
Participar en la gloria de Dios
Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de hoy nos invita a dejarnos fascinar una vez más por la belleza de Dios; belleza, bondad e inagotable verdad de un Dios que se define con una sola palabra: amor, Dios es amor y por eso es comunión. Dios, aunque es uno y único, no es soledad sino comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hermanos y hermanas, a una semana de haber recibido al Espíritu Santo, el Espíritu de verdad, el Señor Jesús nos invita a “dejarnos guiar por él hasta la verdad plena”, como nos ha dicho en el Evangelio que acabamos de leer (Jn 16, 12-15). Profundicemos en este misterio, pero sobre todo dejémonos fascinar por esta realidad tan llena de sentido para nuestra vida cristiana, para entender nuestra misión como cristianos en el mundo de hoy.
Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, comunidad de amor y del Dios Uno. He ahí una primera idea que guía nuestra reflexión y la invitación para cada uno de nosotros: vivir en el amor para ser uno en el Dios Amor, para ser y hacer comunidad en el Dios amor. Como los nos enseña el Papa Francisco: “La Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios Vivo”. (Ángelus, 31 mayo 2021) Recordemos aquello que Jesus pidió al Padre para cuando llegase el Espíritu Santo en nuestras vidas: “Padre que todos sean uno como tú en mí y yo en ti somos uno”. Nuestro Dios en su misterio más íntimo no es soledad, sino una familia, sino comunión. Y a esta unidad y vitalidad nos invita el Señor Jesús. Es el misterio que nos quiere revelar, pero no para examinarlo científicamente, sino para vivirlo en amor y amistad, para ser nosotros tambien constructores de comunión. La solemnidad litúrgica de hoy, al tiempo que nos hace contemplar el misterio estupendo de Dios, nos renueva la misión de vivir la comunión con Dios y vivir la comunión entre nosotros, sobre el modelo de esa comunión de Dios. Papa Francisco nuevamente nos exhorta: “No estamos llamados a vivir ‘los unos sin los otros, encima o contra los otros’, sino ‘los unos con los otros, por los otros y en los otros’. Ello significa acoger y testimoniar concordes la belleza del Evangelio; vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo alegrías y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorizando los diversos carismas, bajo la guía de los Pastores” (ibidem).
Hermanos y hermanas, en medio de una sociedad que privilegia el individualismo, que recurre continuamente a la polarización y la división, que niega la existencia del otro diferente a uno mismo, la Palabra de Dios nos invita a construir comunidad, nos invita a “caminar juntos” el camino de nuestra vida cristiana como un camino “trinitario”, un caminar juntos, en sinodalidad, construyendo comunidad, privilegiando el consenso, el diálogo, la apertura al otro y el bien común. Estamos invitados a imagen de la Trinidad a construir juntos una comunidad fraterna, abierta y empática donde podamos vivir de manera auténtica la comunión en el Amor. Porque todo lo que sabemos de Dios lo sabemos a través de las obras que ha hecho por y en nosotros; y podemos resumir la obra de Dios diciendo que ha sido una obra de entrega a la humanidad: el Padre nos ha regalado a su propio Hijo, y el Padre y el Hijo nos han comunicado su mismo Amor, el gran don del Espíritu Santo. “Comunión, participación y misión” son las palabras claves que definen este caminar juntos que nos ayudarán a testimoniar, en el mundo de hoy, el misterio de la Trinidad.
Una segunda idea que les invito a reflexionar para intentar comprender y vivir el misterio de la Trinidad es aquella de la donación, la Trinidad santa es la realidad de un Dios que se dona continuamente, que se dona totalmente por amor. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”, nos dice el evangelista San Juan. Es decir, Dios se entregó a sí mismo. Se dio totalmente por nosotros. Sin medida. Sin condiciones. Esa es la verdad de Dios revelado en Jesucristo, hermanos. Nos enseña de nuevo el Papa Francisco: "El amor es esencialmente don de sí mismo, y en su realidad original e infinita es Dios Padre quien se dona a sí mismo generando a Dios Hijo, quien a su vez se dona al Padre, y su amor mutuo es el Espíritu Santo, el vínculo de su unidad”.
Así es, hermanos y hermanas, Amor es gratuidad y sencillez. Amor es vaciarse de uno mismo, para esperarlo todo de Dios. Amor es acudir con diligencia al servicio del otro que nos necesita. Amor es perder para recobrarlo al ciento por uno. Amor es vivir sin pasar cuentas de lo que uno va haciendo. Amor es lo que hace que nos parezcamos a Dios. Amor —y sólo el amor— es la ¡eternidad ya en medio de nosotros! Es Dios Trinidad en medio de nosotros. Entrar en este dinamismo de amor trinitario trae consecuencias muy prácticas, es una experiencia de Dios en nosotros, es un modo de vivir nuestras relaciones, siempre bajo este dinamismo de amor trinitario. “Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se ama y se ayudan unos a otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quiere y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad”. (Papa Francisco, homilía Santísima Trinidad 2014)
Queridos hermanos y hermanas, la Trinidad, más allá de un concepto teológico difícil a explicar es más bien el misterio que funda nuestra convivencia, nuestra manera de vivir en comunión bajo la norma del amor. Para vivir ese misterio se requiere que todos seamos "nosotros" delante del Padre que nos convoca, que todos seamos una fraternidad en el Hijo que nos acompaña, y que todos participemos de un mismo sentir, de una misma esperanza y de un mismo amor, de una misma vida gracias al Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones. Pidamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo la gracia de “participar de su gloria” (segunda lectura Rom 5,1-5), de ser cristianos constructores de comunión, regidos por un amor en continua donación y entrega por los demás, “porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado”.

