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17 Abril 2021
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La Palabra

III Domingo de Pascua
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“¿Por qué tienen esas dudas en vuestro corazón?”

Lc 24,35-48

“¿Por qué tienen esas dudas en vuestro corazón?”

Queridos hermanos y hermanos, llegamos al tercer domingo de Pascua y Jesús viene de nuevo hacia nosotros para ayudarnos a creer, a madurar en la fe. Ciertamente creer en la resurrección de Cristo y en la nuestra es algo difícil, que no se alcanza de la noche a la mañana, incluso a pesar de escuchar a aquellos que “lo han visto y oído”, aquellos que ya han hecho su propia experiencia. Para creer en la resurrección necesitamos hacer nuestro proceso, nuestro camino. La experiencia de la resurrección del Señor no se impone a la inteligencia, sino que debe “discernirse”, asimilarse, vivirse en la comunidad, en primer lugar, reunida en torno a la Escritura y en el compartir el pan. Es esto lo que nos revela el texto del evangelio de este domingo. (Lc 24,35-48)

En él se nos presenta a los discípulos llenos de dudas, ante la repentina presencia de Jesús resucitado. "Jesús les dice: –¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen estas dudas en su corazón? ... Les enseñó las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creerlo...". Los discípulos están reunidos y escuchando a los discípulos de Emaús que cuentan “lo que les había pasado en el camino y como lo habían reconocido…”; ciertamente están también Pedro y Juan, María Magdalena y aquellos otros a quienes por primero Jesús se les apareció y, a pesar de ello, “ellos no acababan de creerlo…”.

Hermanos, quizá también nosotros, como los apóstoles del evangelio, “no acabamos de creerlo”, hay tantos motivos para dudar, para no terminar de creer. La situación sanitaria que estamos pasando ha servido para que algunos profundicen, retomen, fortalezcan y renueven su fe. Pero también se han multiplicado los hermanos que se han ido llenando de dudas, o dicen estar perdiendo la fe, como consecuencia de su desconcierto ante la falta de respuesta de Dios, o por haberse alejado temporalmente de la práctica religiosa... y no saber cómo recuperarla, e incluso... si realmente la necesitan para algo. Los tiempos han cambiado y ciertamente ya no es tiempo de “creer a ciegas», la tecnología, la ciencia, la razón, la multiplicidad de ideologías y filosofías que escuchamos y encontramos en nuestro camino existencial, la falta de testigos auténticos y tantas razones más hacen dudar a muchos de nosotros.

Regresando al texto bíblico, ciertamente vemos en los apóstoles muestras de escepticismo, de incredulidad, desconfianza, miedo, piensan ver a un fantasma, pero todo ello Jesús lo asume y lo transforma en motivo para hacer con ellos un camino lento y fatigoso, pero que los irá conduciendo hacia la fe. Jesús los acompaña, les da medios, signos, les muestra las manos y los costados, los invita a comer, les explica las Escrituras, como todo un pedagogo, con paciencia y convicción. Los apóstoles no eran unos ingenuos, Jesús lo sabe y lo acepta, puesto que la fe no es un rendirse sin más ante la evidencia, ya que el Señor no quiere «imponerse», sino que es la respuesta libre a una llamada, una respuesta que se da gracias al encuentro con él y a un proceso de interiorización y de madurez que cada creyente debe hacer: “Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse…”, les dice. Existen razones respetables para rechazarla, y el hecho de que haya incrédulos prueba que Dios actúa de manera muy discreta, que respeta la libertad humana. ¡Qué grande es nuestro Dios y su paciencia para hacernos crecer en la fe!

Podemos afirmar que la fe no es nunca una certeza absoluta. Que lo normal es tener dudas.  Nadie, que de verdad se haya arriesgado a creer, puede decir que alguna vez no lo han sorprendido las dudas frente a las verdades que confiesa y que han formado parte de su vida. Según vamos avanzando en la vida y vamos acumulando experiencias, aparecen las dudas. La biografía de grandes creyentes de nuestra historia así nos lo muestran. Por ello, “no teman”, como dice Jesús en el Evangelio; “soy yo”, él está en medio de nosotros para acompañarnos y llevarnos a crecer en la fe madura. Para ello nos invita a reconocer algunos medios indispensables para hacer este crecimiento en la fe. Primero: permanecer en comunidad. En la lectura de hoy, como en otras lecturas, lo vemos siempre acercándose a los discípulos reunidos, de hecho, hoy vimos como los de Emaüs regresan y se integran de nuevo a la comunidad. Segundo: el compartir el pan, la Eucaristía. Jesús hoy les pide “algo de comer”; la comunidad reunida alrededor de la Eucaristía será siempre el lugar para encontrarse con él y caminar en la fe. Así como la escucha de la Palabra: “entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras…”; en la escucha de la Palabra Jesús nos educa y fortalece nuestra la fe.

Por último, Jesús, al acompañarnos en nuestros procesos de maduración en la fe, no lo hace sólo para liberarnos de los miedos, del temor o de la incredulidad, sino sobre todo para hacernos testigos de su resurrección. Jesús nos quiere testigos apasionados y no inseguros. Nos quiere testigos gozosos, que vivan lo que predican y que no tengan fronteras ni límites: “en su nombre se ha de predicar a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios…, ustedes son testigos de esto”.

Hermanos y hermanas, dudar es comprensible, pero ante Jesús que se acerca a nosotros para acompañarnos en nuestra fe y enviarnos a la misión no nos queda más que responder: Aquí estoy Señor, aumenta mi fe y envíame.

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