Homilía Dominical: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”
2º Domingo de Adviento B
“Consuelen, consuelen a mi pueblo”
Estimados hermanos y hermanas, entrando en esta segunda semana de Adviento Dios nos quiere enviar como mensajeros y llevar la Palabra que toque al corazón del hombre de este tiempo. El evangelista Marcos (Evangelio: Mc 1,1-8) nos presenta, en este domingo a Juan el Bautista, el último de los profetas que enlaza el NT con la tradición profética más veraz del pueblo de la alianza. Juan es descrito como Voz del que clama en el desierto. Les invito a meditar sobre estas dos realidades presentadas en el evangelio de hoy y que nos ayudan a entender nuestra misión en el mundo de hoy: voz y desierto
Juan Bautista es presentado como “voz de la Palabra”. Su profunda convicción de no ser él el Mesías (a pesar del éxito aparente que tenía en la sociedad judía y de contar con discípulos) nos transmite una lección de humildad. No somos la Palabra sino la voz, el instrumento, el “lapicerito” en las manos de Dios, como decía la Madre Teresa de Calcuta. Voz con que Él puede hacer oír su Palabra en el corazón de la humanidad.
¡Qué bonito símbolo nos es presentado para vivir hoy! Ser voz de Dios, ser voz de la Palabra. ¿Y que debe proclamar esta voz? Dios tiene una palabra que decir a través de los que tienen un corazón "bien lleno de Dios". Dios suele servirse de oráculos, de portavoces, de mediadores... para hacerse presente, como en el tiempo de Juan Bautista, como en el tiempo de Isaías (1ª Lectura Is 40,1-5,9-11), como en nuestro tiempo; porque en el tiempo de Isaías, de Juan Bautista, como en el nuestro, el pueblo de Dios está bastante perdido, desilusionado, desesperanzado, desconcertado, desanimado, por la situación política, económica y personal de todos los que conforman tal pueblo. En todos estos casos, como el de hoy, Dios lanza un deseo, una petición, casi una orden a quienes puedan y quieran escucharle: "Consolad a mi pueblo y habladle al corazón".
Hermanos, nunca está de más una palabra de consuelo, y siempre llega más una palabra que hable al corazón que a la cabeza. Consolar significa estar con el que se siente solo, con el que sufre, con el que se encuentra en dificultades y aliviar su carga, calmar la inquietud, fortalecer su fragilidad, suavizar la angustia... de modo que pueda vivir más tranquilamente, más esperanzadamente, con más confianza. He ahí nuestra misión cristiana en estos tiempos difíciles, tiempos de pandemia y de desolación. El consuelo no elimina el dolor, y tampoco lo «relativiza» (al menos no siempre) pero sí ensancha la esperanza y fortalece el coraje para afrontarlo. Hoy la Palabra de Dios nos invita, como lo hizo con Juan Bautista a ser nosotros los portadores de tal palabra de Consolación, ser voz de esta Palabra de Dios: “Anuncia a los ciudadanos de Judá: Aquí está tu Dios. ¡Aquí llega el Señor!” El tiempo de adviento ha de ser tiempo de consuelo para los desconsolados de la existencia. Valdría la pena preguntarnos: ¿Estamos preparándonos para ser consuelo y decir ‘palabras de verdad’ al corazón de nuestros hermanos?
En el Evangelio de hoy escuchamos: «Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor». La segunda palabra que quiero invitarles a meditar es esta: desierto “voz que clama en el desierto”. Ciertamente entendemos lo que es “geográficamente” un desierto. Entendemos lo que está sufriendo el Amazonas, la continua desertificación que sufre. Pero les invito a ir mas allá, a nivel espiritual, para entender nuestra misión de ser voz “en el desierto”. La pandemia y la sociedad individualista están generando un “profundo desierto” en nuestras propias ciudades, es el desierto de las relaciones humanas, la soledad, la indiferencia, el aislamiento, el anonimato. El desierto es ese lugar donde si gritas nadie te oye, si yaces en tierra acabado nadie se te acerca, si una feroz bestia te asalta nadie te defiende, si experimentas un gran gozo o una gran pena no tienes con quien compartirla. ¿Y no es esto lo que ocurre en muchas en nuestras ciudades? Cuanto más crecen los medios de comunicación y las redes sociales, más disminuye la verdadera comunicación. Tenemos la sensación de que este mundo es como un desierto sin sendas. Donde los gritos de auxilio no son acogidos, no obtienen respuesta tapados por nuestros ruidos, y engañados por los espejismos y oasis que nos ayudan a olvidarnos de todo. Pues en esos desiertos estamos llamados a ser voz de Dios que provoca consolación, que trae consolación y esperanza.
Existe también otro desierto, quizá más peligroso: el que cada uno de nosotros lleva dentro. Justamente el corazón puede transformarse en un desierto: árido, apagado, sin afectos, sin esperanza, infecundo. ¿Por qué muchos no logran despegarse del trabajo, apagar el móvil, la radio, la tele, el WhatsApp, los auriculares...? Quizá porque están viviendo interiormente un enorme desierto, un enorme vacío, un profundo sinsentido.
Ante esa situación de desolación de su pueblo, Dios toma partido de una vez para siempre. Se coloca al frente del rebaño como un pastor amoroso. Pero no se queda en simples palabras: su consuelo va acompañado de acciones. El texto de Isaías nos lo describe muy bien: los montes se abajan, los valles se levantan y Dios mismo se pone al frente. Las acciones orientan y abren caminos. El consuelo nos habla al oído en el presente y nos infunde una esperanza que nos hace encarar el futuro desde la seguridad y la confianza de saber que no nos encontramos solos en medio del “desierto” de nuestros miedos y dudas. Dios nos acompaña, Dios envía sus mensajeros para preparar su llegada. Dios envía a cada uno de nosotros a ser “Su voz” en medio del desierto de nuestra humanidad y llevar consolación, “pues el día de nuestra liberación se acerca”.

