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8 May 2022
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La Palabra

IV domingo de Pascua “C”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen”

Jn 10, 27-30

Estimados hermanos y hermanas, llegamos al cuarto domingo de Pascua, llamado el domingo del Buen Pastor. En este domingo la Iglesia celebra la Jornada de Oración por las vocaciones; a la luz de la metáfora evangélica del pastor y sus ovejas, estamos invitados a reflexionar sobre una de las características principales de nuestro ser discípulos: “escuchar su voz”. «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen”, leímos en el breve evangelio de hoy (Jn 10, 27-30).

Lo primero que quisiera señalar es el hecho de esa “voz” que estamos llamados a escuchar. Todos nosotros sabemos distinguir esas “voces” que nos son familiares, que provocan en nosotros atención y capacidad de respuesta, capacidad de seguimiento. Esas voces que tienen como origen un acto de amor y provocan en nosotros una misma respuesta de amor. Muchas de las veces esa voz viene acompañada de una mirada, una mirada que hace que la voz no sea solo sonido sino llamada, no solo una palabra pronunciada sino una misión dada. Nos dice el papa Francisco en su mensaje de hoy: “Su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas” (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada de oración por las vocaciones 2022). Jesús nos mira, nos conoce y nos llama, y esta dinámica de amor provoca en aquellos que reciben su voz todo un cambio, toda una revolución interior. Yo me pregunto, ¿qué tendrá su mirada? ¿qué tendrá su voz, que es capaz de hechizar a sus discípulos, que lo dejan todo por irse con él? Esa mirada de Dios que “vio en aquella joven de Nazaret a la Madre de Dios; -dice el Papa en su mensaje- que en el pescador Simón, hijo de Jonás, vio a Pedro, la roca sobre la que edificaría su Iglesia; en el publicano Leví reconoció al apóstol y evangelista Mateo; y en Saulo, duro perseguidor de los cristianos, vio a Pablo, el apóstol de los gentiles”. (Ibidem) ¿Qué tiene esa mirada? ¿Qué tiene esa voz? Ciertamente la respuesta no es otra que un amor inmenso, un amor de Padre, un amor que nos da vida, que nos da sentido.

Hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre esta dinámica del amor de Dios que nos llama, nos conoce y nos envía. Todos somos alcanzados por la mirada del Señor, todos. Él ve potencialidades en cada uno de nosotros, que incluso nosotros mismos desconocemos, y actúa incansablemente durante toda nuestra vida para que podamos ponerlas al servicio del bien común. Él nos ve con amor, nos llama y nos envía. Mis ovejas, aquellas que veo con amor inmenso y que conozco, ellas escuchan mi voz y, ante mi llamado, me siguen por los caminos de la misión.

“Cada uno de nosotros -dice el papa- es una criatura querida y amada por Dios, para la que Él ha tenido un pensamiento único y especial; y esa chispa divina, que habita en el corazón de todo hombre y de toda mujer, estamos llamados a desarrollarla en el curso de nuestra vida, contribuyendo al crecimiento de una humanidad animada por el amor y la acogida recíproca. Estamos llamados a ser custodios unos de otros, a construir lazos de concordia e intercambio, a curar las heridas de la creación para que su belleza no sea destruida”. (ibidem)

“Esta es la dinámica de toda vocación: somos alcanzados por la mirada de Dios, que nos llama. La vocación, como la santidad, no es una experiencia extraordinaria reservada a unos pocos”, (Ibidem) nos dice aún el papa.  Así es hermanos y hermanas, cuando hablamos de vocación, hablamos de ese llamado que cada uno recibe de parte de Dios y de esa misión que, en su nombre, todos estamos llamados a cumplir. Hoy, la Iglesia nos invita a orar por las vocaciones, ciertamente por aquellas consagradas, digamos a la vida sacerdotal, a la vida religiosa, pero tambien por la vocación de todos y cada uno de nosotros, de todo discípulo que ha aprendido a “escuchar su voz”. Recordando que esta escucha requiere una respuesta que entre en la misma sintonía con la voz escuchada; una voz que, llena de amor ha llamado, y quien escucha, movido por el mismo amor, responde y se pone en movimiento, se pone en seguimiento tras las huellas de quien lo ha llamado.

Estamos llamados, todos, a orar por las vocaciones, pero tambien a responder, cada uno en su vocación, a la llamada de Dios y a asumir el objetivo de ese llamado que no es otro que construir el Reino de Dios entre los hombres, ese objetivo que une y caracteriza toda vocación en la Iglesia; como dice el papa, “se trata de realizar el sueño de Dios, el gran proyecto de la fraternidad que Jesús tenía en el corazón cuando suplicó al Padre: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Toda vocación en la Iglesia, y en sentido amplio también en la sociedad, contribuye a un objetivo común: hacer que la armonía de los numerosos y diferentes dones que sólo el Espíritu Santo sabe realizar resuene entre los hombres y mujeres”. (Ibidem)

Oremos pues hermanos, escuchemos su voz y dispongámonos al seguimiento, todos, cada uno en su estado de vida, en su situación particular. Y si hay jóvenes dispuestos a escuchar esa voz que transforma y libera, esa voz que da sentido y misión, los animamos a dejarse seducir e ilusionar por ella, a discernir y optar por aquel camino que te dará esa posibilidad inmensa de responder con el mismo amor y la misma entrega al Buen Pastor que te llama. ¡Así sea!

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