Skip to main content
17 Abril 2022
333 vistas

La Palabra

Domingo de Pascua “C”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

Entró, vio y creyó

Jn 20,1-9

Estimados hermanos y hermanas, es Pascua, es tiempo de gozo, de esperanza, de fe. Muchas felicidades a todos, la vida ha triunfado en Jesucristo, él es nuestra esperanza. El sepulcro está vacío, él no está ahí, está vivo. Esta noticia nos pone en movimiento y nos lanza al testimonio.

Así es hermanos y hermanas, la dinámica pascual nos pone en marcha: ¡es tiempo de moverse y celebrar! La liturgia de este primer Domingo nos habla de movimiento, en particular el evangelio de hoy (Jn 20,1-9): carreras hasta el sepulcro de Jesús, y desde él al lugar de la comunidad; movimiento que en sí significa vida; van corriendo, ven y regresan para testimoniar; es el movimiento de los primeros discípulos que se saben testigos y se ponen en marcha…¡No hay Pascua si no somos capaces de ponernos en caminos de búsqueda, encuentro y fe! ¡No hay Pascua sin salir al encuentro, movidos por ese anhelo, por ese amor, por esas ganas de buscarlo y encontrarlo!

Hoy estamos llamados a “correr” para ir a ver el sepulcro, a dejarnos llevar por el impulso del corazón para ir y descubrir la tumba vacía, ver y creer. Me llama la atención estos dos personajes que llegan primero que todos a la tumba vacía y que comprenden de inmediato la verdad del Resucitado. Es María Magdalena, una mujer, que va de madrugada, movida por lo que le dicta el corazón, estando todavía oscuro, dice el evangelio de hoy; ciertamente para indicar una realidad ambiental que no era la realidad de su corazón; ella, movida por su amor sentía con claridad esas palabras dichas por Jesús sobre su resurrección; ella iba buscándolo, antes que nadie porque su amor la impulsaba a esperar, a creer. El “otro discípulo, a quien Jesús amaba”, dice el evangelio, “corrió más aprisa que Pedro y llegó primero”; ciertamente porque era más joven, pudiéramos decir. Y así es, el amor “rejuvenece”, el amor te “hace ligero”, el amor “te da alas”, dicen los poetas. Pedro lleva aún ese corazón “pesado” por su negación, será hasta ese día donde Jesús le preguntará por tres veces, “me amas más que a estos” que su corazón recuperará esa juventud. Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, corre al sepulcro, movido por ese amor, el mismo que lo hace esperar a Pedro, dándole su lugar, y “entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó”.

Hermanos, en esta mañana de resurrección estamos llamados a poner en movimiento nuestra fe, pero movida, impulsada por el amor a Jesús. Vayamos presurosos, aún si “está todavía oscuro”, aún si muchas cosas, muchas situaciones, tanto exteriores como del alma nos hacen sentir la oscuridad de nuestras vidas; pongámonos en movimiento hacia la tumba vacía, y movidos por esa fuerza interior llamada amor, entremos, veamos y creamos. Jesús está vivo, ha resucitado y su resurrección nos trae luz, nos trae esperanza, nos trae fuerzas para recomenzar a vivir nuestra vida desde los criterios del Resucitado, para comenzar a vivir resucitando.

Hoy tambien estamos llamados a dar testimonio: ¡he visto al Señor! Es la afirmación de todo discípulo; “es el grito de María de Magdala que resuena a lo largo de la historia de la Iglesia y guía la fe de la comunidad cristiana hasta nuestros días: ¡He visto al Señor! (Jn 20,18). Es el inicio de la fe cristiana. Y éste es el mejor deseo que podemos intercambiar entre nosotros: la alegría de haber encontrado al Señor y el don de poder anunciarlo a los cuatro vientos”. (Mensaje de Pascua 2022, P. Fernando García, superior general de los misioneros xaverianos). La fe en la Resurrección nos convierte en testigos de la vida, del amor, la justicia, la amistad, el compromiso, la esperanza y la fe. ¡No hay Pascua si no hay testigos!

Pedro lo afirma categórico en la primera lectura (Hechos 10, 34.37-43): “Nosotros somos testigos de cuanto hizo en Judea y en Jerusalén; testigos de su muerte en cruz y de su resurrección. A nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos. Él nos mandó predicar y dar testimonio…”; si, hermanos y hermanas, no hay Pascua si no hay testigos, si no hay personas dispuestas a caminar con él por los caminos de esta nueva vida de resucitados; “comiendo y bebiendo” con él, viviendo esta intimidad y esta contemplación. El testigo no es protagonista: sencillamente estaba en el lugar y en el momento oportuno; he ahí la invitación hermanos; vivamos con él su camino pascual, su peregrinar mostrándose resucitado. Los discípulos dejaron que Dios “les hiciera ver a Jesús resucitado”. Sin ese testimonio no hubiera habido Iglesia ni experiencia pascual. Igualmente, para ser testigo no se necesita una vida ejemplar o una formación específica, ¡basta con una vida sencilla! Solo se requiere una cosa: pasión, pasión por Jesús, pasión por la vida. Hagamos la experiencia de la vida del Resucitado desde dentro, haciéndola propia, acogiéndola hasta el punto que nos cambie en lo profundo y escondido, que nos contagie la fuerza de su alegría, el coraje de su esperanza. Así podremos ser testigos y proclamar tambien nosotros: ¡he visto al Señor!

¡Felices Pascuas a todos, vamos, pongámonos en movimiento y proclamemos lo que hemos visto y vivido con él!

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!