
“Vayan…, prediquen…”
Hermanos y hermanas, hoy celebramos la Ascensión de Jesús al cielo. Jesús acaba su vida terrena y vuelve al Padre. Es la fe que profesamos cada domingo: “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”, decimos en el credo. Hace cuarenta días celebrábamos la victoria de su resurrección, hoy celebramos con el mismo gozo y la misma esperanza su regreso a la casa del Padre, porque su victoria es nuestra victoria; hoy celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos eleva como seres humanos, sobre lo que nos deshumaniza. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo. Es la fiesta de la esperanza, de nuestra esperanza, es celebrar que nuestra meta es: el cielo. Dios es el cielo. El Señor Jesús no solamente ha resucitado, venciendo a la muerte y al pecado, sino que, además, ¡ha sido llevado a la gloria de Dios! Por esto, el camino de retorno al Padre, aquel camino que habíamos perdido y que se nos ha abierto en el misterio de Navidad, ha quedado irrevocablemente ofrecido en el día de hoy a cada uno de nosotros. Es verdad, Jesús es el camino que lleva al Padre.
Estamos pues llamados a recorrer este camino, ya no hay pretexto, ya no hay motivo para dudar, gracias al camino recorrido por Jesus nos hemos podido enterar de que el destino del hombre no está «abajo», sino arriba. El destino del hombre no es el fracaso, sino la gloria. El futuro del hombre no es el polvo y el olvido, sino la eternidad y la gloria de Dios. Utilizando palabras de San Agustín: «Nos has hecho para ti, y nuestro corazón está inquieto (desasosegado) hasta que no descanse en Ti».
Al celebrar hoy pues nuestra victoria y nuestra esperanza en Jesús, él mismo nos envía a recorrer el camino que nos llevará al Padre, el camino de la misión: “Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena nueva”. La invitación de Jesús es clara, es una invitación a ir, a salir para anunciar a todos los pueblos su mensaje de salvación (cf. Mc 16, 15-20). «Ir», o mejor, «salir» se convierte en la palabra clave de la fiesta de hoy: Jesús sale hacia el Padre y ordena a los discípulos que salgan hacia el mundo. Un salir que significa, en primer lugar “bajar” a las realidades del mundo donde hace falta la salvación. Como lo hiso Jesus, quien antes de “subir” al padre se dedicó a “bajar”, a “rebajarse”, como diría San Pablo. Primero bajó del cielo hasta el seno de una mujer, y bajó después a un miserable pesebre en Belén. «Bajó» al río Jordán para ser bautizado entre los pecadores. «Bajó» para mezclarse con los pobres, los marginados (que siempre están «abajo» de hecho). Y tanto fue su bajar, su rebajarse, que quedó hecho un cuerpo triturado, colgado en un madero entre el cielo y la tierra. Y se hundió en la muerte, y bajó al sepulcro, a las entrañas de la tierra, y -como decimos en el Credo- bajó a los infiernos... No se puede bajar más abajo en todos sentidos. Pero de ahí, Dios Padre en su amor, intervino y lo hiso subir al cielo y lo hiso sentar a su derecha. Hermanos, este es el camino, esta es la ruta para llegar al cielo. La eternidad se encuentra en el camino, que primero baja, para poder después, ser llevados a la casa del Padre.
Los hombres vestidos de blanco que cuenta la primera lectura (Hech 1,1-11) nos lo recuerdan: “Galileos, ¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?” Vayan, prediquen, asuman el camino de “bajar” hacia las realidades donde hace falta la salvación y ahí testimonien, anuncien, prediquen, pues finalmente llegara el día de subir, de regresar a la casa del Padre. Los signos que los acompañaran en el camino son claros: “arrojaran demonios en mi nombre”, en la Biblia, los demonios son todas aquellas realidades que oprimen al hombre, que le sofocan, que le impiden crecer, que le esclavizan, que le apartan de su meta, sobre todo los demonios de la violencia, los demonios del individualismo, el egoísmo, la injusticia; todas las ideologías endemoniadas y pobrezas que deshumanizan. “Hablaran lenguas nuevas”, porque hay que reeducar al hombre y llevarlo a ser capaz de “comunicarse”, de entrar en relación con el otro y para ello no hay otra lengua que la del amor. “Cogerán serpientes en sus manos”, las serpientes de la mentira, el soborno, la corrupción, la murmuración, que causa estragos en las relaciones humanas y lograran vencerlas con la verdad, la justicia, la solidaridad, la paz. “Si beben un veneno mortal, no les hará daño”, el veneno del odio y del insulto que rodea cada día al creyente; el pesimismo y el desencanto de esta sociedad, venenos que no tienen ya ningún poder ante quien vive de esperanza.
Hermanos, hoy Jesus, al subir al cielo nos envía a recorrer este camino, el camino de la misión en el mundo que es la ruta para regresar al Padre. Hoy, en este “vayan” de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera-como dice el Papa Francisco. “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20).
Así que el cielo, ahí donde Jesús se ha ido, lo miraremos, sí pero de reojo, con esperanza (porque allí está el Padre que nos espera), y lo miraremos también para llenarnos de fuerza, porque el trabajo lo tenemos aquí abajo, en la tierra, donde el Espíritu del Señor sigue cooperando y actuando para que se haga su voluntad “aquí en la tierra como en el cielo”. El trabajo esta aquí, en este “bajar” a las realidades donde tenemos que anunciar su Palabra, en la espera que, al concluir nuestro peregrinar en este mundo, subamos al Padre y gocemos de la paz y de la gloria.
Seamos pues hermanos, hombres y mujeres de la Ascensión, es decir, buscadores de Cristo en los caminos de nuestro tiempo, llevando su palabra de salvación a los confines de la tierra. En este itinerario nos encontramos con Cristo mismo en los hermanos, especialmente en los más pobres, en aquellos que sufren en carne propia la dura y mortificante experiencia de la vieja y nueva pobreza. Seamos los misioneros de la Ascensión, que aceptaron el reto de llevar el evangelio de Jesucristo conscientes que “el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían”.

