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19 Diciembre 2021
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La Palabra

IV Domingo de Adviento “C”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Encuentros” que se convierten en “Buena Noticia”

Lc 1,38-45

Hermanos y hermanas, estamos ya a la puerta de la Navidad, éste cuarto domingo de adviento lo podemos considerar como el grande pórtico que nos introduce en el misterio de la Navidad, es decir, del “Dios con nosotros”, del “Dios que viene a nuestro encuentro”. Un Dios que opta por lo sencillo y humilde para encontrarnos, “y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Efratá…”  (1ª Lectura Miq 5,1-4)) y que confía a una mujer sencilla de Galilea ser “la madre de mi Señor” (Evangelio Lc 1,38-45).

Concluimos este tiempo de adviento meditando un evangelio que tiene sabor a encuentro fraterno, a comunicación gozosa, a intercambio de dones. Porque la Navidad es eso, la proclamación de la Buena Noticia de la Salvación que llega y se realiza a través de una serie de encuentros. Comenzando con el de un ángel que llega a la casa de una joven sencilla y humilde y que, ante su “hágase en mi según tu palabra” desata toda la compasión y misericordia de Dios que asume nuestra naturaleza humana en el hijo que ella va a engendrar. Junto con este “encuentro generador” de todo está el encuentro del ángel con José y luego con los pastores, y tantos otros más.

Por el momento, centrémonos hoy en María y su encuentro con Isabel. La protagonista de este último domingo de Adviento es ciertamente María. Ella, la humilde y sencilla joven de Nazaret al sentir en sí misma la presencia del misterio de Dios hecho carne, siente la necesidad de salir al encuentro y comunicarlo a otra mujer sencilla y humilde que se siente dichosa por su maternidad. María “va a prisa” a comunicárselo a Isabel. María es modelo de adviento, modelo del encuentro fraterno, de encuentro de gozo, de servicio. Ella, que acaba de ser visitada por Dios, mostrándose a sí misma como servidora (sierva) del Señor, ella, inmediatamente pone en práctica lo que ha dicho, mostrando con su modo de obrar que servir a Dios es ponerse al servicio del prójimo, especialmente del más necesitado. Ella, María va al encuentro de Isabel llevándole la Buena Noticia a través del servicio, del amor, de la cercanía.

María es la Virgen del Adviento, que se nos presenta como prototipo de la Iglesia y de cada uno de los cristianos, que, en función de nuestro bautismo, hemos de ser portadores de esta Buena Noticia para nuestros hermanos a través del servicio, del encuentro gozoso, fraterno y servicial. Si nosotros celebramos en Navidad al Dios que se hace presente en la naturaleza humana: “Dios con nosotros”, nos obliga “a toda prisa” a hacerlo presente también a los demás en el servicio. Es la acción “misionera” de la Iglesia y de cualquier cristiano que se sienta responsable de hacer partícipe a los demás de su fe.

Del “encuentro” de estas dos mujeres me viene a la mente tres actitudes necesarias para vivir en esta navidad “encuentros” que se conviertan en “Buena Noticia” para los demás.

  • Lo primero: desear el encuentro, prepararse, ilusionarse ante el otro. El encuentro en sí mismo es un regalo. Me encanta la reacción de Isabel ante la visita: ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Se siente halagada y bendecida por aquella mujer que le viene en el nombre del Señor. María le ha mostrado todo ese deseo de verla, de atenderla y ella, Isabel la recibe con el mismo gozo. Hermanos, las personas necesitamos encontrarnos con calma y con gozo. Hoy en día vivimos demasiado aprisa, esto provoca que nuestros encuentros cotidianos sean más bien «roces» superficiales. No intercambiamos nada, no dejamos en el otro nada de nosotros mismos. Más bien «nos cruzamos» en los caminos sin más. Es navidad, que estupendo sería que la llegada del Mesías propicie e invite a encontrarnos, a ir al otro con corazón abierto, deseando “estar”, gozando el encontrarnos.
  • Una segunda actitud: “lo que llevo dentro”. María se pone en marcha «portadora» de buenas noticias. Va al encuentro de Isabel sintiéndose profundamente gozosa, ciertamente, pero tambien lleva sus inquietudes, sus incertidumbres. Y precisamente eso es lo que quiere compartir con su prima. Es un encuentro de dos almas que dialogan, dos corazones “cargados” que se comunican. Lo que llevamos dentro, lo que vivimos, lo que esperamos, lo que soñamos, lo que sufrimos... esos son los mejores temas para hablar, para ir al encuentro del otro. Lo más nuestro, lo más personal: nuestra vida. Es navidad, no más superficialidad, banalidad, cosas externas, luces y regalos pero que no vienen de dentro. Es navidad y podemos transmitir paz, serenidad, interés por escuchar y comprender, alegría, confianza, sinceridad, perdón... Como María, provoquemos en el otro esos sentimientos que vienen de lo profundo, “apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno…”
  • Por último, ir al otro “regalándole” prioridad. Perdón hermanos, pero tantos de nosotros padecemos de ese narcisismo que nos hace creernos el centro del universo y que los demás deban de girar a nuestro alrededor. Es necesario esforzamos por ponernos en el lugar del otro, «escucharlo» sinceramente, poner sus necesidades y su vida al centro, esta es la actitud de María. Ella estaba más pendiente de lo que pudiera necesitar su prima, que de sí misma. Estupenda actitud para el encuentro verdadero: el otro es lo más importante. Que se sienta a gusto conmigo, que le eche una mano si fuera lo posible. Que se sienta acompañado y comprendido. Ante el otro, estoy llamado a ser portador de alegría, de paz, de serenidad, de cercanía, de amor... Es navidad, tiempo de encuentro, tiempo de servicio, de entrega al otro al que consideramos importante porque Dios está con nosotros.

Como conclusión, quisiera recordar aquellas palabras del Papa Francisco que non invitan a esta “espiritualidad del encuentro” a vivir en estos últimos días de adviento. “El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus necesidades, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura”. (EG 88, Papa Francisco)

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