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12 Diciembre 2021
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La Palabra

Solemnidad de la Virgen de Guadalupe
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?

Lc 1,39-48

Queridos hermanos y hermanas, hoy es un día de fiesta, todos estamos llamados a alegrarnos y a exultar de gozo como Isabel, pues ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Hoy, como pueblo mexicano estamos llamados a proclamar: “¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”.


El evangelio que acabamos de escuchar (Lc 1,39-48) nos recuerda el momento de la visitación, cuando María, habiendo recibido la noticia de ser la futura madre del salvador, no se quedó en casa a esperar tal evento, sino que fue inmediatamente a compartirlo con su prima, también bendecida por Dios. Esta actitud Maria la sigue manifestando en cada momento de la historia, y para nosotros, pueblo mexicano, ella ha escogido un momento por demás particular, para manifestarnos su cercanía y su amor de Madre.


Ella también vino a visitarnos. Cuando se apareció a San Juan Diego en el Tepeyac, se presentó como "la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios" (Nican Mopohua); y dio lugar a una nueva visitación. Corrió premurosa a abrazar también a los nuevos pueblos americanos, que estaban viviendo una dramática gestación. Fue como una «gran señal aparecida en el cielo… una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies», que asume en sí la simbología cultural y religiosa de los indígenas, y anuncia y dona a su Hijo a los nuevos pueblos de mestizaje desgarrado. María vino a ayudar a su pueblo a superar y vencer toda polarización y conflicto. Al pedir que se construyera un templo, María quiere oír, remediar y curar todos los lamentos, miserias, penas y dolores del pueblo (Nican Mopohua, 25). El templo pedido por María tiene tambien una parte propositiva ante el drama que se está viviendo: “es para mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa” (Nican Mopohua, 23). El templo es el símbolo de todos los sueños y deseos del pueblo porque implica transformar “los riscos, mezquites, nopales, espinas y abrojos del cerro en turquesas, oro, piedras preciosas y flores refulgentes”. En consecuencia, se trata de convertir la noche en día y el invierno en primavera, es decir, convertir la historia colonial en historia de salvación. Este es el propósito de Maria al venir a nuestro pueblo, propósito que sigue siendo vigente. Aún hoy en día, ella quiere hacer de nuestra historia caracterizada por la violencia, la polarización y el conflicto entre sus hijos, en una historia de salvación.
Ante esta actitud amorosa de María hacia nosotros, quisiera resaltar tres motivos que alimentan nuestra alabanza hoy: Lo primero es ese gesto misionero y materno por excelencia, Maria la más perfecta discípula del Señor se convirtió en la «gran misionera que trajo el Evangelio a nuestra América». María misionera, Maria que comunica la Buena Nueva a quienes ama y acepta caminar con ellos en el camino de la unidad, de la reconciliación, de la fraternidad.


Segunda afirmación: La Santa Madre de Dios no sólo visitó a estos pueblos, sino que quiso quedarse con ellos. Dejó estampada misteriosamente su sagrada imagen en la "tilma" de su mensajero para que la tuviéramos bien presente, convirtiéndose así en símbolo de la alianza de María con estos pueblos, a quienes confiere alma y ternura. Su “permanencia” no es pasajera, inútil, irrelevante en la vida de nuestros pueblos, para nada: La Virgen, Madre de Dios y nuestra, siempre se ha preocupado por todos sus hijos e hijas. Ella sigue con su labor maternal de escuchar las súplicas, las penas, las alegrías, y las preocupaciones de todos nosotros. “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” María de Guadalupe continúa mostrándonos ese cuidado maternal, y siempre presente, que debe de conducirnos a su Hijo Jesús y debe de llevarnos a un compromiso más claro y alentador con el Evangelio de Jesús.

Una tercera afirmación tiene que ver con su sí y nuestro sí. Primero, no podemos olvidar, ante todo, que María es madre y modelo de la Iglesia; fue su “SÍ”, el que hizo posible continuar con el plan salvífico de Dios, haciendo que su Hijo Jesús se encarnara en su vientre; su “SÍ” la condujo hasta el pie de la cruz para después seguir acompañando a la Iglesia. El “SÍ” de María se repite en la historia del hecho guadalupano. Ella aceptó el acompañar a un nuevo pueblo para poder adherirse a la fe en Cristo, el Salvador. Su cercanía y su forma de presentarse al indio Juan Diego, hoy san Juan Diego, lo motivó a él, también a decir un “SÍ” a la misión que le encomendaba, porque sintió en su corazón que algo grande de parte de Dios se presentaba en medio de su pueblo. Este evento milagroso es el que llevó a nuestros antepasados a aceptar con un “SÍ” el mensaje de Jesús y sus buenas noticias; fue este “SÍ” lo que propició el surgimiento de un nuevo pueblo que continúa aceptando el mensaje y tratando de vivir de acuerdo a esta fe que María de Guadalupe trajo a estas tierras. Como Juan Diego, como los primeros misioneros y nuestros antepasados, estamos llamados a hacer de nuestra historia presente una historia de salvación. No podemos quedarnos de brazos cruzados, siendo meros espectadores en el mundo de hoy, violeto, fracturado, polarizado, poco fraterno, al contrario, estamos llamados a ser constructores de la sociedad que desea Nuestro Padre común, debemos superar los odios y violencias de todo tipo, y manifestar con claridad, que reconocemos la común dignidad de todo ser humano, buscando por ello el bien común por encima del bien personal, familiar, sectorial e incluso nacional, bienes legítimos que ciertamente disfrutaremos, si mantenemos como prioridad, edificar la civilización del amor.


Como lo pide María, debemos luchar por hacer del Templo Mariano, que es nuestra nación, ese espacio vital donde ella pueda “mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa” (Nican Mopohua, 23). Alabemos a nuestra madre la Santísima Virgen de Guadalupe y aceptemos cumplir la misión que nos encomienda.

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