
Homilía Dominical: Fiesta de Cristo Rey
“Vengan, benditos de mi Padre”
Estimados hermanos y hermanas, hoy concluimos este año litúrgico proclamando a Cristo como nuestro Rey, Rey del universo que nos invita a formar parte de su Reino. ¿Quién es ese Rey? La liturgia de hoy, en sus lecturas, nos presenta, a modo de respuesta, tres adjetivos que califican y definen a Jesucristo, a saber, pastor (primera lectura Ex 34,11-12.15-17), juez (Evangelio Mt 25,31-46) y rey (2ª Lectura: 1Cor 15,20-26.28).
Hoy tenemos a Cristo como Rey, Pastor y Juez, que muestra los criterios para pertenecer al Reino de Dios y, a todos aquellos que se dejan llevar por estos criterios les dice: “Vengan, benditos de mi Padre”. ¿Cuáles son estos criterios? Estos no son otros que la solidaridad, la apertura al otro, sobre todo al más necesitado, al que sufre, al que necesita de nuestro gesto de amor, porque el Reino de Dios es finalmente el reinado del amor. Jesús revela el criterio decisivo de su juicio, es decir, el amor concreto por el prójimo en apuros. Y así revela el poder del amor, la realeza de Dios: solidaridad con los que sufren para despertar actitudes y obras de misericordia en todas partes.
Estoy seguro que nuestro mayor deseo como cristianos es entrar en el Reino de Dios, ante la invitación de Jesus, “Vengan, Benditos de mi padre”, todos nosotros quisiéramos responder e ir a su encuentro. Valdría la pena cuestionarnos si en verdad estamos viviendo nuestro cristianismo en sintonía con lo que Jesús hoy nos plantea. Valdría la pena, al concluir el año litúrgico, de preguntarnos si nuestra practica religiosa finalmente nos ayuda a responder a la invitación de Jesús.
Nosotros pertenecemos a una cultura «narcisista» y «selfie» (según subrayan muchos pensadores y analistas), y esta realidad condiciona por mucho nuestra espiritualidad, la cual, muchas veces nos centra en nosotros mismos, en una preocupación por “portarnos moralmente bien”, venciendo nuestro carácter y buscando cumplir ciertas obligaciones y prácticas religiosas. Una espiritualidad finalmente individualista y escasamente comunitaria.
Hoy, Jesús en el evangelio pone el acento en otras cosas, las que leemos en el Evangelio de hoy: el «otro» necesitado y la voluntad salvadora y liberadora de Dios; estas dos realidades debieran ser lo principal de nuestra espiritualidad. Creemos en un Dios Salvador, ese Rey que hoy proclamamos es antes que nada un rey comprometido con todas las realidades urgidas de salud, de justicia, de superación. El “otro en dificultad” y Jesucristo Salvador, he ahí lo más importante. No parece que la vida espiritual, la fe, las prácticas religiosas formen parte del juicio final. No son relevantes para Cristo Rey, según lo que leemos en el evangelio de hoy. Recordemos que todas nuestras prácticas religiosas y compromisos de rezar lo que sea todos los días, o acudir al culto, o a visitar al Santísimo... tienen un criterio de valoración y validación: si me ayudan y empujan a amar más, a ser más misericordioso, a entregarme a los demás... entonces tendrán sentido y agradarán a Dios. Y de paso, los “otros” saldrán beneficiados, esos “otros” privilegiados del Reino.
La invitación de Jesús está ahí; “Vengan, benditos de mi Padre”. De nuestras opciones y prácticas de vida dependerá nuestra respuesta; según decida servir o no servir al hombre, matar a un semejante o ayudarle a vivir; oprimir al hermano o liberarlo; ofender a alguien o mostrarle respeto; pisotear la dignidad de un pobre u honrarlo; explotar al prójimo o compartir el pan con él; rechazar o acoger a un emigrante/forastero; contribuir al hambre o alimentar a los pobres... significa atentar contra el señorío de Cristo o promoverlo. Ser «benditos de mi Padre» o no serlo.
Vayamos pues al encuentro de nuestro Rey, hagamos de nuestra religión, una religión que nos descentra y nos saca del individualismo y transformémosla en un instrumento en las manos de Dios para salvar todas esas realidades de opresión, injusticia, pobreza que afectan nuestra humanidad.

