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22 May 2021
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La Palabra

Domingo de Pentecostés “B”
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”

Jn 20, 19-23

Estimados hermanos, hoy es Pentecostés, hoy es un día caracterizado por la alegría, también nosotros hemos visto al resucitado, durante estos 50 días ha hecho prueba, ante nuestra fe, de su presencia y hoy, como en el día de pentecostés, se presenta y nos dice “¡la paz esté con ustedes!, dicho esto, dice el texto de hoy (Jn 20,19-23), les mostró las manos y el costado”, esos signos tan visibles de su amor extremo. Ante ello, los discípulos se llenaron de alegría. Hermanos, hoy también nosotros nos llenamos de alegría, ella es el signo característico de la vida nueva que el amor de Cristo ha generado en nosotros, ese amor mostrado en la cruz y llevado al triunfo en la resurrección. Es el gozo del Espíritu, ese gran Vencedor de todos los males y de todos los terrores que atenazan el corazón del hombre. Ya no hay razón para el miedo. Sus manos y su costado nos animan, nos demuestran que todo mal ha sido vencido, la muerte ha perdido su rostro amenazador para convertirse en una invitación a amar hasta darlo todo. Con este amor, incluso, los otros, llamados perseguidores, ya no son enemigos: son hermanos a quienes amar más radicalmente. Un mundo así sólo puede producir este fruto mesiánico: la alegría. Ya no hay porque tener miedo, es pentecostés, el Espíritu nos hace vencedores y nos trae el gozo, la alegría.

Al mostrarnos las manos y el costado, Jesus nos recuerda que, con su muerte, pero sobre todo con su resurrección, da inicio una nueva creación, un nuevo tipo de hombre, una nueva era, caracterizada no ya por el miedo sino por la alegría. Y da inicio, igualmente, una nueva Alianza, es decir una nueva relación entre Dios y su pueblo, entre el Amante y su Amada, caracterizada ya no por el legalismo ritual, que todo termina por asfixiarlo, sino por la espontaneidad del amor fiel que responde al Amor Veraz, y todo ello gracias al don de su Espíritu. Son tan elocuentes los signos que los textos bíblicos de hoy nos presentan, signos que nos recuerdan esta nueva creación, esta Alianza, esta alegría. Antes que nada “el soplo”, el aliento de Dios que todo lo renueva y le da vida, les dice: “La paz esté con ustedes…, después sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”. Que hermosa figura, nos recuerda el día de la creación (Gen 2,7), cuando Dios crea al hombre del barro y luego sopla sobre él, es decir, le da su Espíritu y el ser humano toma vida, la humanidad nace; porque Pentecostés es un renacer de nuevo, es volver a la vida, es devolvernos la vida, ahora plena en Jesucristo y bajo la guía de su Espíritu. “El viento fuerte” que entra y renueva y “abre” las puertas cerradas, que vence el temor, el miedo y lanza a la misión (1ª lectura: Hech 2,1-11). “Las lenguas de fuego” que transforman esos corazones fríos, paralizados, en corazones ardientes, capaces de comunicar su alegría y su amor a todos, logrando que “cada quien oyera hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”. Finalmente “la unidad en la misión”: “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (2ª lectura: 1Cor 12,3-7.12-13). El Espíritu unifica el mundo, unifica la Iglesia; la diversidad de integrantes se transforma en germen de riqueza; las lenguas dispares resultan inteligibles para los que se dejan guiar por una misma fe, un idéntico amor y una semejante esperanza. Además, el Espíritu regenera, en quien lo recibe, dones, carismas para el bien de su pueblo y del mundo. Cierto los dones o carismas son diversos, pero todos están llamados a confluir al provecho común de los que tienen la persona de Jesús como referente capital. En él formamos un solo cuerpo y nos da a beber un solo Espíritu en el bautismo. Que importante que, en este tiempo de polarización y división por el mal uso de la política, recordemos de esta presencia unificante y unificadora, nos abramos a sus dones y sobre todo nos comprometamos por el Bien común.

Finalmente, el Espíritu nos envía a la misión. El “viento fuerte” del Espíritu rompe las puertas y nos invita a salir por los caminos de la misión; las “lenguas de fuego” nos invitan a anunciar las maravillas a toda persona, y la “unión” lograda es la fuerza para penetrar todo rincón y toda realidad que necesita ser transformada por la luz del amor que Cristo nos enseñó y que el Espíritu transformó en dones y en carismas. Es el Espíritu el que nos ayuda a salir de nuestros encierros, de nuestro cristianismo anquilosado, que pretende seguir siempre igual, aunque todo cambie alrededor... sin arriesgarnos a buscar nuevos caminos y respuestas. No es así hermanos, basta de querer mantener lo de ayer por ser de ayer, y rechazar todo lo que suene a cambio, novedad, búsqueda, adaptación, renovación, démonos cuenta que es miedo, comodidad, el no querer leer los «signos de los tiempos» ..., es rechazo del Dios-Espíritu Santo, que "hace nuevas todas las cosas" (Cfr. Is 43,18: Apoca 21, 5). Es Pentecostés, el Espíritu nos ha sido derramado con todos sus dones, es el inicio de una nueva creación, de una nueva era, es el comienzo de nuestra misión.

Papa Francisco nos recuerda algo muy importante, “La Iglesia tiene necesidad de evangelizadores que se abran "sin temor” a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresia), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente" (Evangelii gaudium, 259). Se trata de evangelizadores conscientes de que "la misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo" (EG 268).

Hermanos, hoy es Pentecostés, el Espíritu del Señor nos ha sido dado con toda su fuerza, con todos sus dones. Vayamos pues, como los discípulos que el mundo tiene necesidad de luz, de fuego, de vientos fuertes, de unidad, vayamos, regenerados por el soplo de vida, renovados en nuestro corazón y comprometidos con la nueva humanidad y por el Bien común. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

¡Feliz experiencia de Pentecostés!

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