
UN ENCUENTRO QUE CAMBIA LA VIDA
La palabra de hoy nos invita a un encuentro y a una oportunidad de cambio, nos plantea la posibilidad de romper todos los esquemas y las leyes que nos rigen y nos “impiden” ver a Dios, para poder finalmente encontrarnos con ese Dios misericordioso, ese Dios “que aparenta no ver todos los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse”, nos dice la primera lectura (Sab 11, 22-12,2). “Tu perdonas a todos, porque todos son tuyos, Señor, que amas la vida”.
Zaqueo, ese personaje del evangelio (Lc 19,1-10), puede ser tú, puedo ser yo; es más, todos estamos llamados a dejarnos mover por ese deseo que movió a Zaqueo para ir al encuentro de Jesús, todos, por muy justos que nos sintamos; no perdamos la ocasión de dejarnos mirar hoy por Jesús que quiere decirnos: “bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.
Zaqueo ciertamente había oído hablar de Jesús, su posición de publicano, hombre de relaciones y de contacto con el pueblo lo ponía en condiciones de escuchar lo que los otros decían de Jesús, sobre todo, aquellos que habían gozado de su misericordia. Zaqueo vivía habitado por este deseo, un deseo que aumentaba en la misma medida que su conciencia le hacia sentir el mal en el que vivía y la posibilidad de ser salvado por ese desconocido para él, pero tan atractivo por su testimonio de vida: Jesús.
Pero si Zaqueo sabia de Jesús, podemos también afirmar que Jesús tenía conocimiento de quien era Zaqueo y del mal que lo habitaba y dañaba al pueblo. Jesús era consciente de la grandísima necesidad de salvación que el corazón de Zaqueo experimentaba. Ciertamente Jesús deseaba encontrarse con este hombre y derramar sobre él toda su misericordia.
Y he aquí que el deseo de estos dos hombres, Zaqueo el pecador y Jesús, “el hijo del hombre, que ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”, finalmente se encuentran; se realiza ese encuentro esperado por los dos. Por un lado, Jesús que atraviesa Jericó, en la búsqueda de todo aquel que necesita salvación, y Zaqueo, que, subido a un árbol, “trata de conocer finalmente a Jesús”. El pasaje de San Lucas es hermoso en describir este encuentro. Vemos a Jesús entrando y atravesando Jericó, por otro lado, Zaqueo, que, al darse cuenta, se lanza en la búsqueda de Jesús, superando toda dificultad, “su baja estatura”, su condición de excluido de la sociedad, sobre todo en cuestiones religiosas. Nada le impide realizar su sueño de encontrarse con Jesús, por ello se sube a un árbol. Jesús también vence todo lo que le impide acercarse a Zaqueo, “levanta los ojos” para mirar a este hombre “de baja estatura” según las normas sociales y religiosas de su pueblo; acepta de “ir a hospedarse en su casa”, grande escándalo, “ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Aunque Zaqueo está a la vista de todos, juzgado por todos, solo Jesús es capaz de leer ese algo nuevo que está naciendo en su corazón; solo Jesús entiende y atiende su profundo deseo. La iniciativa es de Jesús y se produce porque hay disponibilidad en la persona de Zaqueo.
Para nuestros dos personajes, nada les impide este encuentro; en la afirmación de Jesús hay un imperativo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que…”; hoy tengo que…; para Jesús no hay mas tiempo que esperar; para Zaqueo, el tiempo se ha cumplido, aunque tenga que “subir a un árbol”, hoy tienen que encontrarse, el pecador y el Señor de todas las misericordias.
Jesús entra en casa de Zaqueo sin temor a comprometerse, o escandalizar. Su misión es hacer presente en medio de los hombres la misericordia de Dios que quiere la conversión y la salvación de todos sin exclusión. Este acto de misericordia produce su fruto, el encuentro con la misericordia de Dios nunca deja inmóvil al pecador, al contrario, lo transforma, lo cambia, le da vida. Es el amor gratuito de Dios y no sus propios méritos lo que permite a Zaqueo dar un vuelco a su vida y abrirse a un horizonte nuevo. Al sentirse acogido y perdonado comienza a su vez a pensar en los hermanos: “daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”. El publicano Zaqueo se convierte de este modo en la figura del discípulo cristiano que, sin dejarlo todo como hacen otros discípulos de Jesús, permanece en su mundo habitual, dando testimonio de un estilo distinto de vida, según el evangelio. Ya no más la ganancia por encima de todo, sino la justicia (“devolveré el cuádruplo”); el compartir con quien lo necesita (“daré la mitad de mis bienes a los pobres”). Zaqueo es una nueva persona, su deseo escuchado y el deseo actuado de Jesus provoca en él nueva vida.
Estimado hermano, hermana, la palabra de hoy te invita a vivir este encuentro. Al leer este pasaje, no hacemos un recuento de una historia; sino buscamos hacer historia, hacer presente, hacer real, lo que ella nos cuenta: “hoy ha llegado la salvación a esta casa”, a tu casa, a tu corazon. Tú eres ese Zaqueo, yo soy ese Zaqueo que desea encontrar a aquel, que desea mas que tú y mas que yo, encontrarnos. Ese Jesús misericordioso que pasa por los caminos de nuestra vida. “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” porque tú, porque yo, porque cada uno de nosotros, somos esas personas a las que “el hijo del hombre ha venido a buscar”.
“Subámonos a nuestros árboles”, rompamos todo esquema y todo impedimento, provoquemos ese encuentro con Jesús que viene a buscarnos y que desea fuertemente hospedarse en nuestra casa.

