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1 May 2021
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La Palabra

V Domingo de Pascua
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“… el que permanece en mí y yo en él, ése dará fruto abundante…”

Jn 15,1-8

V Domingo de Pascua:

Queridos hermanos y hermanas, Jesús nos sigue animando a vivir nuestra vida de resucitados; estamos en el quinto domingo de Pascua y él no se cansa de mostrarnos las actitudes que deben caracterizar a los que desean vivir, ya desde ahora, la vida del resucitado. Hoy el Evangelio nos muestra otra figura/imagen para insistir sobre lo esencial en nuestra vida de resucitados; hoy nos presenta la parábola de la Vid y los sarmientos: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mi y yo en él, ése dará fruto abundante…” (Jn 15,1-8).

La fórmula "permaneced en mí y yo en vosotros", muy típica de este evangelista, define la relación del discípulo con Jesús como una reciprocidad personal. Esa relación personal con Jesús es la condición indispensable para vivir y dar fruto. Sin esta relación íntima y vital no se puede ser cristiano, no se puede dar el fruto esperado por Dios-Padre, no podemos vivir por lo tanto nuestra misión en el mundo. “Permanecer en mi” se repite como un refrán en todo el texto indicándonos el tipo de relación que Jesús quiere de nosotros para tener su vida de resucitado. Pero atención, “permanecer en Cristo” no es algo mágico o automático, intimista o sentimental, sino que implica la decisión del discípulo. Alude, en primer lugar, a la intimidad, a la vida en comunión con Él, a la decisión de identificarse con su persona, con sus opciones, con sus gustos y con su manera de entender la realidad; es aferrarse a su paso, aunque su camino sea el peligroso camino que conduce a Jerusalén y, por lo tanto, a la entrega total; es orientar la propia vida para hacerla “eucarística”, es decir pan compartido, ser “alimento” para sostener el camino de la comunidad. “Permanecer en Cristo” es optar por el Reino y hacer que su gracia en nosotros produzca los frutos propios a la vid, es decir, esto tiene que ver con una vida entregada, como la suya, y con el Reino... que es descrito con palabras como «justicia, paz, servicio, misericordia, compromiso con el pobre, el enfermo, el emigrante..., acogida, libertad, perdón, fraternidad...». Si uno está íntimamente unido a Jesús, goza de los dones del Espíritu Santo, que —como nos dice san Pablo— son «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22).

“Los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos -dice el papa Francisco-: toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Como consecuencia, podemos amar a nuestros hermanos, comenzando por los más pobres y los que sufren, como hizo Él, y amarlos con su corazón y llevar así al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz”. (Papa Francisco, Regina Coeli, 3 mayo 2015)

En esta manera de entender nuestra vida cristiana, hay algo que nos llena de aliento y esperanza: la presencia del Viñador: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que da fruto lo poda para que dé más fruto”. Si bien es cierto que nuestra misión es dar frutos de vida porque “permanecemos íntimamente unidos a Cristo”, es cierto también que nuestra vida es frágil, está continuamente expuesta a nuestras debilidades y a las “intemperies” del mal que nos acecha. La vid es una planta delicada, que necesita de continuas atenciones, de cuidados, tiene que ser podada continuamente para dar fruto. Es muy significativa la imagen. ¡Conozcamos las características de una vid y entenderemos tantas cosas! Dicen los expertos en agricultura: “La vid pertenece al orden de las plantas leñosas, por lo que suele tener una vida bastante larga. Debido a que su tronco, ramas, ramos y aparato epigeo necesitan mucho tiempo para desarrollarse, si esta planta sufre de algún daño, no podrá renovarse con tanta facilidad como si fuera una planta herbácea. El cultivo de esta planta necesita muchos cuidados, pues suelen ser atacadas por plagas, por lo cual, su fragilidad hace de su cultivo todo un arte. La necesidad de mantenerla viva durante el invierno o en tiempo de sequía hace a la vid más exigentes en cuestión de clima y fertilidad, de hecho, la vid depende muy estrechamente de las condiciones climáticas en las que se encuentra…”.

Jesús al comparar la vida de resucitado con la vid lo hacía con conocimiento de este proceso, de esta realidad. Hermanos, nuestra vida cristiana requiere de tantos cuidados, de tantas atenciones, pero eso no debe desalentarnos, al contrario, esto nos compromete y al mismo tiempo nos llena de esperanza porque el viñador está ahí, también comprometido: “La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto…”. Al sarmiento que da fruto “mi Padre lo poda para que dé más fruto”. El que se decide a vivir en esta intimidad, a permanecer en Cristo, inicia un camino de crecimiento, lento, con fragilidades, que va implicando retos y luchas. El Padre lo cuida en todo este proceso, limpiándolo de todo aquello que pueda significar impureza, vestigios de muerte, reminiscencias del hombre viejo, todo aquello que debe ser “podado”; no hay vida cristiana sin conversión; no hay fruto sin confianza en la misericordia del Padre. Cuando más el Padre poda al discípulo, más éste da fruto. Unidos a Cristo, comprometidos con la “savia” que nos viene de él y seguros de la “poda” amorosa del Padre, ciertamente los frutos estarán a su tiempo listos para nutrir a la humanidad sedienta de vino nuevo, de vino que da vida.

El evangelio de hoy concluye con esta invitación: “Si permanecen en mi y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá”. Pidamos, hermanos, a Dios Padre de seguir cuidándonos, de podarnos y llevarnos a dar esos frutos de vida ahí donde vivimos, pues Cristo es nuestra savia y nuestra vida.

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