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16 Enero 2021
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La Palabra

II Domingo ordinario - Ciclo B
P. Rubén Antonio Macías Sapién

Al oír estas palabras, siguieron a Jesús

Jn 1,35-42

Queridos hermanos y hermanas, hace una semana celebramos el bautismo del Señor, el evangelio de ese día nos decía que cuando Jesús salía del agua del Jordan, una voz se dejó escuchar diciendo: “Tú eres mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias”; hoy es Juan el Bautista que “fijando los ojos en Jesús que pasa”, dice: “éste es el Cordero de Dios”. Dos de sus discípulos “al oír estas palabras, siguieron a Jesús”. El evangelio de hoy nos invita pues a estar atentos a la palabra de Dios que nos llama y al escucharla, ponernos en camino, siguiendo a Jesús. Dios habla y su palabra engendra en nosotros un movimiento, una misión. Es el caso de Jesús, al escuchar la voz de su padre, Jesús sale del agua y comienza su misión en el mundo y esta no la va a cumplir solo, Jesús llama a otros y los hace sus discípulos; es necesario que acudamos a él y aceptemos de seguirlo. Porque somos llamados a seguirle. Esa es nuestra vocación de cristianos. Lo que da sentido a nuestro vivir. Para ello escuchamos, meditamos la Palabra de Dios. Dejamos que nos interrogue. Percibimos en ella que alguien nos llama, a conocerle mejor, pasar tiempo con él, a seguirle.

El texto de hoy que nos cuenta la llamada de los primeros cuatro discípulos está cargado de un sinfín de significados para nuestra vida cristiana. Comienza con una pregunta fundamental, existencial que debe marcar la vida de todo cristiano: “¿Qué buscan?” Son las primeras palabras de Jesús en el cuarto evangelio y confrontan a los lectores de todos los tiempos con sus motivaciones profundas: “¿Qué buscan?” es mucho más que una banal pregunta dirigida a los dos discípulos que caminan detrás de él. Esta pregunta apela a la necesidad más profunda del hombre, que le hace volverse a Dios, y que constituye el telón de fondo de todas las búsquedas en nuestra historia, en nuestra fe. Esta búsqueda última da razón de todas las otras búsquedas.

Ante ésta, nuestra pregunta existencial, Jesús nos lanza una invitación, esa invitación que marca toda la diferencia en nuestra vida de fe. “Vengan a ver”. Fueron y se quedaron un día, y luego toda la vida, con él. Él acabó dando sentido a sus vidas. Quisiera insistir sobre este encuentro que ha marcado toda la vida de estos dos discípulos, hasta el punto de recordarse de la hora: “Eran como las cuatro de la tarde”. Sesenta años después de estos acontecimientos, el autor escribe este texto y rememora aquella primera tarde en que los corazones de él y de su compañero se incendiaron en el amor de Cristo para no apagarse ya jamás, ¡se acuerda hasta la hora que era! Como todos los enamorados, que pueden evocar con lujo de detalle las circunstancias de ese primer encuentro que cambió para siempre sus vidas.

Porque esta es la invitación de Jesús, todo discipulado nace de un encuentro en la intimidad con el maestro. La “hora décima”, o las cuatro de la tarde no es solo una hora del reloj, es una hora llena de significado. Yo lo comprendí cuando estaba en África, en Burundi, en medio de la gente sencilla, de campo, como lo fue en tiempo de Jesús. La hora décima es la hora de la intimidad, del reencuentro; cuando las personas regresaban del campo, de las labores y se sentaban fuera de sus casas para platicar de la jornada, la hora en que los mayores contaban a los niños las historias de la familia, la hora de soñar, de compartir, de planear, la hora de la intimidad. Jesús invita a los dos jóvenes, Andrés y Juan a entrar en esta intimidad, en su casa, a la hora décima. Y entonces sucede lo que marcará para ellos la razón de sus vidas, de su discipulado: “Hemos encontrado al Mesías”, ellos que andaban en búsqueda, han encontrado y se ha encendido un fuego que no terminará jamás. Sólo un encuentro personal con Jesús genera un camino de fe y de discipulado, que, en esa hora que Dios conoce, puede dar un sentido pleno a nuestra vida y hacer fecundos nuestros proyectos y nuestras iniciativas.

Queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios nos invita a vivir este encuentro, condición indispensable y atrayente para poder ser discípulos de Jesús. Estamos invitados a entrar a su casa, en la hora décima y encender en nuestros corazones el fuego de la fe y el compromiso del discipulado. Como nos dice el Papa Francisco “La vida de fe consiste en el deseo de estar con el Señor, reavivando el encuentro con Jesús en la oración, en la meditación de la Palabra de Dios y frecuentando los sacramentos para estar con él y dar fruto gracias a él, a su ayuda, a su gracia. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús, seguir a Jesús: este es el camino” (Homilía del Papa Francisco: 14-1-2018)

¡Feliz encuentro con Jesús y aún más feliz seguimiento de él por los caminos de la misión y de la fe!

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