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P. Rafael Aguilar Flores sx

Comunión y familiaridad con nuestros fieles difuntos

Cada dos de noviembre vivimos de una manera muy especial la obra de misericordia espiritual “rezar a Dios por los vivos y por los difuntos”. Lo hacemos de un modo generoso y místico, apoyados de la fe y las tradiciones, en unidad con nuestros seres queridos de la tierra y aquellos que ya se encuentran en el cielo, en la casa del Padre.

En nuestro país “el altar de muertos” es un elemento importante para vivir la celebración de los fieles difuntos, en otros lugares lo hacen de diferente manera siguiendo sus propias tradiciones y usando elementos particulares. En Italia, por ejemplo, el día de los fieles difuntos colocan flores y luces en las puertitas de las criptas de los panteones, organizadas de manera que se pueda aprovechar el mayor espacio posible, pues ya casi no hay terreno para sepultar a los muertos de manera horizontal y bajo tierra.

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Durante mi estancia allá, tuve la oportunidad de compartirles nuestras tradiciones a través de un altar dedicado a San José Sánchez del Río y a los misioneros que habían fallecido en ese año. Utilicé lo que tenía a la mano, pues tuve que elaborar flores de papel china amarillas con naranja para asemejar las flores de cempasúchil, puesto que allá no hay. Fue una bella experiencia porque vivía en una comunidad internacional y cada uno compartió el modo y la manera como se vive esta celebración en su país.

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Pero ¿de dónde surge esta práctica de orar por los fieles difuntos? Su fundamento bíblico lo encontramos en el segundo libro de los Macabeos 12, 43-46 donde se narra una acción piadosa de parte de Judas, jefe de Israel. Él como representante del Pueblo se preocupa por el destino final de las almas de los muertos y ofrece un sacrificio de expiación cuyo objetivo principal es que a los muertos les sean perdonadas sus culpas.

La enseñanza de la Iglesia se apoya también en este texto para sugerir la práctica de la oración por los difuntos, ya que, desde los primeros tiempos, ha honrado su memoria y ha ofrecido sufragios en su favor, especialmente el sacrificio de la Eucaristía. (CIC 1032)

Sin embargo, aunque nuestra intención sea noble, recta y llena de confianza en la resurrección, no podemos decir que si no realizamos esta obra Dios no concederá la resurrección a los muertos, porque nadie puede limitar su infinita misericordia. Esta obra de piedad, santa y amorosa es signo y expresión de nuestra fe y comunión con los fieles difuntos, pues incluso creemos que ellos nos cuidan y guían desde donde se encuentran.

Actualmente seguimos ofreciendo misas y rosarios por nuestros difuntos, no porque no confiemos en que no resucitarán, sino en la convicción de que es una obra buena rezar por ellos y eso nos ayuda a seguir en comunión y familiaridad con los que siempre serán nuestra familia.

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