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19 Marzo 2022
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La Palabra

III Domingo de Cuaresma C
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

convertirme no es decir No al pasado que no puedo cambiar sino decir Sí a la vida nueva que se me ofrece hoy

Lc 13, 1-9

Estimados hermanos y hermanas, la liturgia de éste tercer domingo de cuaresma intensifica su llamado a la conversión, por un lado, pero tambien nos invita a descubrir mas profundamente la misericordia del Padre, que  es, al fin de cuentas la que le da el verdadero sentido a la conversión. El evangelio (Lc 13, 1-9) comienza con una afirmación por demás fuerte: «y si ustedes no se convierten... todos perecerán de la misma manera».
Cierto que tiene un tono de amenaza, yo diría más bien de urgencia, o al menos de advertencia seria. Dios lo sabe, nuestra vida es corta y el cambiar requiere procesos, requiere tiempo, la vida entera no sería suficiente para «convertirnos», de hecho, la conversión es una tarea permanente, diaria, interminable. Por ello, no debemos perder más tiempo esperando al mañana para comenzar. Todos estamos llamados a la conversión; no caigamos en el error de pensar que, dependiendo la gravedad de nuestros pecados, tambien dependerá la necesidad de conversión. El ejemplo del evangelio de hoy es muy ilustrativo. La muerte repentina no cayó sobre aquellos galileos, ni sobre aquellos “dieciocho” porque hubieran cometido un pecado mayor que los demás. Para Jesús, la conversión es una exigencia para todos, sin excepción, porque todos somos pecadores y
todos somos llamados a una vida plena, digna del Reino de Dios. Es por eso que Jesús, refiriéndose a los dos casos de los galileos que han muerto, lanza una pregunta que invita a mirar, no hacia atrás, sino hacia adelante, al futuro de cada uno, a esa vida nueva que nos propone. Mi conversión no se construye mirando al pasado y a los pecados que he cometido, sino hacia la nueva vida que Jesús me propone, hacia el Reino que me espera, por ello, urge comprometerme, porque su vida plena es grande y está disponible para mí. La conversión mira hacia los frutos que espero obtener. La palabra «conversión» hace referencia a un giro, a una transformación personal, a un vuelco en nuestra vida. Convertirse es transformarse (ser transformado por Dios) en otro diferente. Es una urgente llamada a ser «distintos», y a dar al Señor los frutos que quisiera encontrar en cada uno de nosotros y en la comunidad cristiana y eclesial. Esta manera de ver nuestra conversión nos entusiasma y nos llena de esperanza, la esperanza del “viñador” del evangelio que no es otro que Jesús: “Señor, déjala
todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto”. Dios mira siempre ese futuro al pedirnos entrar en proceso de conversión. Hermanos, “convertirme no es decir No al pasado que no puedo cambiar sino decir Sí a la vida nueva que se me ofrece hoy; convertirme no es mirar angustiado e impotente las cadenas que no me dejan mover sino esforzarme para romper las cadenas que me paralizan la inteligencia y el corazón; convertirme es acoger el amor y la esperanza en los ojos y en el corazón, es poner vida y amor allá donde sólo hay muerte y vacío. Finalmente, convertirme es creer, de una vez y de verdad, en mí mismo, en Dios, en los demás, en la riqueza de la vida y del amor”. (Josep Codina i Farrés).

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Las lecturas de hoy no sólo hablan con claridad sobre la urgencia de la conversión, sino también de la grandeza de la misericordia de Dios manifestada en la acción de Jesucristo por la humanidad, a la cuál él no considera perdida. Entrando en la parábola citada por Jesus, el viñador roba escena y nos muestra el objetivo de la acción evangelizadora de Cristo en nuestras vidas; el viñador quiere intentarlo todo para salvar la higuera y seguir esperando los frutos a ella debidos. El viñador -Cristo- no se contenta con pedir un plazo más largo al propietario, ni deja a la higuera a su suerte. Puesto como está entre el propietario y su higuera, se pone a trabajar en ésta, mejorando la tierra, facilitando el surgimiento del fruto tan anhelado. El cava la tierra alrededor, es decir ensancha el espacio para recibir y conservar el agua, ese elemento que le dará vida. Además, le echa abono, esos nutrientes que purifican la tierra, las raíces, las alimentan y le dan la posibilidad de poder alcanzar esos frutos. Estas dos imágenes nos recuerdan las acciones de Cristo en nuestra vida, sobre todo en esta cuaresma; Cristo siempre pendiente para purificarnos, para nutrirnos, para darnos el liquido vital; hablamos de la confesión, de los sacramentos que nos alimentan, sobre todo de la eucaristía y su Palabra que nos da vida. Hermanos, Jesús, nos cuida, cree en nosotros a pesar de nuestro cristianismo estéril, él cava y nos abona con su Palabra. Volvamos al evangelio, a su fuerza sanadora para fundarnos y arraigarnos en Cristo, para que nuestra vida no sea estéril. La intercesión y la acción de Cristo en nuestras vidas es muestra de un amor único; él no nos da por perdidos jamás, él siempre lo intentará y hará su esfuerzo para salvarnos, para llevarnos a dar fruto.

Quisiera concluir mi reflexión con una última idea: es la exigencia de los frutos. Nuestra vida cristiana no debe de ser infértil, infecunda, nos es dada para dar fruto, no para ocupar el espacio ociosamente. Tenemos una misión todos en el mundo; hemos recibido la gracia del bautismo y eso implica que, en la tierra, en nuestro espacio de vida, en nuestro tiempo debemos de dar frutos del Reino. La pregunta del dueño de la viña es por demás fuerte y nos interpela: ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente? Más aún, viendo la situación de nuestro mundo y el compromiso de Dios por salvarlo, no podemos “ocupar espacio en su viña” sin dar los frutos necesarios. La primera lectura (Éx 3,1-8. 13-15) nos revela aquello que ocupa el corazón de Dios, su misión de la cual todos somos participes desde el bautismo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel». Ante esta, su misión, ¿qué estamos haciendo para dar esos frutos de solidaridad, de lucha por la justicia, de servicio al pobre, de paz? Preguntémonos: ¿nos damos cuenta de la opresión en la que vive nuestro pueblo, nuestra humanidad? ¿Conocemos los sufrimientos de nuestra humanidad? Ciertamente que diremos que sí; no somos ciegos, de hecho, incluso, tantas veces somos víctimas de ello. Bueno, ¿y que hacemos al respecto si estamos con Jesus en su misma viña que es la Iglesia? Él nos ha confiado su misión, ¿cómo ocupas el espacio en esta misión? ¿Tu cristianismo, lo consideras fértil, fecundo? ¿Cuáles son sus frutos?

Hermanos, hermanas, tenemos «un año más» para cavar alrededor y echar abono... Que cuando quiera que el Señor rebusque entre nuestras ramas, pueda encontrar al menos algunos frutos y no solo hojarasca, apariencias, buenos propósitos... Frutos de compasión, de solidaridad, de justicia, de liberación. Nuestros «frutos» serán aquellos que puedan servirles... a otros.

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