Skip to main content
27 Marzo 2022
448 vistas

La Palabra

IV domingo de Cuaresma C
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Enseguida se puso en camino hacia la casa del padre

Lc 15, 1-3. 11-32

Estimados hermanos y hermanas, llegamos al cuarto domingo de cuaresma y la Palabra de Dios nos invita a cuestionarnos y a tomar una decisión importante en nuestras vidas. La humanidad, desde hace tiempo, ha tomado la decisión de vivir “lejos de la casa del Padre”, ha decidido buscar fortuna en la vida dejando a Dios fuera de ella y ha propuesta un “nuevo orden mundial”, caracterizado por el materialismo, la avaricia, el individualismo, el usufructo a toda costa y, sobre todo, la ausencia de Dios, la ausencia de toda realidad trascendente. Las consecuencias de todo ello, nosotros mismos lo vemos y lo padecemos.

La aberrante invasión de Rusia a Ucrania, la violencia descarada en nuestro país y la corrupción en todos los campos; la desigualdad social, la destrucción de nuestro hábitat y las condiciones difíciles de vida a la que nos estamos enfrentando nos hacen identificarnos con la situación del hijo menor, de la parábola que hoy Jesús nos presenta. (Lc 15, 1-3. 11-32) El hijo menor toma una decisión, por demás atrevida y grosera: “dame la parte de la herencia que me toca”,
pero, sobre todo, la consecuencia: irse lejos de la casa del Padre. Esta decisión simboliza la actitud de todo aquel que pretende vivir la vida al margen de su Autor, gozar de los bienes dados prescindiendo del Dador de todos ellos; es el hombre indiferente que construye su vida sin Dios, ignorando su voluntad y construyendo la historia sin su auxilio. Llevar una vida sin Dios. Las consecuencias en la vida de alguien así son representadas por la misma parábola en esa “hambre y necesidad” que el hijo menor sufre. Para el evangelista, apartarse de Dios es en sí mismo un acto de autodestrucción: comienza una vida sin salvación, sin horizonte, sin amor, sin plenitud posible. Démonos cuenta y aceptemos esta verdad: la vida sin Dios es vida malgastada, como la de este hijo menor. Y eso es lo que vivimos todos los días nosotros al ver nuestra sociedad alejada de Dios y sumida en una “hambre” de felicidad, en una “necesidad” terrible de paz, de justicia, de respeto, de dignidad, de  igualdad. ¿Qué más necesitamos para darnos cuenta que nuestra sociedad no nos dará jamás la plenitud de vida? ¿Cuántas guerras más, basadas en la ambición de unos, necesitaremos para reflexionar? ¿Cuántos muertos y desaparecidos más necesitamos para voltear de nuevo a los valores que Dios nos propone? ¿Cuántas sequias más necesitamos para cuestionar nuestra manera desordenada de tratar a la tierra?

En la Parábola, el hijo menor supo detenerse, supo reflexionar y cuestionarse: “Me levantaré, volveré a mi padre y le diré…”. Tres verbos que ritman a su vez tres momentos importantes que está dispuesto a vivir, que vive y que preparan el resurgimiento de su vida, el retomar su dignidad, porque en la casa del Padre, incluso los obreros tienen vida y dignidad y él, aún en su pecado es hijo del Padre. “Enseguida se puso en camino hacia la casa de su Padre”. Hermanos y hermanas, es el tiempo de cuaresma y todos estamos llamados a emprender este mismo camino convencidos que la verdadera vida no se vive lejos del amor del Padre, sino en su presencia. Es cuaresma y estamos llamados a ponernos en acción, tres verbos que deben marcar nuestros días: “Me levantaré”, pues no es vida lo que el mundo de hoy vive, es necesario tomar camino; “iré a mi Padre”, la dirección es esa, re andar el camino andado, volver a darle su lugar al Padre en nuestras vidas, recuperar nuestra naturaleza de hijos; “y le diré”, retomar el diálogo con Dios Padre, poner frente a su sabiduría nuestros dolores, nuestras angustias, nuestros deseos y escucharlo, solo él tiene Palabras de vida.

animacion

El personaje principal de esta parábola no es el hijo menor, sino el Padre. De hecho, lo que mueve al hijo menor a retomar el camino no es solo su necesidad, sino el reconocimiento de la vida que su Padre le daba, el recuerdo de su amor. Es el amor del Padre lo que finalmente le da dignidad, le da vida. Movido por esta convicción, “se puso en camino hacia la casa de su Padre”, como nosotros en esta cuaresma. Es por demás significativa y reveladora la actitud del Padre mostrada por Jesús en la parábola, no lo describe como un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo spera con amor; la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo.
Y esto le hace feliz y hace fiesta. En una catequesis sobre esta parábola, el papa Francisco comenta sobre la actitud del padre ante el arrepentimiento del hijo: “El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo.

Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad. Esta palabra de Jesús nos alienta a no desanimarnos
jamás”. (Papa Francisco, 11 mayo 2016).

Hermanos y hermanas, el amor del Padre nos alienta, nos anima y nos pide regresar el camino andado. Es importante “levantarnos” de donde estamos y volver a la casa del Padre guiados por su hijo, Jesucristo, que ha sido enviado a nuestras vidas para que, en él, recuperemos nuestra dignidad de hijos. “El que vive según Cristo es una creatura nueva, para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo”, nos dice San Pablo (segunda lectura: 2 Cor 5,17-21). Necesitamos esta novedad de vida, no podemos seguir así, no podemos permitir que nuestra sociedad siga por este camino de deshumanización. Hoy la Palabra de Dios nos provoca: “Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara: En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios”. Esta es nuestra misión como cristianos ante el hombre de nuestro tiempo, ir y decirles el amor que hemos recuperado en el Padre; ir y hablarles del Padre. Vayamos
hermanos, el hombre de hoy necesita redescubrir su dignidad de hijo.
¡Nunca es tarde para levantarnos y volver al Padre que nos ama!

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!