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5 Diciembre 2021
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La Palabra

2º Domingo de Adviento C
P. Rubén Antonio Macias Sapien sx

Vino la palabra de Dios en el desierto

Lc 3,1-6

Estimados hermanos y hermanas, seguimos adelante en nuestro camino de adviento, preparándonos para
“salir al encuentro del Señor” que viene a salvarnos. El Evangelio de hoy (Lc 3,1-6) nos invita a escuchar y
meditar sobre la experiencia vivida por Juan el Bautista, quien, como nosotros, esperaba al salvador y
efectivamente, como dice el texto de hoy, sobre él “vino la palabra de Dios en el desierto”.

La Palabra viene sobre un individuo en el desierto. Reflexionemos varias cosas sobre esta experiencia. Lo
primero que me llama la atención es el deseo de Lucas, el evangelista, de ubicar con precisión el momento
histórico en el que la Palabra vino a Juan Bautista para que este comenzara su misión profética. Llama la
atención la minuciosidad con la que el autor sagrado quiere señalar ese contacto de la Palabra con la realidad.
Porque Dios viene en nuestra realidad, en nuestros “desiertos” para traernos salvación. Es importante que
sepamos descubrir a Dios que viene en nuestra realidad, que le demos nombre, que la describamos y ahí
escuchemos la Palabra que viene a salvarnos.

El Adviento prepara a la Iglesia y a los creyentes para que sepan
vivir la fe en las condiciones históricas en las que se encuentran; es decir, que aprendan a vivir en el presente la
actualidad y vigencia del Dios que viene y se hace presente. Además, Lucas habla de “desierto”; Juan recibe la
Palabra “en el desierto”, ahí donde las condiciones son difíciles, ahí donde todo es tan simple, donde se vive
despojado de todo, donde la soledad premia y la carencia agobia. Y ahí, en ese lugar y en ese contexto, una voz
grita, ahí hay alguien que grita la esperanza. En un lugar así cualquiera gritaría la desesperación, la angustia…,
¡es el desierto! Pero no, Juan, como tantos santos de la vida cotidiana, se pone a gritar esperanza. Pobre, sin
privilegios y sin comodidad, pero con el corazón lleno de confianza. ¿Cómo se explica esta extraordinaria
capacidad de esperar? La razón nos la recuerda el Evangelio de hoy: “La Palabra de Dios vino sobre Juan”.
Fijémonos en el verbo utilizado por Lucas: “vino”, “descendió”. Quiere decir que la de Dios no es una palabra
entre todas las que están normalmente en circulación; no es una palabra que escuchamos en los caminos, en el
bullicio de nuestros días, sino dentro, en nuestro interior, ahí donde logra descender, entrar, venir. La Palabra
de Dios viene sobre nosotros y en nosotros, nos conquista, nos sacude, nos provoca, nos conmueve, nos
transforma, nos hace gritar de esperanza. Porque nos habla de una salvación, que es mucho más que las
fugaces experiencias de felicidad que podemos darnos a nosotros mismos o que los demás pueden facilitarnos,
es mucho más que las efímeras experiencias de libertad y de plenitud que podemos conseguir con nuestros
medios. Es la salvación que Dios nos promete. Y que quiere realizar por cada uno. “Todo hombre verá la
salvación de Dios”, termina diciendo el Evangelio de hoy.
Pero ¿bajo que condiciones viene esta salvación? ¿Cómo lograr “ver” esta salvación? ¿Cómo lograr acoger esa
Palabra que viene en nosotros? Juan mismo nos lo señala, él recorría las comarcas predicando la conversión
para acoger la salvación. Las palabras citadas por Juan, parafraseando al profeta Isaías son por demás
elocuentes: “Preparen el camino, hagan rectos los senderos, los valles serán rellenados, los montes y colinas
serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano”. Ciertamente lo que Juan
pretende de nosotros implica una dura y gran transformación, no se trata de un simple cambio, un retoque,
una “manita de gato” ... Abajar un monte y elevar un valle son auténticas «obras de ingeniería». No es una
“conversión” de fachada.
Vale la pena preguntarnos: ¿Cuál será ese valle, ese monte que hay que transformar? No nos quedemos en la
metáfora, vayamos a analizar nuestros comportamientos, ahí donde ciertamente tenemos necesidad de
“rebajar” el orgullo, la presunción, la soberbia. Tenemos necesidad de superar nuestras visiones cortas, que
nos sumergen en esos “valles” de nuestros proyectos demasiado cortos y cómodos, nuestras visiones que nos
encierran. Se nos pide “enderezar los senderos”, dejar de “transitar” todo sendero que no me lleva a Dios y al
prójimo, que me encierra en mi mismo y en esos laberintos del orgullo que no tienen salida. “Que lo escabroso se iguale”. Lo escabroso es incómodo, estremece, asusta, dificulta... Puede que haya en mí algo escabroso,
desagradable, algo que aleje, que moleste a los demás. Y peor, puede que no me dé cuenta, aunque otros lo
vean muy claro. Que lo escabroso se iguale: Ser más agradable, amable, suave, coherente, crear puentes,
quitar estorbos, acoger, escuchar, atender... Lo que me aleja de los demás... me aleja también del Señor.
En fin, hermanos y hermanas, la Palabra de Dios viene a nosotros, en nuestros desiertos y nos invita a la
conversión para poder gritar de esperanza. Ojalá todos nosotros seamos “Juan el Bautista” para mucha gente
en este adviento, seamos esa “voz que grita de esperanza”. Ojalá todos juntos, toda la iglesia, gritáramos la
esperanza, todos nos convirtiéramos en esta voz, esta sola voz en el mundo. Atrevámonos a soñar este
domingo junto a Cristo, diciendo: “Rebaja tú los montes de nuestro orgullo, colma tú los valles de nuestra
pobreza, de nuestra finitud. ¿Cómo saldremos adelante sin ti? Y haz que cada hombre y mujer, tambien por
medio nuestro, pueda ver algo de la salvación que viene de Dios.
¡Buen segundo domingo de adviento!

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