Cada vez que celebramos la Fiesta de Todos los Santos imaginamos la santidad como algo imposible o que está reservado a algunos cuantos. Sin embargo, es Dios mismo quien quiere que seamos santos, así nos lo recuerda el evangelista Mateo: “Sean perfectos como mi Padre es perfecto” (Mt 5,48); también el apóstol Pedro nos dice: “Así como el que los ha llamado es Santo, así también ustedes sean santos en toda su conducta” (1Pe 15).
La santidad es pues una invitación dada a todos y a todas. El catecismo de la Iglesia Católica nos lo dice de la siguiente manera: “Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la santidad” (CIC 2013).
Cuando aceptamos en nuestra vida a Dios, nos proponemos llegar al cielo, porque esa es nuestra meta, y el camino que nos lleva ahí es la santidad. Por lo tanto, no debemos de tener miedo de ser santos, porque los que lo han alcanzado también fueron de este mundo en el que vivimos nosotros. Esforcémonos pues por alcanzar la santidad porque Dios lo espera de nosotros y nos da cada día la fuerza necesaria para ello.
Los santos y santas deben ser para nosotros como un espejo donde poder mirarnos y descubrir la belleza con la que Dios nos creó, si ellos se perfeccionaron, nosotros también podemos.
Feliz día de todos los santos.