Skip to main content
25 Diciembre 2020
1094 vistas

La Palabra

P. Rubén Antonio Macías Sapién

Homilía de Navidad: “Hoy les ha nacido un salvador”

“Hoy les ha nacido un salvador”

Queridos hermanos y hermanas, hoy todo nos invita a la felicidad y la palabra de Dios que acabamos de escuchar viene a darle el sentido profundo a esta invitación. La primera lectura comienza con esta afirmación tan llena de sentido en estos tiempos difíciles: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Primera Lectura: Is 9,1-3.5-6)). Ciertamente todos ustedes han experimentado ese gozo, cuando después de unos momentos de oscuridad, se encienden las luces y todos sentimos alivio, alegría, paz.

Hoy estamos llamados a dejarnos “envolver” por esta luz, estamos llamados a caminar, ya no en las tinieblas del egoísmo, de la sinrazón de nuestra humanidad perdida, de la zozobra, del miedo, de la angustia que nos ha invadido por largo tiempo, sino caminar viendo esa luz y, guiados por ella, atravesar esta oscuridad que poco a poco es vencida por aquel que nos ha nacido, aquel que pide ser recibido, abrazado y aceptado como el “Emmanuel”, el Dios con nosotros que entra en nuestra oscuridad y nos salva. Efectivamente, vivir la Navidad entre problemas y dificultades tiene un gran sentido, pues el nacimiento de Jesús supone para nosotros un rayo de luz. Podemos decir: «Sí, mi salud es un desastre…», o «mi familia está pasando por problemas…», o «me han despedido del trabajo…, pero, a pesar de eso, el mundo es bueno, porque en él ha nacido Jesús». De hecho, esta es la actitud que tuvieron José y María, también los pastores, Isabel, Zacarias y tantos más. El nacimiento de Jesús no es descrito en el Evangelio por medio de una escena maravillosa y perfecta. Jesús no nace en un palacio o en un hospital, rodeado de confort o de un excelente equipo de médicos, sino que nos lo muestra naciendo en un establo, lo cual es una situación bastante calamitosa. Sin hablar de la situación socio política y económica de ese tiempo. Pero, sin embargo, nos dice que María y José recibieron a Jesús y lo cuidaban con todo su amor, lo envolvieron en pañales, lo recostaron en el pesebre y todo, todo, para ellos, no tuvo más importancia que mirar, contemplar y gozar la presencia de ese niño. María y José estaban todos concentrados en el Niño que les había nacido, todo era amor y atención hacia esa luz, de igual manera los pastores, que no eran personas que estuvieran viviendo sin dificultades, pero, en medio de todas ellas, se dirigieron hacia el portal y ahí, todo fue un contemplar esa luz, recibir esa luz.

Así es hermanos, Jesús es esa luz, esa gracia de Dios que se ha manifestado, como dice la segunda lectura (Tit 2,11-14), es esa luz que envolvió a los pastores y los incitó a ir a buscar y recibir al salvador que les ha sido anunciado. Jesús es “el amor divino, el amor que transforma la vida, renueva la historia, libera del mal, infunde paz y alegría”. -Nos decía el papa Francisco el año pasado a estas fechas-

La Navidad nos recuerda con firmeza y certeza esta gran verdad: el Hijo de Dios que se hizo uno de nosotros, y que nació y vivió entre nosotros (Mt 1, 23; Jn 1, 14), fue enviado por Dios Padre, con un objetivo bien preciso (Mt 1, 21), el de salvar a la humanidad del pecado que divide, separa y crea la muerte; del pecado que destruye su plan de salvación para nosotros: ¡ser la familia de los hijos de Dios!

Ese salvador hay que recibirlo, primero, antes que nada, como María, como José, cómo los pastores, dejarnos “envolver” por la luz de su sencillez, de su fragilidad, ese es el salvador que “nos ha nacido”, como nos dijo el Ángel. La señal de Dios es el niño, y en ellos Dios nos invita a ver su necesidad de ayuda y su pobreza. Como nos decía el papa Benedicto XVI (Navidad 2006) “La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo”. (Benedicto XVI, 2006) Se ha hecho pequeño para que aprendamos a buscarlo y encontrarlo en nuestros hermanos sencillos, en las realidades pobres, ante nuestros hermanos pobres. Así como José y María esta navidad estamos llamados a “envolver” con nuestra solidaridad, nuestro respeto, nuestro trabajo por la justicia a ese niño que nos nace en tantos y tantos hermanos que viven marginados, como él, en ese nuestro Belén del siglo XXI, en este Belén de la crisis sanitaria y económica que tantos pobres ha engendrado.

Al salvador que nos ha nacido también hay que anunciarlo, como nos recuerda nuestro superior general, y lo cito en su mensaje para esta navidad: Hoy, en nuestra sociedad sumergida por el Covid, “Hay una necesidad urgente de misioneros del Evangelio, de personas que sintiéndose amadas por Dios, proclamen y testifiquen con convicción y fuerza interior, ahí donde cada quien se encuentre y de todas las maneras posibles, que el amor de Dios es eterno, que Dios ha amado tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna ”(Jn 3,16).

Queridos hermanos, me dirijo a ustedes mis hermanos de vocación y a todos los jóvenes que sientan en su corazón la luz de Navidad, es urgente y necesario, en nuestra sociedad enferma, que pongamos esta luz en todo lo alto, que aceptemos ofrecer nuestras vidas para que mucha gente, aquí y en todas partes del mundo, sea “envuelta” por esta luz y que encuentren en Jesús, frágil y necesitado, el camino para salir de la desesperanza, del vacío interior, de las tinieblas. Una vida entregada por los más pobres, por los más necesitados es el camino más perfecto, más grande para hacer realidad la Buena Nueva de Navidad. La vocación misionera no es otra que consagrar la vida para anunciar al mundo Buenas Noticias, la noticia de Jesús, el evangelio de su presencia real y física en nuestro estilo de vida caracterizado por esa fragilidad, esa pequeñez, pero sobre todo por ese amor y esa entrega por los demás. Un misionero en el mundo de hoy es esa luz que ilumina al pueblo que camina en tinieblas, un misionero es la manifestación clara de la gracia de Dios en el corazón de quien ha hecho del Evangelio su razón de ser, de existir y de actuar.

Que este niño Dios provoque en nuestros corazones ese grande deseo de anunciar al Emmanuel, al Dios con nosotros, que nos ha nacido y nos ha salvado.

 Queridos amigos, mis mejores deseos: Juntos, con alegría y gratitud a Dios, llevemos a cabo Su proyecto de amor por todos nosotros: ¡Hacer del mundo una sola familia!  Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo 2021.

¿Te ha gustado este artículo?
¡Compártelo!