“Se le acercó, y tomándola de la mano la levantó”
El evangelista Marcos, sitúa la acción de Jesús, exactamente “al salir de la sinagoga” donde se topa con una multitud de “enfermos y poseídos por el demonio”, entre ellos, la suegra de Simón, llamado más tarde Pedro. Este relato, no es solo un recuento de las acciones de Jesús en Cafarnaúm, va más allá, en cada acción hay toda una enseñanza. Quisiera resaltar cuatro reflexiones.
Primero: Marcos describe la acción “al salir de la Sinagoga”. Jesús no centra su acción en “el lugar del culto”, en el templo, él va “a la casa de Simón y Andrés”, va al encuentro del ser humano “postrado” para liberarlo, esté donde esté. Pues, desde hoy en adelante, el lugar sagrado por excelencia ya no es un edificio, por muy bello que sea, sino el hombre mismo y sobre todo el hombre postrado, “el lugar sagrado” es el “corazón de hombre” necesitado de la acción liberadora de Dios. Así pues, dice el texto, “la suegra de Simón estaba en cama, postrada por la fiebre”; en términos bíblicos, la postración significa impotencia, esclavitud, incapacidad para conducir la propia vida, dependencia de otros, renuncia a las propias responsabilidades, muerte… En contraposición, el ser humano pleno, sano esta erguido, es libre, dueño de su destino, protagonista de su historia. Además, como bien sabemos, en la Biblia las enfermedades son entendidas como fruto de la acción del demonio. Pues bien, a esta mujer postrada, la suegra de Simón, “Jesús se le aceró y tomándola de la mano, la levantó”. Así es hermanos, Jesús “se acerca” a cada uno de nosotros, “postrados” por nuestros egoísmos, nuestras “alienaciones” y todo aquello que nos impide estar de pie; Jesús no pasa de lado, no se “queda en el templo”, va a nuestra casa, “nos toca” y “nos levanta”. Para eso ha venido; no nos quiere postrados. En este sentido, el Dios de Jesús es un Dios compasivo y cercano que se identifica con el doliente y hace lo posible por amainar su dolor. Esta cercanía es fruto del amor y llega, como sabemos, hasta el extremo de cargar con el sufrimiento de los demás. Hay aquí una enseñanza a retener. Démonos cuenta hermanos, con Jesús en nuestras vidas, hay una mano alargada hacia nosotros que yacemos agobiados por tantos males; basta con abrir la nuestra y nos encontraremos en pie y renovados para el servicio.
He aquí una segunda enseñanza: Cuando Jesús “toca” a esta mujer “inmediatamente se le quitó la fiebre y se puso a servirles”. Todo desemboca en esta nueva actitud propia de quien se ha topado con Cristo: el servicio. La suegra de Simón, postrada por sus males, por esa “fiebre”, habiéndose topado, por pura gracia con el Dios que se acerca para tocarle, renace a una vida nueva, en la que ya es dueña de su destino (“la levantó”), en la que vive como resucitado ya en este mundo, para dedicar su vida a lo único que caracteriza a un cristiano: el servicio.
Una tercera enseñanza, la encuentro en esa pequeña y aparentemente insignificante acción de los discípulos. Dice el evangelista, “Al salir de la sinagoga, le avisaron” sobre la suegra de Simón-Pedro, dice la Biblia de Jerusalén: “le hablaron de ella”. Esta acción me hace pensar a la misión de la Iglesia, a la misión de cada uno de nosotros. El sujeto de esta acción son los 4 primeros apóstoles escogidos por Jesús (vv. 16-20), presentes en esta narración: Santiago y Juan, Andrés y Simón. Con este detalle, el evangelista nos recuerda que lo único que la Iglesia tiene que hacer a lo largo del tiempo es interceder por los postrados, “hablarle de ella”, poner a los oprimidos de todos los tiempos en contacto con Jesús. Si la Iglesia hace otra cosa, por muy “sagrada” o hermosa sea, pero no logra acercar a Jesús a los sufrientes de su época, traiciona su vocación y frustra su misión en el mundo.
Por último, hablando de la misión de la Iglesia, el evangelista añade otra enseñanza, ésta hace referencia a la universalidad de la cruzada contra el mal. De madrugada, habiendo pasado esa jornada “curando a muchos enfermos y expulsando demonios”, los discípulos encuentran a Jesús, estando en oración, y le dicen: “todos te andan buscando”. Él responde: “Vámonos a otra parte para predicar también allí, que para eso he venido”. La misión del Maestro de Nazaret es una misión abierta. Tan abierta como los horizontes de lo humano y del mundo. Se trata de una misión universal. Ha de llegar a todos. Y esto porque el dolor y el mal, en la forma que sea, afectan a todos los hombres y mujeres del mundo. Ante esta misión universal no queda otra opción que actuar, pues, como dice San Pablo en la segunda lectura (1 Cor 9,16-19. 22-23): “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”
Hermanos y hermanas, tendamos la mano a Jesús que se acerca y nos levanta, pongámonos en acción, sirviendo a todas las personas necesitadas del mundo, sobre todo intercedemos por aquellos que, postrados, necesitan encontrarse con Jesús. Cumplamos nuestra misión como cristianos en este mundo agobiado por “la fiebre” del egoísmo y la falta de fe. Y digamos: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

