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2 Enero 2022
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La Palabra

Epifanía del Señor “C”
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Epifanía: Buscar, encontrar, acoger, agradecer y adorar

Mt 2,1-12

Estimados hermanos y hermanas, la liturgia de hoy nos invita a alegrarnos con el Señor, Salvador de todos los
pueblos; hoy celebramos la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir la fiesta de la manifestación de Dios como
salvador de todos los pueblos. Es una fiesta misionera por excelencia. Es la fiesta de la luz, como nos lo anuncia
Isaías en la primera lectura (Is 60, 1-6): “llega la luz, la gloria del Señor amanece sobre ti”; “sobre ti amanecerá
el Señor, su gloria aparecerá sobre ti”. Y los pueblos “caminarán a tu luz”. Es la fiesta de las naciones, pues a
ellas tambien es enviado Jesus como Salvador, haciéndolas así partícipes “de la misma herencia, miembros del
mismo cuerpo y participes de la misma promesa en Jesucristo” (2ª lectura; Ef 3,2-3.5-6). Nuestra actitud de
acogida del misterio de Navidad debe ser una apertura a la luz. Epifanía es el misterio de la iluminación que nos
invita a dejarnos iluminar, a salir y dejar que su luz nos invada, nos transforme, nos purifique.


Les invito a profundizar en el evangelio del día de hoy (Mt 2,1-12), dejando a un lado los aspectos históricos y
míticos que él encierra. Entremos mas bien en la catequesis que San Mateo quiso dar a sus contemporáneos y
que ahora no es dado la oportunidad de reflexionar, a nosotros, los cristianos de este siglo XXI. Al escribir este
relato, Mateo tiene una intención meramente catequética: mostrar la universalidad de la manifestación de
Dios en su Hijo Encarnado. En aquel niño nacido de María en Belén, Dios ha venido para revelar su verdadero
rostro, su Verdad, a toda la humanidad, a todas las naciones, culturas, razas, lenguas, religiones.
Además de esta afirmación, plena de significado y de clarificación a cristianos venidos del judaísmo, el relato
tambien presenta algunos símbolos para despertar en los fieles cristianos algunas actitudes de vida que
aprender; todo es simbólico y todo tiene un significado. Ante el ejemplo de estos misteriosos magos venidos de
oriente, todos, cristianos o no cristianos, estamos invitados a buscar, encontrar, acoger, agradecer y adorar
este inusitado gesto del Amor de Dios: hacerse uno de nosotros para revelar su Verdad y poder regalarnos la
Salvación. Pero hace falta ponerse en camino, en mitad de la noche oscura, y buscar estrellas que nos guíen. La
noche está ahí: nos rodea a todos, y cada vez más oscura, temible y amenazante. El camino se hace caminando:
dejando atrás comodidades, convicciones, ataduras, … Y en cuanto a las estrellas que guían…: las hay también,
pero hay que buscarlas y luego seguirlas.
Permítanme insistir sobre estas actitudes de vida que se nos proponen: “Hace falta ponerse en camino”: la
actitud principal que los magos presentan es la “búsqueda”; ¿Dónde está el Señor, al que deseamos adorar?
Esa es la pregunta de todo buscador, puesto que en su corazón hay una grande deseo: encontrar, acoger,
agradecer y adorar. Aún si tiene que toparse con la noche, con el frio, con el peligro, su deseo los lleva a
enfrentar todo y superarlo. Esta búsqueda se hace discerniendo, preguntando, alzando la mirada. Los magos
van a Jerusalén preguntan al rey, pero tambien consultan la Palabra. Sólo en ella el hombre auténticamente
buscador encontrará la dirección exacta que debe seguir para hallar al Cristo que tanto anhela. La Palabra es
siempre “luz para los pasos” de todo buscador, como dice el profeta. Discernir, preguntar, alzar la mirada y
descubrir los signos de Dios, he ahí la segunda actitud. Tener la capacidad para “ver surgir su estrella”;
hermanos, Dios no deja de enviar señales a todos los hombres para atraerlos a sí. El problema es que ya no
somos capaces de aceptar dichas señales, abrumados como estamos por el ajetreo de la vida cotidiana, por
problemas inmediatos, por el bombardeo publicitario constante y las necesidades apremiantes de un
consumismo voraz. Somos los hombres de la disipación, de la superficialidad, de la prisa y de lo pragmático. Ya
no escrutamos los signos que proceden de lo alto. Ya ni siquiera nos damos cuenta de que están allí, en el
firmamento de nuestra vida, para servirnos de señales llenas de salvación. Pero las señales están ahí, Dios nos
sigue enviando sus estrellas para guiarnos hacia él.

Hermanos, hermanas, todos tenemos en nuestras vidas estrellas que se nos aparecen luminosas y nos
muestran el camino a seguir, basta abrir los ojos, discernir. Pueden ser personas concretas, pueden ser
acontecimientos que nos marcan, pueden ser vivencias que encienden algo especial en el corazón. Eso sí, hay
que pararse a contemplarlas, detenerse a mirar qué dirección señalan, discernir con sinceridad si son
auténticas y nos llevan por caminos de más amor y más humanidad, o luces falsas que nos llevan a la
inautenticidad o al egoísmo. Y luego, por supuesto, seguirlas. Haciéndolo así cualquier persona, como aquellos
extraños Magos de tierras lejanas, acabará encontrándose con el Dios de la Vida que se hace presente y
cercano para mostrarnos su Amor.
No quisiera terminar sin recordar otra actitud, que es consecuencia de las dos primeras: el gozo. Para un
buscador de Dios, sus señales producen siempre gozo, de modo que todo lo demás palidece, todo lo vivido, el
camino andado, los peligros, las amenazas del poder, todo desaparece, solo permanece el gozo, el gozo al ver
de nuevo la estrella, el gozo al encontrar al ser deseado y depositar a sus pies lo mas preciado que le puedan
ofrecer: adoración, pues es Dios (incienso), obediencia pues es reconocido como rey (oro), y devoción pues es
su redentor (mirra).
Busquemos a Dios hermanos para adorarlo: esa parece ser la fuerza mas honda que mueve nuestra alma.
Dejemos que esta fiesta nos haga movernos en esa dirección, hacer de nosotros “buscadores que encuentran,
acogen, agradecen y adoran a su Salvador”.

 

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