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23 Enero 2021
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La Palabra

III Domingo ordinario - Ciclo B
P. Rubén Antonio Macías Sapién

“Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”

Mc 1,14-20

Queridos hermanos y hermanas, el evangelio de este tercer domingo nos sitúa al inicio de la actividad apostólica de Jesús, “el tiempo se ha cumplido” dice Jesús y comienza su labor en favor de la salvación del género humano. Además, contiene una doble invitación: a ser seguidores de Jesús y a convertirnos. A cambiar los valores para transformar nuestra vida y nuestra sociedad y seguir a Jesús. Hermanos y hermanas, no leamos estos pasajes sólo como un recuerdo histórico de la misión de Jesús y del llamamiento de los cuatros discípulos nombrados en esta página. La Palabra de Dios es vida, siempre actual, es una invitación que nos interpela, que nos hace de algún modo contemporáneos y protagonistas de lo que en ella se nos narra. El tiempo que se ha cumplido es el nuestro, el “hoy” de nuestras vidas donde Jesús proclama la llegada de su Reino y por tanto la invitación hecha a ti, a mí, para la conversión y para su seguimiento. Con esta actitud acerquémonos a meditar su Palabra, dispuestos a responder, como lo hicieron los discípulos.

Lo primero que me llama la atención es el hecho que Jesus, en sus primeros pasos en su tarea misionera busque unos discípulos, unos compañeros que irán siendo transformados por él, y que interactúan también entre ellos. O sea: que el Reino que trae Jesús comienza por formar una comunidad. Sus seguidores responderán personalmente al llamado, claro está, pero su respuesta supone aceptar y caminar con otros que el Señor va escogiendo. ¡Que importante es la comunidad para poder ser verdaderos discípulos de Jesús!

Un segundo punto que me llama la atención es el «escenario» que elige Jesús para dar comienzo a su misión; Jesús está en Galilea, a la orilla de un lago y no en el templo, en Judea, en la capital, donde se encuentra el gran templo; no inicia en un contexto religioso sino en el lago, junto a pescadores en plena faena, en el lugar de la vida cotidiana de las gentes. Dios viene al encuentro del hombre allí donde éste trabaja, donde éste lucha, donde está su vida habitual para transformar el sentido de su actividad en función del rescate del hombre: “haré de ustedes pescadores de hombres”. Nos dice Marcos que Jesús “caminando” por la orilla del lago, “vio a Simón y Andrés echando las redes…”. Jesús que está en movimiento, inicia su misión, yendo “a las periferias existenciales”, diría el papa Francisco, no hacia “el centro”, hacia el poder o el lugar del poder económico, religioso, social; Jesús va en sentido contrario a toda lógica. Nuestra misión en este mundo, hermanos se realiza ahí, donde Dios nos encuentra en nuestras faenas de todos los días, es ahí donde es necesaria la conversión, porque “el tiempo se ha cumplido”.

Caminando en medio de nuestras actividades ordinarias, Jesús “ve”, se da cuenta, percibe nuestra realidad y nos llama, según sus criterios y su lógica divina. Tercer punto, Jesús llama, elige a personas “normales”, comunes, no son especialistas en la Ley, no están especialmente formados intelectualmente, no consta que sean «fieles cumplidores» de los muchos preceptos judíos, ni forman parte de ninguna de las castas político-religiosas de la época: son gente normal, como tú, como yo.

Pero, sobre todo, y esto es lo mas importante del texto de hoy, la invitación de Jesús contiene una propuesta y una promesa. La propuesta es sumamente simple, aunque implica la más honda transformación por parte del discípulo: “vengan conmigo” (Síganme). En esto consiste toda la vida cristiana: en irse con Jesús: todo lo demás es mera consecuencia. Irse con Jesús implica asumir una orientación existencial definitivamente nueva, implica un riesgo, como toda opción verdaderamente humana. Pero sólo él garantiza plenitud y libertad, sólo por él se entra en la dimensión del “tiempo que se ha cumplido”. Ser discípulo de Jesús, siempre y hoy también, significa responder a su llamada y seguirlo, es decir, vincularse a su persona. Dejarse acompañar con Él. Identificarse con su estilo de vida. Compartir su mismo destino en fidelidad y disponibilidad a las exigencias que lleva consigo el seguimiento. Ser discípulo de Jesús supone, colaborar en su misma misión. Congregar a los que están perdidos, marginados y dispersos. Anunciarles la cercanía del Reino de Dios. Dar testimonio de lo que hemos experimentado junto a Él.

Seguirlo implica también el cumplimiento de una promesa. De hecho, el primer efecto de seguimiento, la promesa, es el nuevo enfoque que adquiere la actividad y la vida misma del discípulo: “llegar a ser pescadores de hombres”. Es interesante que el oficio aparentemente continúa siendo el mismo, el de pescador, pero el fin, el objetivo, la meta es otra: el hombre. El llamamiento de Jesús viene a descentrarnos, ya no vivimos para nosotros mismos, ya no trabajamos para nosotros mismos sino para los demás, es de esta manera que el Reino, la promesa del Reino comienza a cumplirse. La vocación de cada uno no es algo que beneficia solamente a quien la recibe, sino que adquiere dimensiones sociales insospechadas. El discípulo aparece como alguien absolutamente necesario para la transformación del mundo, para el cumplimiento de la promesa: “El Reino de Dios ya está cerca”.

Hermanos, hermanas, ante Jesús que hoy camina en nuestra vida ordinaria, que nos ve y nos llama, ¿Qué vamos a responder? El tiempo se ha cumplido, nuestro mundo ya no puede seguir adelante en el caos que vive. Jesús inicia su misión, ¿Cómo reaccionas ante ello? El evangelio dice: “Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron…, se fueron con Jesús”. Que así sea para ti, para mí.

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