
“Yo tengo en ti mis complacencias”
Estimados hermanos y hermanas, hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Hasta hace pocos días estábamos adorando a Jesús en el pesebre, hoy la liturgia nos invita a acompañarlo en el inicio de su vida pública, en el inicio de su obra de salvación por la humanidad. El bautismo es el comienzo de la vida pública de Jesús, de su misión en el mundo como enviado del Padre para manifestar su bondad y su amor por los hombres y para llevar a los hombres a su verdadera y completa creación. Esta misión se realiza en una unión constante y perfecta con el Padre y el Espíritu Santo, como nos lo indica el texto de hoy, en esta hermosa manifestación, que Marcos nos presenta, donde la Trinidad toda entera se manifiesta comprometida en la obra que Jesús comienza: el Padre que exclama con voz fuerte, al abrirse los cielos, “Tú eres mi hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”, el Espíritu Santo que desciende sobre él y lo acompañará en toda su misión y Jesús, el hijo de Dios, que saliendo del agua comienza por los caminos de Galilea su misión universal.
Me llama la atención esta voz que es pronunciada al rasgarse el cielo porque me recuerda ese texto de la creación (Genesis 1,2-3) cuando “la tierra era caos y confusión, oscuridad y abismo”, entonces Dios habló y dijo “Haya Luz” y así comienza la creación, cuando esta luz penetró el caos generando vida. Hoy, nuevamente Dios se decide hablar, hoy nuevamente los cielos se abren y Dios señala una presencia: “Tú eres mi hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”. La primera vez que Dios habló, hizo la luz que generó vida, hoy esa luz es Jesús, su hijo amado, verdadera luz del mundo y germen de vida definitiva. Él es, verdadera y definitivamente, aquel en quien se colma la complacencia divina, él representa el modelo acabado de la creación, el prototipo del hombre, el nuevo “Adán”, el hombre pleno. La “voz del cielo” significa una nueva intervención de Dios, que genera nuevos criterios para vivir la vida humana, un nuevo tipo de ser humano, que vive con un nuevo espíritu, uno que entra en la complacencia de Dios, ese que “al salir del agua” del Jordan -del bautismo- camina por los caminos de la nueva Galilea, la nueva humanidad que Jesús vino a instaurar. Hoy Dios habla y se compromete definitivamente, con Jesús y el Espíritu Santo que lo acompaña a terminar su creación, a cumplir totalmente ese cielo nuevo y esa tierra nueva, esa humanidad nueva donde el hombre será capaz de complacer a Dios su creador.
Que importante que hoy escuchemos esta voz. Estamos viviendo tiempos de “caos y confusión, de oscuridad y abismo”. Recuerdo el diálogo con una persona muy cercana que está sufriendo por esta pandemia y las perdidas de seres queridos que le está infringiendo; me decía: “parece que Dios no habla, que está en silencio, que ante tanto dolor no nos escucha y no viene en ayuda”. Hermanos, escuchemos pues hoy su voz, como Juan Bautista, veamos que los cielos se abren y dejémonos iluminar por la luz verdadera y plena que es Jesús. Entonces, al escuchar la voz de Dios que vence nuestro caos y confusión aceptemos su invitación a caminar con su Hijo amado por los caminos de “Galilea”, es decir por los caminos del discipulado. Escuchemos su invitación: “vengan a mí, escúchenme y vivirán”, por tres veces dicha en la primera Lectura de Isaías (55,1-11), aceptemos “sellar esa alianza perpetua” con Dios en Jesús.
Jesús comienza hoy su ministerio y Dios nos invita a aceptarlo como esa luz que vence nuestro caos, nuestro miedo, nuestra oscuridad, nos invita a renovar nuestro compromiso bautismal, es decir nuestro compromiso de seguirlo hasta hacernos uno con él, hacernos plenamente hijos de Dios en él, hijos que complacen al Padre. Así es hermanos, en la fiesta del Bautismo de Jesús redescubrimos también nuestro bautismo. Así como Jesús es el Hijo amado del Padre, también nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, sabemos que somos hijos amados ― ¡el Padre nos ama a todos! ―, que somos objeto de la satisfacción de Dios, hermanos y hermanas de muchos otros, con una gran misión, aquella de testimoniar y anunciar a todos los hombres y mujeres el amor ilimitado del Padre y aquella de mostrar que en Jesús logramos ser esa nueva creación, esa humanidad plena, renovada y completada.
Queridos hermanos y hermanas, la fiesta del Bautismo del Señor es una oportunidad favorable para escuchar la voz del Padre y renovar con gratitud y convicción las promesas de nuestro Bautismo, comprometiéndonos a vivir diariamente en armonía con él, siendo objeto de sus complacencias.

