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8 May 2021
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La Palabra

VI domingo de Pascua - Ciclo B
P. Rubén Antonio Macias Sapién sx

“Permanezcan en mi amor”

Jn 15, 9-17

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a entrar en el misterio de Dios y por consiguiente en lo más profundo del misterio humano, de aquello que le da identidad a Dios y por consiguiente nos da identidad a nosotros mismos, pues hemos sido creados a Imagen y semejanza de Dios. La afirmación clave de los textos de hoy es esta: Dios es amor. Nos encontramos en la cúspide de la Revelación. El Evangelio recoge las palabras consoladoras de Jesús en la última cena: «Como el Padre me ama, así los amo yo; permanezcan en mi amor» (Jn 15,9).

En la 2ª lectura Juan afirma que «Dios es amor» (1 Jn 4,8); y en la 1ª lectura de los Hechos de los apóstoles Pedro refiere que en Dios no hay favoritismo de personas (10,34), su amor es personal y universal: Él ha venido a salvar a todos y a cada hombre, sin distinción alguna Cuando decimos que Dios «es» amor, estamos diciendo que Dios «ama» por serlo, que está hecho de amor, que sólo sabe y sólo puede amar, y que todo lo que hace es por amor, para hacer crecer el amor, para sostener el amor, para hacer posible el amor. Existe amando y solo amando logra ser y hacerse conocer. Si esta es la «definición» de Dios, quiere decir que donde está Dios, allí hay amor.

Por tanto, todo el que se acerque a Dios tiene que amar, porque el amor lo empapa y lo envuelve y sale siempre hacia afuera, se expande, se multiplica, se contagia. Quien se “acerca” a Dios que es amor, está llamado a ser también, él mismo, amor. Está llamado a hacer del amor, no un objeto que se intercambia o una acción que se ofrece, sino algo que lo define, llegar a “ser amor”. He ahí la invitación de este domingo, he ahí la profundidad de la invitación de Jesus en el evangelio: “Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9-17) dicho también en otra manera en la segunda lectura (1 Jn 4,7-10): Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”.

Permanecer en este amor, significa, antes que nada, liberarnos de toda visión reductiva y vacía del amor y abrirnos al amor “que viene de Dios”, liberarnos de todo aquello a lo que nos hemos acostumbrada a llamar amor pero que en sí es puro egoísmo, manipulación, dominio, atracción física, deseo o sentimentalismo, dependencia, necesidad... Permanecer en “mi” amor, significa hacer del amor una razón de ser, pues Dios es amor, hacer del amor eso que nos define y nos identifica; por lo cual, yo amo, no porque tengo ganas o no, porque debo amar o no, porque el otro lo merece o no, sino porque “soy amor”; no porque tengo un amor que dar, o razones para hacerlo, sino porque soy amor, como decía Santa Teresita: “en la Iglesia, yo quiero ser amor”; así que, en mi familia, “yo quiero ser amor”; en mi trabajo, “yo quiero ser amor”; en mi escuela, con mis amigos, con los pobres, “yo quiero ser amor”.

Permanecer en el amor de Jesús significa amar “como yo los he amado”, es decir tomando como modelo, como parámetro de mi amor, la manera como Jesus nos amó, es decir con un amor que significa entrega, donación, abandono de sí mismo para que el otro tenga vida; un amor que implica, en final de cuentas, la opción de dar la vida por la(s) persona(s) amada(s). Además, es un amor gratuito, un amor que no exige nada a cambio, un amor centrado en los demás, un amor que genera vida en los demás. Jesús, al amarnos no pide que lo amemos a él, no dice, “como yo los he amado, ámenme a mí”, no, sino más bien, “como yo los he amado, ámense los unos a los otros”; un amor pues que nos descentra y nos lanza al amor fraterno. La prueba de que le amamos a él, de que hemos acogido y valorado su amor... es el amor que nos tengamos entre nosotros. Sorprendente exigencia. La señal de que amamos a alguien (incluido Dios), es que construyamos alrededor comunión, comunidad, fraternidad.

Sentir la necesidad de que también los que estén a nuestro alrededor se amen y se sientan amados. Todavía más: que cualquier hombre o mujer se sienta amado, y con más razón aquellos que andan escasos o más necesitados de amor: los enfermos, los hambrientos, los que viven sin dignidad, los fracasados en la vida, los que no pueden estar en su tierra, los sometidos, los enfermos, los mayores, los emigrantes sin recursos... Permanecer en el amor de Jesús nos lanza pues a la misión, amar como Jesús nos hace misioneros. Finalmente, permanecer en el amor de Jesús significa superar todo sentimentalismo e intimismo para convertir el amor en un motor de compromiso, que me lleva a dar frutos de justicia, de respeto, de solidaridad, de paz; “los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”.

El amar como Jesús nos ama nos compromete, no nos evade de la realidad, no nos sumerge en un intimismo y un sentimentalismo angelical, al contrario, nos mueve a luchar por los mas necesitados, por los olvidados, por los privilegiados del Reino de su Padre. Un amor que es concreto: “tuve hambre, y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber”. Hermanos, nada ni nadie existe sin amor, una vida sin amor no es vida, por el contrario, una vida que se cumple amando, una vida que es amor manifiesta exactamente esa “imagen y semejanza” sobre la cual fuimos creados, por eso hagamos del amor nuestra manera de vivir, de existir, seamos amor. ¡Y hoy en día hay tanto que amar! ¡Y podemos amar tanto más! Permaneciendo en su amor. Porque su Amor es el que hace posible el nuestro.

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