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5 Junio 2022
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La Palabra

Solemnidad de Pentecostés “C”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

¡Reciban el Espíritu Santo…!

Jn 20,19-23

Estimados hermanos, hermanas, es Pentecostés y la Palabra de Dios que hemos escuchado nos invita a abrir las puertas y salir a la misión; venciendo todo miedo y asumiendo la misión de Jesús, ahora nuestra, la misión de recrear a la humanidad. En esta fiesta la Iglesia renueva su vocación evangelizadora y misionera. La paz del Resucitado es la fuente de la alegría apostólica y con el don del Espíritu ella es enviada al mundo para ser signo de perdón (cf. Jn 20,23), signo de libertad, de esperanza y de transformación.

El texto del evangelio (Jn 20,19-23) que acabamos de leer comienza señalando dos contextos llenos de actualidad: “al anochecer”; “estando las puertas cerradas…por miedo”; en este contexto Jesús resucitado se presenta en medio de los discípulos, les muestra los signos de la resurrección, les hace comprender que ha vencido y entonces “sopla sobre ellos” y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”. Con la fuerza del Espíritu los envía a la misión: “Como el Padre me envió, así los envío yo”.

Permítanme insistir sobre esos dos elementos: “la noche y el miedo” que nos hacen cerrar puertas. Los discípulos están encerrados, con las puertas atrancadas. El miedo los aísla. Es cierto que las autoridades judías no pueden entrar, pero de igual manera ellos, los discípulos no pueden salir. La noche, el miedo los aísla, los paraliza. Hermanos, hermanas, el miedo es un mal consejero. Tiene la capacidad de encerrar el corazón humano, quitándole toda esperanza y toda ilusión. Cuando se le permite entrar en nuestros corazones y lo adoptamos como forma de vida tiene un poder que quiebra toda convicción, todo principio; mata la alegría, mata la esperanza, mata la vida. Los Once se repliegan sobre su miedo “a puertas cerradas”, por cierto, unas puertas que se cierran desde adentro. La Iglesia, nosotros, no debemos mas vivir “a puertas cerradas”, temerosos de lo que pasa afuera; temerosos ante la violencia, ante los poderes de la muerte, sean políticos o sociales, ante el desprestigio y el rechazo, ante una juventud que ya no nos escucha. No, abramos nuestros corazones, venzamos el miedo, Él está en medio de nosotros y nos “sopla”, infunde su Espíritu.

El Espíritu Santo nos es dado, en primer lugar, para vencer el miedo; Jesús resucitado se presenta a los discípulos, les muestra las manos y el costado; ha resucitado, la muerte ya no tiene dominio, ¿Por qué pues seguir teniendo miedo? ¿Por qué mantener las puertas cerradas? Nos dice el evangelio: “cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría”. Descubrir a Jesús resucitado, en medio de nosotros provoca la alegría, esa que vence el miedo y abre las puertas de nuestro corazon para poder recibir al Espíritu Santo. Cuando el Resucitado se hace presente en nuestra vida (personal y eclesial), todo es llamado a la alegría y a la renovación. Alegría que no es sólo una experiencia anímica; renovación que no sólo un simple cambio. Alegría y renovación nos recuerdan el corazón de la experiencia del encuentro con Jesús de Nazaret.

La alegría es uno de los signos distintivos de la vida cristiana y marca “una nueva etapa evangelizadora” en la vida la Iglesia, ya que, como dice el Papa Francisco: “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

La solemnidad de Pentecostés tambien nos recuerda la misión de la Iglesia. La experiencia de encuentro con el Resucitado hace que se abran dos puertas: la del corazón de los Once y la “del lugar donde se encontraban por miedo” (cf. Jn 19). De hecho, hermanos, hermanas, si primero no se abren las puertas del corazón, es imposible que se abran las puertas de la Institución, las puertas de nuestra Iglesia, porque solo un corazón de puertas abiertas tiene la capacidad de contemplar y anunciar al Resucitado. Además, las puertas que se abren desde el interior, es decir, desde el encuentro con Jesús Resucitado, son puertas abiertas para el encuentro con el mundo, y para el anuncio del Evangelio, como lo vimos en la primera lectura (Hech 2,1-11). Al abrirse las puertas, toda persona se convierte en hermano y depositario de un llamado; a todos se les hablaba “de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

Los discípulos, a partir de este momento, no son simplemente un grupo de seguidores de una doctrina, o admiradores de un líder; si me permiten, contextualizando, no constituyen una asociación religiosa más, ni un grupo destinado a difundir una propaganda de superación personal. Ellos, ahora son la continuidad histórica y real del Resucitado en medio del mundo. No hay más distinción entre ellos y su Señor. Son su cuerpo. Y por ello participan de su misma misión. Se convierten en enviados del Padre, con la misma encomienda que recibiera el Hijo, ¿cuál?: aquella de convertir los corazones al amor, a fin de volverlos al Padre, su verdadero origen y única meta, y para ello, dar la vida por los hombres, en testimonio de entrega, de servicio y de alegría. Esto será posible gracias al don del Espíritu, gracias a sus dones, como decía la segunda lectura (1 Cor 12,3-7.12-13). “En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común…, porque todos formamos un solo cuerpo”, el cuerpo de Cristo en el presente de nuestra realidad. El Espíritu va a hacer posible el ejercicio de la misión confiada a la Iglesia. Jesús sopla sobre nosotros su Espíritu, como el día de la creación, cuando Dios creador soplo su aliento sobre la criatura hecha con polvo de la tierra y así fue transformada en un ser viviente. Pentecostés es para nosotros como una nueva creación en la comunidad de los creyentes. Ha comenzado el tiempo de una nueva humanidad y nosotros, la iglesia, estamos llamados a atraer a todos los hombres de la tierra a ser transformados en creaturas nuevas por la potencia del Espíritu. Así de grande, compleja y fascinante es la misión de la Iglesia. Ella no está llamada simplemente a la promoción social, a la caridad asistencial, al anuncio de unos valores, sino a colaborar con el Señor en la empresa de la re-creación del mundo, en la transformación de todo ser humano en una nueva creatura bajo la luz y fuerza del Espíritu del Señor.

Pentecostés es la fiesta de la alegría, los discípulos se alegran al ver al resucitado, salen y llenos de gozo anuncian las maravillas del Señor. Hermanos y hermanas, es Pentecostés tambien hoy, no tenemos mas razones para el miedo, la tristeza, el encierro: alegrémonos y anunciemos, en su nombre, a todas las naciones el nacimiento de una nueva humanidad bajo la acción y fuerza del Espíritu.

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