
Ponerse a los pies del Señor
Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre una actitud necesaria para poder vivir nuestra fe y esa actitud no es otra que la actitud de escucha, de apertura al otro, de atención, de hospitalidad. Si somos sinceros, es una actitud que hoy en día nos hace mucha falta; vivimos corriendo, haciendo mil cosas sin tener el tiempo de detenernos para escuchar, para ser hospitalarios, para darle nuestro tiempo y nuestra atención a los demás. Lo vivimos en las familias, entre padres e hijos, en los mismos lugares de trabajo, y cuanto más en nuestra relación con Dios, viviendo siempre a las carreras. Se nos va la vida sin poder disfrutar nada ni a nadie.
En la primera lectura (Génesis 18, 1-10ª) descubrimos a un Abraham atento, hospitalario, abierto al otro y dispuesto a confiar en la palabra que el otro le otorga, porque en el otro desea encontrar a Dios: “«Señor mío, le dice Abraham a uno de esos tres hombres frente a la puerta de su tienda, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”. Abraham no desea que estos hombres solo “pasen de largo” frente a él, sino que los recibe, los alimenta, les da reposo, y esta acción tiene como consecuencias la escucha de la buena noticia de la vida que ellos le aportan: «Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre Sara habrá tenido un hijo». Concluyen estos huéspedes.
En el evangelio (Lc 10, 38-42) descubrimos a Jesus que, yendo a Jerusalén, es recibido por dos hermanas, Martha y María. Ellas, como Abraham, no quieren que Jesus pase de largo y le abren sus puertas, lo reciben, lo acogen, lo atienden. Lo que hacen las dos hermanas es maravilloso, de hecho, no pensemos que una, María es la buena y Martha, es la mala: no quisiera llevar la reflexión por ese camino; para mí, Marta estaba haciendo una cosa estupenda, maravillosa: estaba sirviendo al Señor. ¡Qué privilegio! ¿no creen? Sin embargo, a pesar de todo, Martha comete un pequeño error, y Jesús, con todo su amor y su misericordia, se lo hace ver. El problema no está en servir al Señor, sino en la manera de hacerlo. Lo que Jesús reprueba no son sus servicios y sus atenciones, sino la agitación, la dispersión, el andar corriendo en mil direcciones y perder la paz del corazón.
Martha nos recuerda lo que somos y la manera como a diario actuamos en nuestras vidas; no se si nos damos cuenta, pero tantas veces andamos siempre de prisa, atareados con tantas cosas, nerviosos y agitados. Una de nuestras frases preferidas es: “tengo que”: tengo que ir a, tengo que estar en, tengo que comprar, tengo que arreglar, tengo que reunirme con... Con una cosa entre las manos y mil en la cabeza: el trabajo, la casa, los amigos, los compromisos... y con tantos nervios no somos capaces de disfrutar de la vida ni vivirla con sentido. Agobio, agotamiento, vacío y stress, y ¿la consecuencia cuál es? Nuestras relaciones interpersonales se vuelven vacías, conflictivas, poco profundas.
Jesús no desea eso para Martha, ni para María, ni para ninguno de nosotros. El quiere ser recibido, no quiere pasar de largo, quiere entrar en nuestras vidas, en nuestros corazones. Regresando al texto del evangelio: Marta se deja ganar por lo urgente y sacrifica lo importante; se queda con lo accidental y descuida lo esencial; se deja envolver por el activismo y olvida la contemplación, la escucha de la palabra del Señor, que es lo que verdaderamente importa. Olvidó que la llegada del Señor a su casa era la gran oportunidad para estar con Él y escucharlo, y prefiere, en cambio, la acción. Pero cae, al mismo tiempo, en la precipitación, en el ruido, en la agitación y el nerviosismo. Marta acoge a Jesús en su casa, pero María lo acoge dentro de su corazón, en su propia intimidad; he ahí la grande diferencia.
María sabe sentarse a disfrutar de la compañía. Ante la ocasión que se le ha presentado, María decide sentarse a escuchar un rato al Maestro, sabe que todas las demás cosas pueden esperar. Luego las realizará con más ilusión, con más interés, con sentido y con mucha más paz. ¿Hermanos, hermanas, no se dan cuenta que nuestra generación ha perdido el gusto por el silencio y la tranquilidad? María sabía que un tiempo de silencio, de escuchar al Maestro, de dialogar a solas con él, a sus pies, de dejar que resuene su Palabra... es el mejor remedio para no andar inquieta y nerviosa, irritable e inaguantable.
Marta, la del evangelio, y quizá las “Martas” que somos nosotros, debiera sentarse, como Abraham junto a la puerta de la tienda, a la puerta del corazón para ver pasar a los hombres, y reconocer en ellos a Dios; para recibirlos con calma e invitarles a entrar en casa, acogerles, prestarles atención y ayuda, y ofrecerles lo mejor de su despensa. Ya llegará el momento de volverse «buen samaritano», como lo pedía el evangelio del domingo pasado. Si, cierto, llegará ese tiempo, pero para vivirlo con profundidad, con sentido, con calma y paz. Me decía siempre un padre espiritual de mi congregacion: “Es mejor hacer menos cosas y hacer mejor cada cosa”.
Hermano, hermana, Dios sigue pasando frente a nuestras tiendas, y no quiere pasar de largo, quiere aportarnos vida, sentido, paz. Las lecturas de hoy te invitan a que recibas al Señor en tu casa, que te sientes a escucharlo con calma... sin olvidar que tiene la extraña costumbre de presentarse disfrazado de peregrino, de viajero, de amigo, de necesitado, de agobiado por los calores de la vida... Recíbelo, pero no solo eso, siéntate y escúchalo. Aparta un poco a esa Marta aturdida con tantas cosas que hacer, y elige la parte mejor, la que llena el corazón, la que te puede de verdad hacer feliz. “No te dejes llevar por las cosas que hacer; escucha antes que nada la voz del Señor, para desempeñar bien las tareas que la vida te asigna”. (Papa Francisco, Angelus, 21 julio 2019)

