
“Caminemos guiados por la fe, llenos de confianza…”
Creo que las lecturas de hoy nos ayudan a encontrar respuestas, sobre todo a verificar lo que debería de ser la manera cristiana de llevar adelante la misión, las obras que concretizan esta misión, en pocas palabras, el apostolado de todo cristiano. Hoy toda gira pues en torno al "trabajo apostólico generoso de sembrar la Palabra" (Evangelio, Mc 4,26-34), porque finalmente esta es nuestra misión en el mundo: “ser sembradores de la Palabra”. Ciertamente, hablamos de la Palabra de Jesús el Señor. No hay que olvidar una cosa muy importante, si queremos ser útiles en el Reino de Dios, es su Palabra la que ha de ser sembrada y esperar pacientemente su crecimiento, desarrollo y fruto. Si la tierra es buena, y lo es, ella dará su fruto, pero sobre todo recordemos, la semilla es aún mejor. Esta es la primera enseñanza: “Caminemos guiados por la fe, llenos de confianza” (segunda lectura: 2 Cor 5,6-10), dijimos en el título, sembremos llenos de Confianza, sembremos mensajes claros, y evangélicos. Es su Palabra. Se trata de una semilla buena, la única necesaria, no necesita añadidos. El Evangelio es una buena semilla que ha de fecundar y dar fruto en el corazón del ser humano. Tengamos confianza que, al hablar de la Palabra de Dios, ella tocará el corazón de quien la recibe, produciendo su fruto. Como dice el profeta: “La palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto”. (Isaías 55,10-11). No desfallezcamos en nuestra labor, seamos sembradores de la Palabra de Jesús
Tres características deben acompañar nuestra labor apostólica de sembrar la Palabra: La primera: sembrar, sembrar y sembrar, sin desfallecer. La Palabra tiene potencia propia: el hombre solo debe anunciarla. Lo primero que debemos saber sus discípulos es que nuestra tarea principal es sembrar, no cosechar. No debemos vivir pendientes de los resultados. Nuestra atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Por lo tanto, eres padre de familia, siembra en el corazón de tus hijos, eres maestro, siembra en tus alumnos, eres obrero, eres trabajador social, eres líder sindical, eres simple ciudadano, siembra, siembra; seas quien seas, con constancia y con esperanza, aunque tal vez te dé la sensación de que estás sembrando en el asfalto. El Papa Francisco tiene palabras elocuentes: “El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos, pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 279).
Segunda característica: la esperanza y la paciencia. Probablemente lo más duro para un sembrador y también difícil es mantener la esperanza. Cuando se siembra es porque se espera la cosecha, ciertamente, nadie siembra por sembrar, para pasar el rato. Pero, sea lo que sea, toda siembra supone que hay que saber esperar (esperanza) con calma y paciencia. Supone cuidar la tierra y la semilla. Que seamos pacientes con los brotes. Que esperemos los frutos. Y nunca desesperemos si no rinden al cien por cien. Hagamos la analogía con nuestra misión de sembrar en el corazón del hombre. Cada uno tenemos nuestro tiempo y ritmo. Toda palabra del Evangelio es transformadora en los procesos personales, gestando un nombre nuevo.
Y, por último: la opción por lo pequeño. Nuestra misión de sembradores no se vive en la espectacularidad ni en la grandeza. La comunidad cristiana formada por Jesús es de origen muy humilde. Recordemos, Jesús mismo inicia su obra, el pueblo de la Nueva Alianza, con un puñado de pescadores, hombres de pueblo sin poder, sin preparación y sin dinero. Sea la primera comunidad en Jerusalén como las comunidades de Pablo estaban formadas por gente sencilla: "Y si no, hermanos, fijaos a quiénes llamó Dios: a los ignorantes, a los plebeyos, a los débiles, a los que no cuentan" (1Cor 1, 26-29). Estos “diminutos granos de mostaza” llegaron a conformar ese pueblo de Dios, esos “árboles con ramas suficientes” para que todo hombre y mujer de buena voluntad encontrara a Dios. No justifiquemos nuestra “pereza apostólica” o nuestra “poca disponibilidad apostólica” en nuestra supuesta ignorancia o pequeñez. Lo que Dios espera de nosotros hoy es nuestra sencillez; lo que puede “atraer” al hombre de hoy nuevamente al encuentro con Dios, no es la espectacularidad de las obras evangélicas, sino la sencillez del testimonio, nuestra capacidad para sembrar su evangelio con pequeños gestos: un detalle de cordialidad hacia quien vive deprimido, una sonrisa acogedora a quien está solo, un gesto de simpatía o solidaridad hacia quien se siente abandonado o necesitado, la colaboración con un movimiento o grupo humanitario, una afectuosa llamada de teléfono, una alabanza oportuna, una palabra de estímulo... Estos gestos, cuando nacen de lo hondo del corazón, son semillas del Reino que pueden dar mucho fruto, pueden producir estímulo, amistad, fe. El reino de Dios no necesita medios espectaculares, sino servidores -sembradores pobres e incondicionales.
Hermanos, hermanas, el mundo de hoy necesita recibir las semillas del evangelio; Dios ha confiado esa labor a cada uno de nosotros. Con perseverancia, esperanza y paciencia llevemos la semilla del evangelio a todo hombre, a través de gestos pequeños pero llenos de vida. “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

