
“El celo de tu casa me devora”
Queridos hermanos y hermanas, nos adentramos en el corazón de la Cuaresma, ya entramos al tercer domingo y en esta ocasión, las lecturas nos hacen un claro llamamiento a ir hacia dentro, a revisar nuestra espiritualidad, nuestro modo de relacionarnos con Dios, según los criterios de Jesús quien nos invita a dejar de lado imágenes equivocadas de nuestra relación con Dios a través de lo que llamamos religión y culto; hoy Jesús, con “látigo en mano” purifica el templo y nos invita a hacer lo mismo, purificar nuestra manera de vivir nuestro culto y nuestra relación con Dios a través de su institución llamada Iglesia.
En primer lugar, el texto del Éxodo (primera lectura, Éx 20, 1-17) nos recuerda ese llamado a no idolatrar nada sino a asumir la presencia de Dios en nuestra vida, “Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de esclavitud…”; nuestra relación con él está marcada por esta verdad, la de un Dios con nosotros, que no desea ser manipulado ni idolatrado, sino un Dios cercano que camina con nosotros y nos llama a su encuentro, en lo ordinario de la vida y en favor de lo ordinario de nuestra vida y de nuestras relaciones con los demás. Por eso nos da esos mandamientos, señalados en la primera lectura, que no son otra cosa que un programa de vida que regula nuestra relación con él y con los demás.
Desgraciadamente, como en muchas religiones, la voluntad de Dios ha sido tergiversada haciendo del culto y del templo, no el lugar de encuentro con él, sino toda otra cosa, hasta convertirlo en un vil mercado, en un lugar de injusticias, de atropellos, de negación de su presencia. Como nos lo demuestra la historia de Israel, se llegó en la práctica a separar algo que había quedado unido en la Alianza y en el Decálogo, es decir: que la relación con Dios (los tres primeros mandamientos) era inseparable de la justicia y de las relaciones con los otros hombres (resto de los mandamientos). Además, aparecieron las ofrendas, los rituales haciendo del encuentro con Dios una especie de «dispensario de favores». Se «ganaba» el perdón, o el favor o las bendiciones de Dios... ofreciéndole lo que fuera necesario: dinero, rezos, ofrendas, peregrinando, haciendo ayunos y sacrificios..., finalmente, un «mercado», se “comerciaba” con Dios.
Jesús al toparse con todo ello (Evangelio de hoy: Jn 2,13-25) ciertamente se muestra enfadado y, realizando un gesto profético, expulsa a todos, purifica el templo. Con este gesto Jesús cuestiona, rechaza, anula... todo lo que se había construido en torno al culto: el modo de entender la religión, la casta sacerdotal, la relación con Dios, la idea de Dios, el propio Templo... En definitiva: ¡Todo! Entendamos que Jesús no va contra los vendedores y cambistas, sino contra lo que ellos significaban (consentido por las autoridades, que recibían su parte de ese comercio). Lo que debiera ser «casa de Dios», lugar de acogida y encuentro de los hermanos y transformación de la vida, se ha convertido en un mercado, una “cueva de ladrones”.
Jesús quiere darle de nuevo el justo lugar al culto, al templo, a nuestra relación con Dios, por eso propone varios criterios que deben regular toda espiritualidad y culto cristiano:
- Antes que nada, Jesús quiere un culto «en espíritu y verdad», que nos lleve a adorar al «Dios de la vida», un Dios en medio de la vida (Dios con nosotros), un Dios que quiere otra vida para todos, especialmente para los que sufren.
- Jesús quiere que convirtamos en sagrados todos los momentos de la vida. De modo que sepa encontrarme con él en mi vida diaria y también en el templo.
- Jesús quiere que culto y estilo de vida vayan de la mano. Que lo que vivo (lo que hago, y lo que me pasa) me lleve al culto/oración, y viceversa, lo que vivo en el culto lo lleve a la vida diaria.
- Para Jesús «el hombre» es el verdadero templo de Dios. La casa de Dios está en los hombres, sobre todo en los pobres. Cada uno de nosotros está habitado por él: en el interior es el lugar para encontrarlo. O sea: que el templo no es un sitio donde hay que «ir», sino un espacio donde hay que recogerse.
- Que la mejor y más necesaria ofrenda que podemos presentar al Padre es nuestra «entrega por los demás». El encuentro con Dios, por tanto, pasa por la entrega/cuidado de los hermanos y la comunión con ellos.
Hermanos y hermanas, al entrar en esta tercera semana de cuaresma, preguntémonos: ¿De que manera vivo mi culto? ¿Él me lleva en verdad a encontrarme con Dios en mi vida diaria? ¿Qué es para mi “el templo”? ¿Mi experiencia religiosa contribuye a la causa de Jesús que es la auténtica liberación del hombre y su felicidad, o la obstaculiza? ¿El culto que vivo en mi parroquia, en mi Iglesia, es la manifestación de ese celo “que me devora” en el cumplimiento de la causa de Jesus por construir un mundo de hermanos, un mundo de justicia, de respeto, de pluralidad, de aceptación del otro, de paz? No tengamos miedo a usar “el látigo de cordeles” y purificar nuestra manera de dar culto a Dios. ¡Buena cuaresma!

