La parábola del hombre rico y el pobre Lázaro es exclusiva del evangelio de Lucas (Lc 16, 19-31). Está dirigida directamente a los fariseos, pues la descripción del hombre rico se asemeja a la forma de vida que ellos llevaban entre lujos y placeres e indiferentes con el que sufre. El hombre rico no tiene nombre en el texto, de hecho Lázaro, pobre y enfermo de lepra, es el único nombre que aparece en todas las parábolas de Lucas y significa “ayudado por Dios”.
Los perros que lamen las heridas de Lázaro hacen referencia a los cananeos, llamados así en aquel tiempo, enfatizando que los extranjeros tienen mayor compasión que los propios paisanos judíos. Interesante notar que, aún en esa situación, el rico sigue dando órdenes y esperando ser servido, seguramente esa postura suya es el abismo que separa a los verdaderos hijos de Abraham de aquellos que sólo dicen serlo.
Sin embargo, Abraham reconoce al rico como hijo y dialoga con él, mostrándole compasión e instruyéndolo como padre. Algunos biblistas sostienen que esta parábola fue dirigida a Caifás y los cinco hermanos serían los hijos de Anás, que a pesar de conocer a memoria "La Ley los Profetas", no creyeron ni aún con la resurrección de Jesús.
El texto cuestiona nuestro modo de vivir el regalo de ser hijos de Abraham, nuestro padre en la fe. Para serlo verdaderamente es indispensable no comportarnos como el rico de la parábola que busca ser servido y vive con indiferencia hacia los demás, siendo egoísta e incapaz de ayudar al que lo necesita. No significa que el verdadero hijo de Abraham sea el que sufre, sino que el verdadero hijo de Dios hace viva la bienaventuranza que dice “dichosos los que lloran porque serán consolados” (Lc 6, 21b). Pues un hijo de Dios no solo llora sino que es capaz de amar y consolar, logrando así que el Reino de Dios se haga presente y real ya en este mundo.
Es importante verificar los detalles de nuestro caminar como cristianos, puede ser que en nuestra puerta, frente a nuestros ojos, haya alguien que necesita de nuestro apoyo y no logramos verlo, o peor aún, hacemos que no lo vemos. La indiferencia ante las dificultades de los demás puede ser algo muy sutil, pero es justamente esa actitud la que no es grata a los ojos de Dios.
Un misionero es capaz de superar la indiferencia, reconociendo y ayudando al que lo necesita. Comencemos a conocer y practicar las obras de misericordia, para ir creciendo en humanidad y poder ser verdaderos hijos de Dios.



