
“Sólo una cosa te falta”
Estimados hermanos y hermanas, entramos en el segundo domingo de octubre y la invitación del papa a ser testigos comprometidos sigue resonando en nuestros corazones. “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20), nos ha dicho en su mensaje, parafraseando a los Hechos de los Apóstoles. Todos nosotros hemos tenido ese momento en nuestras vidas donde las cosas fueron cuestionadas y ahí, en ese momento la mirada tierna, misericordiosa de Jesus vino a revolucionarlo todo y a darle un nuevo sentido. Eso pues, no debe de ser callado, sino debe convertirse en motivo para ir y compartirlo con los que aún están sumidos en el vacío de sus vidas y en la búsqueda de verdaderos sentidos para ella. Es el caso del evangelio de hoy (Mc 10, 17-30).
Me llama mucho la atención la manera como Marcos nos cuenta este episodio. Por un lado, nos ubica a Jesús en camino, recordemos que él está haciendo el camino hacia Jerusalén, a esa entrega total por la salvación de todos; camina hacia adelante en ese vaciarse totalmente para que los demás tengan vida. Inmediatamente, dice Marcos, “se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Se le acerca “corriendo”, este hombre apenas sabe que Jesús pasa, se levanta, movido por una fuerza interior de búsqueda y corriendo sale a su encuentro, se arrodilla, pues sabe que Jesús puede satisfacer el motivo de su búsqueda interior, y entonces le abre su corazón, se presenta y le manifiesta su “insatisfacción y su búsqueda”. Es un hombre que lo tiene todo, un hombre aparentemente con una vida completa y realizada, es rico, en primer lugar, pero, sobre todo, es un hombre piadoso, que cumple la ley, que practica la ley de Moisés, pero, a pesar de todo ello, en lo más profundo de su ser sabe que le sigue faltando algo que debe ubicarse en otro plano. Este hombre representa quizá nuestra realidad, en el corazón de muchos quizá surgen los mismos sentimientos; de hecho, quizá una cosa que caracteriza a los hombres de nuestro tiempo es eso: la insatisfacción, el desencanto. Tenemos tantos avances en nuestra vida moderna, alcances inimaginables en los ámbitos científicos, técnicos, artísticos, económicos, incluso culturales. Tambien a nivel de estudios teológicos y del conocimiento de normas morales, pero a pesar de eso, para muchos circula en nuestras venas esa insatisfacción y esas ganas de correr a encontrar a Jesus que pasa y pedirle finalmente la respuesta para vivir una vida plena. ¿Qué tengo que hacer para ser feliz?, ¿Cómo me puedo sentir satisfecho de mí mismo? ¿Qué tengo que hacer para que mi vida valga realmente la pena? Porque a todas estas preguntas, el hombre del evangelio, como el hombre de nuestro tiempo, no ha encontrado una salida válida.
Jesús, dice el evangelio, “lo miró con amor” y entonces, desde la lógica del amor, ese amor que lo está llevando a Jerusalén, le propone un proyecto completamente revolucionario, le propone un “recomenzar” todo de nuevo, desde un nuevo punto de partida, el comienzo de «otra cosa» mucho mejor y más plena. Y esto se lo explica con tres imperativos: “vende, da, sígueme”.
“Ve y vende lo que tienes”: Jesús le pide desprenderse de todo lo que le había dado seguridad, le pide libertad, no porque eso fuera malo, sino porque lo había encerrado en sí mismo, incluso en la devoción ferviente de un Dios que lo alejaba de los demás; una religiosidad centrada en él mismo y en su “estar bien” que tanta insatisfacción le había traído.
“Da el dinero a los pobres”: es la transformación radical de su presente, de la situación, tanto suya como de su entorno. No puedes alcanzar la plenitud en tu presente sin abrirte a los otros. La felicidad plena solo se adquiere con la generosidad, la solidaridad, la justicia. Compartir con los empobrecidos es compartir con el mismo Dios, es vivir la fe desde la lógica del Dios encarnado, del Dios que se hizo pobre con los pobres para “enriquecerlos” con su pobreza. Jesús no condena la riqueza, sino el vivir solo por ella; para Jesús no hay medias tintas: no se puede servir a Dios y al dinero, es decir, no se puede vivir para el Reino y para las riquezas.
“Después, ven y sígueme”: Jesús le presenta un futuro nuevo que implica para si la transformación de todas sus expectativas de vida. Es como si le dijera: «Vamos a mirar juntos a los demás, a los que sufren, a los pobres». Este es el nuevo punto de partida. «Vente conmigo y ponte a amar, pon a los demás en el centro de tus inquietudes y preocupaciones... y que Dios sea tu único tesoro». En definitiva, esa fue la propia opción personal de Jesús y es su propuesta sincera. Este es el horizonte nuevo que Jesús le presenta y nos presenta a todos: entrar en el plan de Dios, asumir la libertad de los hijos de Dios, una libertad de espíritu que no se deja comprar por nada, y se encarna en la fraternidad que nos hace a cada cual corresponsables de la felicidad de los otros.
Nos dice el evangelio que el hombre rico se alejó triste, como triste tambien quedó Jesús. El hombre rico volvió su mirada sobre si y no dejó que la mirada amorosa de Jesus lo transformara, se quedó sumido en esa insatisfacción que lo invadía. Jesús finalmente invita a sus apóstoles a ir mas allá, a no dudar y tener confianza, pues lo que parece imposible para nosotros “no lo es para Dios. Para Dios todo es posible”.
Vayamos pues y digamos al hombre de nuestro tiempo, tan parecido al protagonista del evangelio de hoy, que es posible seguir a Jesus y encontrar la plenitud de la vida. “Señor, nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”, nosotros hemos encontrado en tu proyecto esa plenitud de vida. “Lo que hemos visto y oído”, se los anunciamos.


