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9 Julio 2022
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La Palabra

XV domingo ordinario C
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Ante la barbarie de la violencia”… comportémonos como prójimos

Lucas 10, 25-37

El evangelio de hoy nos presenta una parábola bellísima, bien conocida por todos, la parábola del Buen samaritano (Lc 10, 25-37). Una parábola que nos invita a reflexionar sobre el amor a Dios concretizado en el amor al prójimo, sobre todo en el caído, en el desvalido, en el excluido de nuestro tiempo. Que importante dejarnos tocar por esta parábola, en este día particular en el que oramos por la paz en nuestro México donde “diariamente se comenten asesinatos y desapariciones”, como lo señalan los obispos y nuestros ojos lo ven continuamente. (Mensaje de la conferencia episcopal mexicana: “tejer en Cristo nuevas relaciones: de la fragmentación a la unidad, julio 2022)

El texto comienza con una pregunta hecha a Jesús de parte de un doctor de la ley. Esta pregunta es clave para entender la profundidad del mensaje de Jesús y la invitación que nos hace hoy, ante este, nuestro México sangriento: “¿Maestro qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Antes que nada, quisiera detenerme un poco en esta pregunta pidiéndoles quitarle todo lo “angelical” o futurista. Una pregunta como esta, hoy en día merita ser replanteada de otra manera, sobre todo ante la vida a la cual estamos siendo sometidos a diario. Vivir bajo la opresión del crimen organizado y la indiferencia o impotencia de las instituciones no es vida; vivir bajo la extorsión, el cobro de piso, los secuestros y los continuos asesinatos no es vida; la violencia no es vida. Es de suma importancia replantear la pregunta y, para ello es importante comprender el mensaje central de Jesús. Discúlpenme, pero Jesús no vino a enseñarnos como íbamos a vivir allá en la ultra tumba, allá en el otro mundo, allá en la eternidad, la vida que Jesús nos propone es una vida plena, para ser vivida aquí y ahora. ¿Qué debo hacer para conseguir la vida en plenitud, ahora, aquí, en este momento de mi vida, en este nuestro país? He ahí la pregunta que Jesús quiere responder al hombre de hoy, a ti, a mí, a los jóvenes; pues eso es lo que quiere Jesús, que tengamos vida plena en el amor, en el respeto, en la justicia, en la paz. Hoy, aquí. Tú, yo, todos nosotros.

 En la parábola dice que “un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó”, Jesús nos invita a vivir nuestro cristianismo “de bajada”; no se trata de mirar al cielo, de ir hacia arriba; para vivir nuestra fe, nuestro amor a Dios necesitamos emprender un camino de bajada, ir hacia las realidades de miseria, de pobreza, donde se encuentra mi hermano desvalido, marginalizado, golpeado. Jesús nos invita a abrir los ojos y a mirar; a acercarnos y tocar las heridas de nuestro pueblo que sufre. ¡No pasar de largo! De hecho, eso es lo que hizo Jesús, jamás pasó de largo, él bajó del cielo para acercarse a nuestra humanidad, él no pasó de largo, él se detuvo, él lavó con su sangre derramada en la cruz, las heridas de la humanidad, se acercó a nosotros y nos salvó. El es el buen samaritano, que lavó las heridas de ese hombre; él es nuestro modelo de toda plenitud dice la segunda lectura (Col 1, 15-20).

En realidad, Jesús está replanteando nuestra relación con Dios en esta parábola. Mucho más importante que el culto oficial y litúrgico del templo, es la cercanía al hermano necesitado; nuestra fe no consiste en mirar hacia arriba. Mucho más valioso que ofrecer sacrificios y oraciones, es adorar a Dios en el hermano o hermana que sufren por la razón que sea. Jesús no es sacerdote sino profeta. Jesús se aleja del templo, de Jerusalén lugar del templo y baja a Jericó, dice la parábola; Jesús se aleja de ese modo de vivir la fe, ahí en los ritos y discursos y nos invita, más bien, a vivir nuestra relación con Dios en el encuentro diario, habitual, a pie de calle, con nuestros hermanos y hermanas, mostrando compasión, palabra clave también de esta parábola. Ahí es donde se juega nuestra relación con Dios, ahí es donde se “consigue la vida eterna”; es ahí donde se vive la vida en plenitud. En la compasión hacia el otro. Sólo si somos capaces de amar así, podremos decir que amamos a Dios. Porque, como dice Juan, el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. Ni más ni menos.

Jesús nos invita a mirar al caído, al sufriente con otra mirada, la mirada de la compasión. Los tres personajes son capaces de ver, pero no responden de la misma manera; la diferencia fundamental es la respuesta de quien ve con otros ojos, con lo ojos del plan de Dios, con los ojos de la compasión, de quien se identifica con el dolor del otro. Esta es una manera de mirar y ver el mundo que nos rodea y a las personas que lo conforman. Sólo la tercera mirada, la de un samaritano, mira al herido con compasión. Es lo primero. La compasión no brota de cumplir los ritos, mandamientos y leyes. La compasión no brota de hacer una reflexión o un análisis de la realidad. La compasión o misericordia se despierta en nosotros por medio de una mirada atenta y responsable al que sufre, que le hace «acercarse», aunque ello pueda implicar algunos inconvenientes. Las distancias, mirar desde lejos, mirar con prejuicios (incluidos los religiosos y sobre todo los ideológicos) son un buen «antídoto» contra la «humanidad». ¡Nos hace inhumanos! Y eso es lo que está pasando en nuestro país. Ya basta de indiferencia, ya basta de pasar de largo ante la violencia. Se requiere de nosotros la actitud del buen samaritano. El Papa Francisco nos dice algo muy fuerte: “ante el sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, por la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. ¡Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué cosa significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a aquel hombre, a aquella mujer, a aquel niño, a aquel anciano o aquella anciana que sufre, no me acerco a Dios”. Cierto, nunca haremos lo suficiente ante tanto dolor como hay en nuestro mundo, en nuestro México. Pero lo decisivo es romper la indiferencia y vivir sembrando gestos de bondad, y promoviendo respuestas eficaces, promoviendo la Paz, siendo portadores de Paz.

Para concluir, quisiera insistir retomando la pregunta final que Jesús pone al doctor de la ley: ¿Cuál de estos tres te parece que SE PORTÓ como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? Jesús no quiere que definamos quien es el prójimo, ni mucho menos que establezcamos una lista de aquellos que consideramos como prójimos: Jesús quiere que nos comportemos como prójimos de los otros, sobre todo del que necesita la compasión y la misericordia, pues eso es lo que Jesús hizo con nosotros, él el Buen Samaritano. Portarse como prójimo del otro, significa tomar el camino de bajada, de la humildad y llevar la misericordia al otro; ser portador de la misericordia de Dios al que más la necesita, eso es portarse como prójimo. Así lo hizo Jesús. Comportarse como prójimo, hoy, significa trabajar por la paz y la misericordia.

La conclusión es muy sencilla: “Anda y haz tu lo mismo”. Eres cristiano, vives tu fe, buscas la vida eterna, quieres conseguir la vida eterna, he ahí el camino: “Anda y haz tu lo mismo”.

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