
Rafael Aguilar Flores
No está aquí, ¡ha resucitado!
Mc 16,1-7
Tres mujeres que sufren una pérdida deben esperar a que pase el sábado para poder comprar perfumes y embalsamar el cuerpo de aquel a quien tanto quisieron, no basta haberlo visto morir, sino que deben ser pacientes y esperar que les puedan vender eso que les dará un poco de consuelo, pues según el evangelio de San Juan, Jesús fue asesinado un viernes y el sábado nadie trabaja en la comunidad judía. Por eso, apenas amanece el domingo, se dirigen con prisa al sepulcro sin haber pensado siquiera en pedir ayuda para que alguien les mueva la piedra que tapa el sepulcro, sólo les interesa llegar y embalsamar ese cuerpo que ha sufrido tanto. La piedra, que se describe como “muy grande”, ha sido quitada, es la piedra del egoísmo que ellas mismas han movido desde el momento en que se ponen en camino.
El joven que encuentran dentro del sepulcro nos recuerda a ese joven que en este evangelio escapa cuando Jesús fue arrestado (Mc 14,51), sin embargo, este joven está vestido y el que huyó estaba desnudo. La desnudez en la Biblia es símbolo de vulnerabilidad, y tiene mucho que ver con la dignidad de la persona. Ese joven desnudo puede representar la dignidad que le fue arrebatada a Jesús y que ahora le es devuelta en el signo de este joven vestido, como el vestido que Dios les hizo a Adán y Eva para protegerlos. El símbolo del joven en el evangelio de Marcos también puede referirse al mismo escritor del evangelio, en ese caso representaría a Juan Marcos discípulo del apóstol Pedro. Personalmente, me inclino hacia la posibilidad de que ese joven represente al mismo lector, es decir, a cada uno de nosotros que leemos la buena nueva y nos convertimos en anunciadores del mensaje de la resurrección.
Las palabras “no está aquí, ha resucitado”, son una de las frases más bellas de la Sagrada Escritura, pues son el signo de la victoria de Dios, la victoria del Amor, y leerlas y escucharlas proporcionan paz y consuelo a los que experimentamos rabia, dolor e indignación ante la injusticia que Jesús padeció. El sepulcro vacío es la prueba de que la muerte no tiene la última palabra y nosotros debemos, como esas mujeres, ponernos en camino, seguir a Jesús que va delante de nosotros a la Galilea que nos tiene preparada, allá lo encontraremos y lo veremos, esta es su promesa.
El Señor nos invita a ponernos en camino con la firme convicción de que Cristo Vive y podemos encontrarlo en los que sufren, en los que no se rinden ante las dificultades de la vida, en los niños que sonríen, en las obras de misericordia y especialmente en nosotros mismos. Sólo necesitamos remover la piedra que nos impide comprobar que Él ha resucitado, esa grande piedra sólo se remueve con amor y servicio.
Cuando perdemos a alguien a quien amamos mucho, es normal experimentar un estado de shock que nos paraliza y nos confunde. Sabemos que la muerte es parte de esta vida y que todos en algún momento seremos sujetos de este acontecimiento. Lo único que vence a la muerte es el amor, pues precisamente ese es su significado a-mortis “no-muerte”. El amor es el motor que me impulsa a seguir caminando, el amor a mí mismo, a mi familia, a los que me rodean, incluso el amor que le tengo a la persona que he perdido, pues ese amor siempre permanecerá y nunca, nunca morirá.

