
Una enseñanza que libera y devuelve la dignidad al hombre
Estimados hermanos y hermanas, continuamos nuestro camino con Jesús en su obra de salvación; el domingo pasado recibíamos, junto con los primeros discípulos, la invitación a seguirle, a entrar en relación de íntima unión con su vida, con su destino, con su obra. Hoy el evangelio (Mc 1,21-28) sitúa el inicio de la acción evangelizadora de Jesús, enseñando con autoridad, en un sábado, en la sinagoga y con una curación, o mejor dicho con la liberación de una persona “poseída de un espíritu inmundo”. De esta manera el evangelista quiere subrayar que toda la actividad y predicación de Jesús tienen un único fin: la salvación/curación/liberación/felicidad del hombre.
Iniciemos nuestra reflexión hablando del contexto donde Marcos sitúa el inicio de su enseñanza: un sábado, en la sinagoga. El sábado, en la cultura judía, simboliza el tiempo sagrado destinado por Dios a ser el tiempo del encuentro entre el hombre y su creador; es el tiempo del gozo y de la liberación por exelencia. La sinagoga representa el espacio sagrado, el lugar en el que se proclama la Palabra, se actualiza la Ley y se abren nuevos horizontes para que se actualice y sea llevada a cumplimiento en cada época y en cada circunstancia. Es allí y en ese momento donde Jesús escoge presentarse, con autoridad, para sanar, con su presencia liberadora, para enseñar y a través de su enseñanza liberar a los hombres de las fuerzas destructoras que lo tienen poseído, denigrado, esclavo, deshumanizado.
Y es ahí, precisamente en la sinagoga, donde se multiplicaban los rezos, los cánticos, las predicaciones y las catequesis, en un sábado tiempo sagrado, que Jesús se encuentra con un “poseído”. Me llama la atención la manera como lo llama Marcos, poseído “de un espíritu inmundo”. No se trata de demonios ni espíritus como seres creados ajenos al hombre, el “espíritu inmundo” significa “un principio activo (“espíritu”) exterior al hombre, pero interiorizado por él, cuya presencia y actividad sitúan al hombre en antagonismo con Dios (“inmundo). Es una fuerza que aliena al hombre y lo despersonaliza, privándolo de su juicio y libertad y convirtiéndolo en su instrumento”[1] A pesar de encontrarse en la sinagoga, símbolo de la institución religiosa que debería haberlo habituado a pensar según los criterios de Dios, el hombre se encuentra “poseído” por criterios que lo convierten en enemigo de Dios. Esto ya es un cuestionamiento de Marcos a la religión judía, pero también deberíamos cuestionarnos todos nosotros, que estamos reunidos en un templo, en un domingo, escuchando su Palabra. ¿Qué tanto nuestra práctica religiosa libera al hombre de nuestro tiempo o lo aliena, hasta el punto de convertirlo en antagonista de Dios y de su proyecto? ¿Qué tanto mi practica religiosa me hace antagonista de Dios o me une a él desde lo más profundo, asumiendo su proyecto, su estilo de vida, su espíritu?
Pensemos hermanos, ¿qué significa hoy estar poseído de un espíritu inmundo? Si analizamos la realidad del hombre de hoy, ¡Cuántos «espíritus y demonios» lo poseen y lo deshumanizan!: ideologías, estructuras, costumbres, tradiciones, intereses... Incluso puede que la misma religión («precisamente en la sinagoga”, como decíamos antes) caiga en esta tentación... de olvidar al hombre, o hacerlo prisionero de normas, tradiciones o intereses que se ponen por encima del bien del hombre, aunque puedan estar revestidas de una supuesta «voluntad de Dios». Hermanos, toda vez que nuestros criterios de vida estén marcados por el egoísmo, la soberbia, la avaricia, la envidia, la lujuria, o cualquier otra fuerza contraria al proyecto de Dios nos convertimos en ese hombre poseído, aunque nos revistamos con una casulla y celebremos la eucaristía, aunque estemos “en la sinagoga, a la hora del culto”. Lo que nos identifica realmente como cristianos no es el estar inscritos en la Iglesia, sino los principios activos que hemos interiorizado y que nos mueven a actuar de una determinada forma, en nuestro caso, que nos mueven a actuar con los valores de justicia, de paz, de solidaridad, todo eso que viene a liberar al hombre de hoy y de todos los tiempos.
Ante este hombre poseído, que se encuentra en la sinagoga, un día de sábado, Jesús actúa con autoridad y le dice: ¡Cállate y sal de él! La llegada de Jesús supone ciertamente el fin de ese modo de relacionarse con Dios, de ese sistema religioso en tantos casos deshumanizador y de todo sistema social o político deshumanizador. Sí, Jesús ha venido a acabar con tantas manipulaciones (incluidas aquellas que se hacen en el nombre de Dios), imposiciones, ritos, normas y prácticas... que convierten al hombre en alguien extraño a sí mismo («alienado», diríamos con lenguaje de hoy). Él ha venido a devolver al hombre a sí mismo, a su humanidad inicial, aquella buena, aquella del día de la creación. Y lo hace con su Palabra. O si se quiere decir mejor: con la Palabra que es el propio Jesús. Una palabra que tiene la autoridad de los hechos: el hombre queda recuperado, liberado, devuelto a sí mismo. Jesús es el verdadero hombre, en él encontramos nuestra liberación y nuestra plenitud.
«¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?... Sabemos quién eres...». Dice el poseído. Es una buena pregunta para hacérnosla también nosotros continuamente. Jesús no entra en debate con el poseído. Lo manda callar y actúa. Se enfrenta con los que hacen sufrir a aquel hombre y lo libera de todos ellos. «¿Qué quieres de nosotros?» Jesús no responde, pero su acción silenciosa, enérgica y eficaz me hace pensar a esta respuesta: ¡Que dejen de manipular al ser humano, que no le hagan más daño, que no se adueñen de él, que dejen de imponerle cargas y leyes asfixiantes, que respeten su dignidad... Qué importante, como Iglesia, como personas llenas del Espíritu de Jesús, que actuemos en nuestra sociedad con la misma autoridad de Jesús, callando y expulsando a todos esos “espíritus inmundos” que gobiernan nuestro mundo.
Es así como Jesús nos quiere, nos lo ha pedido: “Vayan y proclamen que el Reino de Dios está cerca: curen a los enfermos, resuciten muertos, limpien a los leprosos, expulsen demonios” (Mt 10,8). La primera tarea de la Iglesia es curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanar la vida, ayudar a vivir de manera saludable. Como dice el Papa Francisco, ser un «hospital de campaña». Pidamos al Señor, hermanos y hermanas, la gracia del profetismo, la fuerza de la enseñanza hecha con la autoridad de Jesús que libera al hombre, al hombre de nuestro tiempo.
[1] Mateos, J. Camacho, El evangelio de Marcos, El almendro de Córdoba, Madrid 1993, 144)

