
…en ti me complazco.
Estimados hermanos y hermanas, el domingo pasado celebrábamos con gozo la manifestación de Jesus como
Salvador de todos los pueblos. La fiesta de la Epifanía abría nuestro corazón a la universalidad del Proyecto de
Dios que en su Hijo llegaba a plenitud; el Dios con nosotros viene a salvarnos a todos, sin exclusión alguna, de
esta manera todos los pueblos y todas las naciones se convierten en partícipes “de la misma herencia,
miembros del mismo cuerpo y participes de la misma promesa en Jesucristo”, nos decía San Pablo (Ef 3,2-3.5-
6).
El día de hoy celebramos nuevamente otra manifestación, otra “epifanía”; es Dios mismo quien, ante su hijo en
el Jordan, al recibir el bautismo de Juan proclama: “Tú eres mi Hijo, el predilecto, en ti me complazco” (Ev: Lc
3,15-16.21-22). Es la manifestación de Dios Padre que se complace en la acción de su Hijo y nos lo presenta
como modelo de vida, de fe, de plenitud.
Inmediatamente me viene a la mente una pregunta, ¿y que es lo que complace al Padre de éste, su Hijo
amado? La segunda parte del breve relato del bautismo, ahora presentado por el evangelista Lucas nos puede
dar la respuesta. Lucas afirma que, “entre la gente que se bautizaba, también Jesus fue bautizado”. Esto que
parece un gesto tan sencillo, lo encuentro lleno de significado, una “manifestación” del modo como Jesus
quiere llevar a delante el proyecto de Salvación que su Padre le ha pedido hacer. Jesus llega al Jordán y “se
forma” junto con todos los demás, se mezcla como uno de todos y se hace bautizar; he ahí uno de los rasgos
esenciales de la personalidad y de la misión de Jesus: estar cerca, mezclarse e implicarse en las necesidades,
esperanzas, ansias y sufrimientos de su pueblo. Nada que ver con la actitud de los poderosos, de Herodes y de
tantos que se dicen “jefes”, como vimos el domingo pasado, que piden a los Magos información sobre lo que
está pasando en el pueblo, pero sin “salir de sus palacios”, sin mezclarse con la gente, sin “mojarse”.
Pudiéramos decir, utilizando una metáfora, que bautizarse significa “mojarse”, es decir empaparse e
implicarse. Desde lejos uno no se entera de lo que pasa, uno no se “moja”, para ello es necesario acercarse,
entrar en contacto, conocer de primera mano. Eso es lo que Jesús hace, por mandato de su Padre, ser el “Dios
con nosotros”, el Dios “que se moja” en nuestros problemas, nuestras dificultades, nuestros anhelos. Vayamos
adelante aún; la gente que iba al Jordan, a bautizarse con Juan, no era gente bien, ellos se quedan en sus
palacios, no van al desierto a ver un hombre vestido de pieles, que come miel silvestre; la gente que se reúne
en torno a Juan el Bautista era gente que esperaba la salvación, aquellos que sentían una profunda necesidad
de que las cosas cambiaran, siendo ciertamente los primeros dispuestos a cambiar, a renovarse, a purificarse, a
sanarse, finalmente a convertirse. Esperaban la salvación y se comprometían por ella; en el Jordán Jesus se
mezcla con los pobres, los enfermos, los esclavos, los pecadores, los inquietos…; y desde ahí manifiesta su
compromiso con ellos y por ellos. Al mezclase Jesús con todos ellos, y unirse a la cola de los que se meten al
agua está mostrando que su verdadera vocación es servir y entregarse a la persona herida, estar junto al
pueblo necesitado de compañía, de atención, de estímulo, de consuelo, de liberación; al mezclarse con ellos,
Jesús esta manifestando la voluntad del Padre que implica cambio, renovación, transformación desde lo
sencillo, desde lo frágil, desde la sencillez, desde el amor. Y esta acción de Jesús viene avalada por el Espíritu
que desciende sobre él en forma de paloma y por la voz del Padre, que desde todo lo alto afirma: “en ti me
complazco”.
Hermanos y hermanas, celebrar el bautismo de Jesus nos debe llevar necesariamente a recordar nuestro
bautismo y nuestro compromiso por el Reino, por la salvación del mundo. Para nosotros ser bautizado significa
unirse a su causa, a su misma misión. Esto nos debe recordar que la mejor manera de vivirlo, de complacer al
Padre es “mojándose”, es entrando en todas esas realidades humanas que necesitan “purificación-conversión-
salvación” y con ellas comprometernos desde dentro, a través del servicio, de la entrega, de la compasión (1ª
lectura: Is 40,1-5. 9-11), la solidaridad y la justicia. El bautismo “nos regenera y nos renueva, por la acción del
Espíritu…para que vivamos ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios”, nos dice San Pablo en la
segunda lectura (Tit 2,11-14; 3,4-7).
Por último, Jesús al bautizarse, oraba y es en este momento de profunda unión con su Padre y con su pueblo
que “se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él…”, y “del cielo llegó una voz”, esa voz que hoy lo confirma
como el Hijo predilecto y amado del Padre. Hermanos, hermanas, al recordar hoy nuestro bautismo,
hagámoslo con esa misma actitud de contemplación y de servicio; de profunda unión con Dios y de sincera
solidaridad con nuestro pueblo y hagamos resonar esa voz del cielo: “en ti me complazco”; en ti, cristiano
orante y solidario me complazco.

