
“Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén”
“Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén”
Estimados hermanos y hermanas, la liturgia de hoy comienza con la procesión de Ramos en la cual se nos invita a todos, no solo a reconocer y proclamar que Jesus es el enviado de Dios, el que trae la paz, sino tambien a subir con él hasta Jerusalén, se nos invita a tomar camino junto con él. Como todos sabemos, el Evangelio es Palabra Viva hoy, no es un simple «recuerdo» de lo que ocurrió entonces... hace dos mil años, sino un reconocimiento de lo que hoy sigue ocurriendo entre nosotros y hoy, Jesús quiere que tambien nosotros “hagamos camino con él”, que asumamos la actitud de discípulo y permanezcamos con él, no solo permanecer al pie de la Cruz, sino ir hasta ese sepulcro vació símbolo de su resurrección y certeza de la nueva vida que en él podemos asumir. Siguiendo a Jesús en la pasión, nosotros los cristianos somos llamados a dar una adhesión personal y total y a emprender nosotros tambien el camino que desemboca en Jerusalén, la ciudad-meta del itinerario terreno y espiritual del Cristo y del discípulo”. “Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas”, dice Jesús a sus discípulos sentados alrededor de esa mesa donde comparten el pan; esta frase tambien quiere decírnosla a nosotros que estamos aquí reunidos y nos invita a permanecer con él en todo el camino hacia Jerusalén.
Hoy pues comenzamos la gran semana litúrgica que nos conduce a la Pascua, la muerte y resurrección del Señor, centro de nuestra fe cristiana. La Semana Santa es un tiempo maravilloso para vivir lo más íntimo y profundo de nuestra fe, para experimentar y vivir el misterio del Dios «entregado por nosotros» y la fuerza de su resurrección; es un tiempo en el cual somos convocados por la Cruz que es el triunfo del amor sobre el odio, la esperanza frente a toda desesperación. Es un tiempo para hacer renacer en nosotros la esperanza y vivir nuestros sufrimientos y angustias desde la esperanza que el sepulcro vacío nos trae.
Quisiera compartirles solo dos pequeñas reflexiones; la liturgia y los signos de hoy son abundantes, pero solo me detengo en dos, invitándoles a profundizar aún más aspectos, desde su casa, desde esa simplicidad rica porque Dios ama revelar la grandeza de sus misterios en las pequeñas cosas, en la simplicidad de quien tiene el corazón abierto a su gracia.
1.- La liturgia de hoy comienza con el evangelio de la “entrada de Jesús” a Jerusalén (Lc 19,28-40), en el cual vemos a los judíos recibir y acompañar a Jesús, junto con sus discípulos, que entran en esta ciudad, ahí donde se viven y se manifiestan las realidades más profundas y que dan identidad a esta sociedad; la gente lo recibe proclamando que él es el “que viene en nombre del Señor”. Nosotros también estamos invitados a acompañar a Jesús en su entrada a “nuestra Jerusalén”, en nuestras familias, ahí donde se juega todo lo que nos da vida e identidad, entremos junto con él, conscientes de lo que está por vivir, de lo que está por venir, conscientes del sufrimiento suyo y del nuestro. Pongámosle también nosotros nuestros mantos, es decir nuestra vida, lo que en estos días de pandemia ha resurgido como valioso, incluso nuestros sufrimientos y digamos con fe, “bendito el que viene en nombre del Señor”. Reconozcamos a Jesús que viene en nombre del Dios Salvador del mundo, que viene no prometiendo palabras sino entregando su vida por nuestra salud, proclamemos y esperemos en su acción salvadora porque “él no se echa para atrás, ni opone resistencia” (Primera lectura Is. 50,4-7), él viene a nosotros “para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento”. Jesús entra a “nuestra Jerusalén”, nuestra vida para confortarnos en nuestros sufrimientos, nuestras angustias, para darnos esperanza porque viene a solidarizarse con nuestros sufrimientos, viene asumiendo nuestra realidad, viene a hacerse “semejante a los hombres” (2ª Lectura Flp 2,6-11) y a comprometerse por nuestra salud, por nuestra vida.
Estamos invitados pues a entrar con él y vivir esta semana santa desde la contemplación de la Cruz. Les propongo tomar tiempo, en estos días para contemplar en familia la Cruz, el misterio de la Cruz. Todos tenemos una Cruz en casa. Prepárale un lugar especial y busquen momentos para contemplarla, meditar su misterio y desde ella orar al Señor, personalmente y/o en familia.
2.- Contemplemos el misterio de la Cruz y aprendamos a través de ella para resurgir a una nueva vida. El misterio que comenzamos a celebrar hoy nos recuerda que Jesús “se anonadó a si mismo, tomando la condición de siervo” (2ª Lectura Flp 2,6-11); Jesús se olvida de sí mismo, se humilla y se entrega para que todos tengamos vida. Hermanos, hermanas necesitamos aprender de Jesús para poder reconstruir nuestra sociedad; no hay otro camino que en verdad nos salve; estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, la “catedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la propia subsistencia; con su humillación, Jesús nos invita a purificar nuestra vida. Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender algo de su anonadación por nosotros; reconozcámoslo Señor de nuestra vida y respondamos a su amor infinito con un poco de amor concreto.
La Pasión de Cristo sobre la Cruz no es el fin de su acto salvador, es solo un pasaje obligatorio para una nueva vida, la vida de Resucitado. Entendamos con esto que también nosotros necesitamos hacer este pasaje, aprender de la Cruz para poder purificarnos y salir victoriosos hacia un nuevo estilo de vida sin el “virus” del egoísmo, de la soberbia, del materialismo deshumanizante y de la búsqueda de la sola satisfacción y beneficio personal. Esta Semana Santa nos debe ayudar a liberarnos de todo eso que nos ha llevado a ser una sociedad que genera muerte y “purificarnos” para recomenzar con un estilo de vida nuevo, que genera vida, que protege la vida, en fin, una vida de resucitados. La pandemia quizá esté terminando, dicen algunos, otros dicen que seguirá ahí, sea lo que sea, estamos retomando nuevamente nuestras “rutinas diarias”, ojalá que esta situación la aprovechemos como una nueva oportunidad de vida, no para repetir lo mismo, sino, al ejemplo del Cristo muerto y resucitado, que la aprovechemos para retomarla desde la solidaridad, la búsqueda del bien común, la protección de la “casa común”, en fin, desde el amor extremo mostrado por Cristo en la Cruz.
Hermanos, iniciemos nuestra entrada a Jerusalén, acompañando a Jesús y aprendiendo de su entrega para resucitar, después de estos días de Pasión, a una vida nueva. Vayamos pues y proclamemos, “bendito el que viene en nombre del Señor”.

