Skip to main content
20 Junio 2021
916 vistas

La Palabra

XII Domingo ordinario “B”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Vamos a la otra orilla…”

Mc 4,35-41

Estimados hermanos y hermanas, hoy vemos a un Jesús inquieto, que nos provoca y nos invita. Un Jesús a quien le interesa “la otra orilla” y pide partir, un Jesús que no resiste ante “las periferias existenciales” que lo necesitan, diría el Papa Francisco. Un Jesús en el cual se nota “algo que lo apremia-empuja” para ir a la otra orilla, como un enamorado que corre distancias, atraviesa mares con tal de encontrarse con el ser amado. Ese Jesús “apasionado” empuja a sus discípulos al mar, a la travesía, a salir, a correr riesgos, junto con él, con tal de ir a la otra orilla. ¡PASEMOS, VAMOS A LA OTRA ORILLA! Es la invitación. (Evangelio Mc 4,35-41)

Parece como si a Jesús no le gustara que nos quedáramos amarrados en el puerto contemplando el mar, y las gaviotas, el cielo y el horizonte. Con una vida cómoda, segura, sin riesgos, una vida encerrada en nosotros mismos y nuestra subsistencia. A Jesús no le gustan las barcas amarradas en el puerto, o las barcas que no van mar adentro, esas “otras barcas”, como dice el evangelio, aquellas que no hacen la travesía, ni “van a la otra orilla”, esas barcas cómodas, para “turistas” de la vida, llenas de lujos y comodidad, que no aceptan los sobresaltos de las olas profundas, que giran en círculo, en torno a planteamientos personalistas, individualistas y egoistas, que no nos llevan hacia el otro. Esas barcas rutinarias, donde siempre se hace lo mismo, el mismo recorrido, donde no se “miran horizontes”, “no se mira lejos”, ni se vislumbran nuevas realidades; esas barcas de la inmediatez aparentemente exitosas y aduladoras, pero ciertamente erráticas. Que en sus travesías aparentan estabilidad y no ameritan esfuerzos mayores. Esas que te llevan y te traen siempre al mismo lugar: tu ego.

Hoy Jesús nos pide subirnos a “otra barca”, la suya, aquella que tiene como motor el amor, y como fuerza, su Palabra, en la cual Jesús navega, aún si parece dormido, aquella que nos hace atravesar el mar e ir a la otra orilla, a lo nuevo, a lo inesperado, a lo necesitado de su presencia y de nuestro testimonio. El Señor quiere embarcarse junto con nosotros, porque quiere llevarnos más lejos, más allá de lo jamás pensado. Ciertamente la travesía implica riesgos, de hecho, hay que superar las corrientes contrarias, los vientos fuertes, las olas enormes, pero eso no debe preocuparnos ni desalentarnos. Somos “marineros de aguas profundas” porque “el amor de Cristo nos apremia” y no vivimos “ya para nosotros mismos sino para aquel que murió y resucitó”, dice la segunda lectura (2 Cor 5,14-17), él va con nosotros en la barca y por ello, no tenemos miedo de zarpar e ir a la otra orilla, insisto: somos marineros de aguas profundas y él va con nosotros. ¿Qué es lo que hizo a tantos misioneros dejar su patria e ir a otros países en búsqueda de algo nuevo en sus vidas? No se puede entender sin este amor y esta presencia. Así lo entendió San Guido María Conforti al dejarnos su espiritualidad: “El amor de Cristo nos apremia, nos empuja”, hasta los confines de la tierra para anunciarlo a todas las gentes y “hacer del mundo una familia”.

La invitación está hecha, hermanos, “vamos a la otra orilla”, no nos contentemos con un cristianismo de seguridades y comodidades. La situación actual nos invita a salir. “Al atardecer”, dice el evangelio, Jesús invita a la travesía. Démonos cuenta de éste nuestro “atardecer”, de esta sociedad en decadencia, de nuestra fe “ensombrecida”, de nuestra radicalidad “pálida”, de nuestro cristianismo que no ilumina más. Nuestras iglesias están vacías, los jóvenes y tantas otras personas se han quedado varadas en el materialismo, en el individualismo y en una vida centrada en la sola satisfacción personal. Necesitamos salir, arriesgar “la travesía de esta tempestad” para ir a su encuentro. Vamos, Jesús tambien sube a la barca.

He ahí la condición indispensable para zarpar, “el amor de Cristo nos apremia”, ese es el motor, no la aventura, sino el amor a “aquel que murió y resucitó por ellos”, dice la segunda lectura; “por ellos”: los que están en la otra orilla y por los cuales Jesús se subió a la barca y se recostó en ella, confiando en nosotros, los marineros de aguas profundas, la guía de la barca. Somos nosotros quien llevamos la barca en esta travesía, sabedores que ÉL VA CON NOSOTROS. Esta es la segunda condición indispensable: la fe en él que va conmigo, con nosotros. Tener fe significa vencer todo miedo, de hecho, lo opuesto a la fe es el miedo. Tener fe es confiar en que en medio de la tormenta él va conmigo. Su presencia no significa ausencia de borrascas, de problemas, no significa que estemos seguros, sino que, «a pesar de la tempestad» todo marcha bien ‘en medio’ de la borrasca, porque estamos luchando para vencerlas ciertos de que él va con nosotros y que su amor nos da la fuerza para enfrentarlas y llegar a la otra orilla. Los que nos hace vencerlas es su Palabra, ante la cual “hasta el viento y el mar obedecen”.

Vamos a la otra orilla, hermanos, llevando a Jesús y haciendo resonar su Palabra en medio de ese mundo que necesita ser renovado; ciertos de su presencia y movidos por su amor. Conscientes que, como nos ha dicho hoy San Pablo: «El que vive con Cristo, es una creatura nueva. "Lo viejo" ha pasado, ha llegado lo nuevo». Vayamos aportando esta nueva vida que en Cristo hemos adquirido y que su Palabra describe con claridad y potencia: “Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma”. Jesús, aún dormido, es garantía de salvación. Basta su palabra, un simple gesto, para que el mar se calme y la barca, lejos de zozobrar, se mantenga firme en su rumbo. El discípulo sabe bien que el amor de Jesús es causa de esperanza, garantía de vida y seguridad.

¡Animo! Marineros de aguas profundas, en la otra orilla Jesús quiere que anunciemos su Palabra con fuerza y hagamos todo nuevo. Una nueva humanidad hay que construir allá, en la otra orilla.

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!