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4 Julio 2021
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La Palabra

XIV Domingo ordinario “B”
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Sabrán que hay un profeta en medio de ellos”

Mc 6, 1-6

Queridos hermanos, en el evangelio de hoy encontramos a Jesús en su pueblo, en su casa, con sus familiares, sus conocidos…, meditemos este texto exactamente en nuestras casas y desde esta realidad de nuestras familias y preguntémonos lo que la Palabra de Dios nos quiere decir en estos tiempos actuales tan complejos, en y para la realidad de nuestras familias, nuestro “Nazareth”.

Las lecturas de hoy, nos presentan un modelo de conducta para todo creyente: el «profetismo», representado por el profeta Ezequiel en la primera lectura del Antiguo Testamento (Ez 2,2-5) y de modo eminente y definitivo por Jesús, en el evangelio de Marcos (Mc 6, 1-6). Al usar el proverbio de que «no desprecian a un profeta nada más que en su casa», Jesús se presenta claramente como profeta. ¿Quién es un profeta? ¿Cuáles serían los rasgos del profetismo que Jesus nos presenta?

Lo primero que quisiera señalar es su manera de ver la realidad. El profeta es aquel que ve las cosas con los ojos de Dios, es decir al modo de un Padre misericordioso. Como en el caso del hombre de la parábola atacado por salteadores y herido, pasaron un sacerdote, un levita y no vieron nada, dice la parábola, pero el «buen» samaritano percibió con los «ojos de Dios» que allí había un hombre necesitado, al que vendó sus heridas, lo llevó a la posada y cuidó de él. (Lc 10, 30–37). Así son los profetas y las profetisas. Sus ojos son capaces de ver una realidad distinta de la que perciben los otros mortales. El profeta “no es un anunciador «de desventuras» o «un juez crítico» y ni siquiera «recriminador de oficio», sino un “hombre de esperanza” (Homilía Papa Francisco, viernes 27 de abril de 2018); el profeta ve la realidad desde la misericordia y con ella se compromete, sanando heridas, levantando al caído, comprometiéndose con el sufriente. Jesús es rechazado por su gente, cuestionado, pero eso no le impide ver con misericordia a su pueblo, a pesar de su incredulidad y rechazo, “no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos”.

En segundo lugar, el profeta habla, tiene una palabra que decir: “Hijo de hombre, levántate, yo te envío para que les comuniques mis palabras” (Primera lectura: Ez 2,2-5). Su palabra es poderosa, llena de sabiduría porque viene de Dios; “¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder?”, la respuesta es dada por el mismo testimonio de Jesús; es su relación tan profunda con Dios, de la que recibe la inspiración para hacerse con los «ojos de Dios» y ver al modo divino las cosas que suceden en la vida diaria de las personas. “Te basta mi gracia porque mi poder se manifiesta en la debilidad” (Segunda lectura: 2 Cor 12,7-10).

Pero la acción del profeta no es ni será siempre bien vista; el profeta sufre rechazos, calumnias, recriminaciones, aún de los miembros de su propio pueblo, su propia familia, pero esto no debe desalentarlo, “te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”; su acción solo obedece al mandato recibido: “Yo te envío”, dice el Señor. Jesús pues, no calla, anuncia, “se puso a enseñar en la sinagoga…, luego se fue a enseñas en los pueblos vecinos”.

Queridos hermanos y hermanas, la palabra de hoy es una invitación a recobrar en nosotros esta conducta, esta consecuencia natural de nuestro ser cristiano, nuestro profetismo, empezando desde nuestra misma familia, desde nuestro Nazareth. Las iglesias de Jesús de hoy necesitan profetas y profetisas, quizás más que ningún otro carisma. Necesitan que nos “hagamos de ojos de Dios», que aprendamos a ver las realidades con “los ojos de Dios” y llenemos nuestras bocas de su Palabra. Nuestras Iglesias requieren cristianos con una relación profunda de Dios y una valentía a veces heroica para enfrentarse y desenmascarar a los corruptos, a los explotadores, a los que oprimen al emigrante, al pobre y al desvalido. Quien tenga la valentía de ser profeta o profetisa recibirá la confianza, la generosidad y la aceptación de algunas personas, pero otras muchas lo rechazarán, lo perseguirán, lo despreciarán y lo culparán. Si las iglesias de hoy no sienten estas amenazas, sino que viven muy tranquilas en un mundo de grandes injusticias, es que los profetas y las profetisas han desaparecido de estas iglesias que se llaman de Jesús. Es importante que nuevamente nuestras familias, nuestra sociedad “sepan que hay un profeta en medio de ellos”.

No tengamos miedo al ver nuestros actos de culto vacíos, nuestras misas sin gente, a nuestros sacerdotes celebrando con poca gente, preocupémonos mas bien si nuestras actividades dejan de ser proféticas, insignificantes para la gente; si las personas a nuestro alrededor dejan de “estar desconcertadas” por lo que decimos o hacemos. Una iglesia de Jesús puede sobrevivir sin culto, sin sacerdotes, pero no sin profetas. La familia y los vecinos de Nazareth rechazaron a Jesús por ser profeta, no por ser sacerdote del culto. El papa francisco nos pide claramente: «La Iglesia necesita que todos seamos profetas», es decir, «hombres de esperanza», siempre «directos» y nunca «débiles», capaces de decir al pueblo «palabras fuertes cuando hay que decirlas» y de llorar juntos si es necesario”. (Homilía Papa Francisco, viernes 27 de abril de 2018)

¿De qué manera tu cristianismo es motivo de desconcierto? ¿De cuestionamiento? ¿De esperanza? Que Dios nos de la gracia de recuperar nuestra misión profética en el mundo de hoy.

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