Yahveh, el día del Juicio, para colocar a cada uno en su sitio, de hacer el balance de la vida de cada cual, y hacer justicia a quienes han sido objeto de injusticias... Afirmar que Dios hará justicia no implica rechazar la afirmación de que “Dios es bueno”, que perdona siempre, y que quiere salvar a todos, ¡para nada! Dios es bueno, y en su bondad respeta la libertad del ser humano en sus opciones. Quien elije el mal y camina por ese camino, avanza por el camino de la autodestrucción, de la opción por el mal, de la traición a los hermanos, etc., ante lo cual a Dios no le queda otro remedio que asumirlo y sufrir sus consecuencias, porque al crearnos decidió respetar absolutamente nuestra libertad y responsabilidad personal. Pero esto no lo detiene en su opción por la vida; a pesar de la maldad existente, Dios es fiel y no renuncia a la vida, a la salvación del mundo y de la humanidad. Recuerden, dice Jesus en el evangelio, todo eso puede pasar, incluso serán perseguidos y todos os odiaran “por causa mía, sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

He aquí la segunda afirmación importante del día de hoy: ante todas estas dificultades, tragedias y demás cosas, no debemos ceder al desánimo que tales síntomas de crisis pudiesen provocar en nosotros, por el contrario, debemos mantener viva la esperanza con los ojos fijos en la salvación y comprometidos con ella: “si se mantienen firmes, conseguirán la vida”. Mantener viva la esperanza, para Jesús significa trabajar en la construcción del Reino prometido por el Padre y cumplido en su persona. Jesús nos invita a “dar testimonio”, manteniendo una vida comprometida con su Reino; no se conformen con la realidad, por muy trágica que sea, no agachen la cabeza pensando que no hay nada que hacer, por el contrario, todo eso “será la ocasión de que den testimonio de mí”. Para el cristiano, dice San Pablo (2 Tes 3,7-12), no es permitida la pereza, “el que no quiera trabajar, que no coma”, dice tajante. La esperanza en la resurrección no nos debe paralizar, al contrario, nos debe de comprometer. Jesús pide, a los creyentes de estos tiempos tan difíciles, tan semejantes a los descritos por los profetas, nos pide ser testigos, demostrar en dónde tenemos puesta nuestra confianza, por qué valores y estilo de vida hemos optado. ¿Y qué pudiera significar concretamente este testimonio que Jesús nos pide hoy? A partir de su Evangelio podemos distinguir algunas claves para poder alumbrar un nuevo mundo:

  • Hacer que las personas sean más importantes que las cosas, sobre todo que el dinero.
  • Cuidar de la naturaleza como un don de Dios, contando con las próximas generaciones, y no sólo con nuestras necesidades egoístas. No seamos depredadores ni destructores de esta hermosa naturaleza.
  • Aprender a vivir con menos... para que al menos podamos todos vivir. Somos una sociedad caracterizada por el derroche, el desperdicio habiendo tantos que no tienen nada.
  • Que no falte la solidaridad entre todos los hombres, no sólo con los cercanos o los nuestros; en ese sentido, poner las bases de la justicia, la verdad y la paz en las relaciones personales y sociales.
  • No «divinizar» ni absolutizar nada ni a nadie y exigir siempre responsabilidades a nuestros líderes políticos, económicos y religiosos.
  • No dejarnos vencer por la desesperanza y el catastrofismo. Y ser «perseverantes» y testigos en lo importante, en lo necesario, en lo innegociable.
  • Buscar lo que nos acerca, lo que nos hermana, lo que nos une y no lo que nos enfrenta…

Estimados hermanos y hermanas, la palabra de Dios de este domingo nos pone ante un deslumbrante contraste: habla de tragedias, catástrofes, pero tambien de una vida abundante, sólida, renovada, salvada, querida por Dios. Y nos pone ahí, en las vicisitudes del tiempo como testigos, llamados a una vida paradoxal, firmemente anclados por la esperanza de las realidades eternas y comprometidos con un mundo nuevo hoy. De esta manera, y sólo de esta manera el creyente se convierte en un ser necesario para el mundo.

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!