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Esta tarde durante la inauguración del catecismo en una de las capillas de la parroquia de Jungapeo, en Michoacán, llamada “El Mango”, pregunté a los niños cuál pensaban que era la cruz a la que se refería el Evangelio y que estamos invitados a cargar.

Uno de los más pequeños respondió que él cargaría una cruz chiquita porque él está chiquito. Después de las risas vino la reflexión… ¿será que cada uno de nosotros tiene una cruz a su medida?

Una catequista comentó que ella tiene muchas cruces, entre su trabajo, la casa, los hijos, el marido… pero que estaba dispuesta a cargar con una nueva por puro gusto, la cruz de ser catequista, mencionando que no es tarea fácil pero que ella lo hace por amor a Dios.

Es verdad que, si Dios es justo, no permitiría que cargáramos más de lo que podemos, es verdad también que muchas veces sucede que algunos llevan cruces más pesadas que otros. Entonces… ¿Dios permite el sufrimiento?

Considero que el sufrimiento es parte de esta vida, y que, gracias al testimonio de Jesucristo, como seguidores suyos “no sufrimos por sufrir”. Como esa catequista, que a pesar de sus múltiples actividades aún tiene deseo de “echarse” otra voluntariamente, no es que le guste sufrir, sino que su ofrecimiento tiene un sentido trascendente: Dios y los demás.

Así pasa con la mamá que da a luz, cuando mira a su bebé olvida el dolor que le costó parirlo. Y así es la vida misionera, un donarse para generar vida, espíritu de sacrificio con la mirada fija en Jesucristo, quien no guardó nada para sí mismo, sino que se entregó totalmente por amor a todos.

Llevemos nuestra cruz de cada día con pasión y esperanza, con la plena confianza de que no estamos solos, Dios camina con nosotros y nos ayuda a cargarla con la fuerza de su amor.