
NUESTRO DIOS, ES UN DIOS DE VIVOS Y EN FAVOR DE LA VIDA
Queridos hermanos, en este domingo, la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre LA VIDA, pues el Dios de Jesucristo, el Dios en que creemos, el «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos». Las lecturas de hoy nos invitan, ciertamente a pensar en la resurrección después de la muerte, pero también las implicaciones en nuestra vida presente al afirmar y creer en esta resurrección. Nuestra fe en la resurrección no nos “evade” de este mundo y su problemática, al contrario, afirmar nuestra vocación a la resurrección, implica trabajar, hoy y aquí por la vida, por la paz, por la justicia. Si negamos la resurrección, negamos a nuestro Dios, al Dios de Jesús que es un Dios de vivos y que da la vida verdadera en la verdadera muerte. Hermanos, podemos vivir nuestra vida presente negando con nuestras obras la realidad de la resurrección. Podemos vivir nuestra vida cotidiana afirmando con nuestros hechos que no creemos ni esperamos una vida más allá de esta realidad. Esto sucede cuando vivimos preocupados y ocupados solo en nuestra subsistencia y nuestra felicidad aquí en este mundo, cuando vivimos encerrados en nosotros mismos y en nuestra búsqueda frenética de una satisfacción personal egoísta y en nuestra propia subsistencia, cueste lo que cueste, por cualquier medio y a cualquier precio. Pensando en la violencia que vive nuestra sociedad mexicana me pregunto, bueno ¿esta gente que vive sembrando muerte y desolación en las familias, no piensa que existe el juicio y la resurrección? ¿Por qué vivir negando la resurrección al trabajar sembrando muerte? En el evangelio de hoy, Lucas nos dice que, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección. A partir de este modo de pensar y de vivir, los saduceos hacen una pregunta a Jesús, con la intención de burlarse de su propuesta de una vida vivida en función de una esperanza que nos lleva más allá de la muerte; los saduceos no pueden aceptar el mensaje de Jesús que nos invita a construir el Reinado de Dios ya aquí, en nuestra vida y que llegará a su plenitud al vencer a la muerte. Hermanos, trabajar por el Reino de Dios nos identifica con el Señor, con su misión y con su obra, y nos hace participar, ya desde ahora, de su Vida, que no acaba, sino que se prolonga eternamente, pues somos Hijos de Dios y participamos de su gloria. Los saduceos no pueden aceptar esto y por ello, para poner a prueba a Jesús, apelan a la ley de la “halizah” (Dt 25,9-19) que es a todas luces inhumana, no solamente antifeminista. Al leer ese ejemplo dado por los saduceos me recordaba de Consolata, una joven viuda de Burundi, el país donde viví por muchos años. Ella quedó viuda y con una hija de meses, Oda es su nombre. Al quedar viuda, la familia de su difunto marido quería “casarla” a como diera lugar con algún hermano de su esposo. Estamos hablando del Burundi de hoy y no de las tradiciones judías de hace miles de años que a todos nos dejan perplejos. ¿Por qué esta ley en una sociedad de nuestro tiempo? Porque la familia del esposo de Consolata necesitaba “recuperar” el terreno agrícola que ahora no tenía “propietario”. En Burundi las mujeres, al casarse, son llevadas a la tierra de la familia del esposo; ellas no tienen derecho a la propiedad, esta pertenece a los hombres. Siendo viuda y madre de una niña, ellas no pueden “poseer” esa tierra, así que solo hay dos opciones, se casa con uno de la familia del marido para que la tierra “regrese” o “huye” de la familia del esposo, sin nada, arriesgando la muerte, el hambre, el deshonor. Dejando a un lado la cuestión cultural, en este ejemplo, como en el de los saduceos del evangelio, quiero que veamos la problemática que aparece en los dos ejemplos, es decir vivir solo pensando en el momento presente, en la importancia de “esa tierra”, de lo material, organizar nuestra vida y nuestros modos de vida solo en función del bien material a ser gozado en el presente, aún si esto trae injusticias, muerte, desolación. Regresando al evangelio, la ridiculez de la trampa saducea para ver de quién será esposa la mujer de los siete hermanos no hará dudar a Jesús en afirmar su visión de la vida, la del presente y la que esperamos. En el caso de los saduceos, su pensamiento escatológico se limita a la simple supervivencia del pueblo de Dios en este mundo, en definitiva… un mundo donde todo termina aquí y por lo tanto lo que importa es vivir “bien” aquí. Hermanos, me atrevo a decir que la sociedad de nuestro tiempo es una sociedad de “saduceos”, de gente, aún bautizada, que vive negando la realidad de la resurrección, que vive, simplemente trabajando por los bienes que nos den “bienestar” aquí y ahora. Démonos cuenta de “la trampa” que los “saduceos” de nuestro tiempo nos proponen al negar al Dios de la vida, al Dios de “Abraham, de Isaac, de Jacob”. Démonos cuenta de la mentalidad que está entrando en nuestros hijos, en nuestras familias, en nuestra sociedad en la cual ya no se afirma la realidad de la resurrección, ya no se educa a vivir en esa “esperanza”, a trabajar bajo la luz de esa esperanza. Hermanos, la primera lectura nos habla de una familia que es martirizada, masacrada por afirmar su esperanza en la vida eterna; una mamá y sus siete hijos que son torturados hasta la muerte por negarse a seguir la “ley” de ese rey que negaba los preceptos de Dios. Esa mujer y esa familia me hace pensar al reto que la Iglesia de nuestro tiempo y las familias cristianas de nuestro tiempo tienen ante esta sociedad. Es necesario que las familias, como esa mamá de la primera lectura, enseñen a sus hijos sobre la realidad del Reino de Dios a construir aquí y a esperar, en plenitud, en la vida que no se acaba. Es necesario educar y alentar a nuestros hijos a ir contra corriente y a saber enfrentar a esta sociedad materialista que impone esa “ley”, ese modo de vida que niegan los preceptos de Dios. Trabajar por el Reino de Dios en nuestras familias es ser alternativa contra un mundo empeñado en morir; vivir la fraternidad, el amor y la paz, es llevar a todos los hombres y mujeres el “consuelo y la esperanza” nos dirá la segunda lectura. La fe que nos hace esperar la resurrección, nos mantiene firmes en ella y luchar contra los anti valores del Reino de Dios tan predominantes en nuestra sociedad. La fuerza para oponernos a ese reino de muerte nos será dada por el Señor (2 Tes 3, 3). Que el “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”, el Dios de la vida, haga de nosotros testigos y promotores de la vida plena, del Reino de Dios en nuestra vida de todos los días y en nuestra esperanza por esa vida que no se acaba en Jesucristo nuestro Señor. Que las familias cristianas, como esa mujer macabea, permanezcan de pie, alentando a sus hijos a enfrentar a los “saduceos de nuestro tiempo” y a afirmar nuestra esperanza en la vida plena que Jesucristo resucitado nos trae.

