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Celebrar los 200 años de la Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe en Marruecos tiene, sin duda, un color y un sabor diferente. Pero se trata siempre de vivir la naturaleza de la Iglesia, que es misionera y no puede dejar de serlo sin ser la Iglesia de Cristo, enviada al mundo entero para proclamar la Buena Noticia.

Algunos me han planteado qué hacemos en un país musulmán si no podemos anunciar el Evangelio. Y yo me pregunto: ¿quién ha dicho que no podemos anunciarlo? El anuncio del Evangelio, de la Buena Nueva, es vida, una vida dada y gratuita, que va al encuentro de los otros tal y como Jesús de Nazaret lo ha hecho.

Testimonio de vidas entregadas

Aquí, en nuestra pequeña comunidad javeriana de Fnideq, tenemos la gran tarea de ser percibidos como hombres de Dios, hombres creyentes y, por este mismo hecho, ser capaces de amar al otro de manera muy concreta. En este sentido, me gustaría citar unas palabras de Jean Mohamed Abd-El-Jalil.

Nacido en 1904 en una familia de notables musulmanes de Fez, Mohamed Abd El-Jalil, había realizado la peregrinación a La Meca con su padre. Durante sus años en París, tiene un encuentro con Cristo, marcado por la Navidad de 1927: siente el deseo impetuoso de acercarse, al final de la misa de gallo, a venerar a Jesús, el Niño Dios, y a partir de ese momento se decide a pedir el bautismo. Así, se bautizó en 1928, ingresó en la orden franciscana al año siguiente y fue ordenado sacerdote en 1935.

Pues bien: él, desde su experiencia, nos recuerda que “Los musulmanes esperan el testimonio de verdaderos cristianos, el testimonio de vidas entregadas, que han sido transformadas por la presencia íntima de la Trascendencia, y convertidas, por gracia, en algo deseable, comunicable y grato”.

Por ello aquí, además de estrechar lazos a través del Centro Sociocultural Lerchundi, atendemos una comunidad cristiana muy pequeña en la iglesia de San Francisco de Asís de Mdiq, donde vivimos nuestra fe cuatro cristianos presentes regularmente y tres javerianos, a veces acompañados por cristianos de paso. Hay que ver con qué entusiasmo se celebra el día del Domund; esto se ve también en nuestra colecta en favor de las misiones.

Compartir lo mejor

Vivir en país de misión nos abre también a la espiritualidad musulmana, a través de su mística vivida por una cofradía sufí con la que tenemos varios encuentros de oración, y percibimos la presencia de Dios en el otro. Nuestra tarea es buscar la presencia del Espíritu Santo que obra en cada ser humano.

El Domund, la Jornada Mundial de las Misiones, que he vivido yo en España durante doce campañas yendo a colegios, parroquias, universidades, etc., lo sigo viviendo aquí en unión con tanta gente que ensancha su corazón y fe y levanta la mirada para compartir lo mejor que tenemos: el encuentro con la persona de Jesús que nos ha transformado, nos hace menos egoístas y nos lleva a compartir con los demás lo más preciado para un cristiano, su fe. Esta se comparte con el don de la propia vida y en favor de los demás al estilo de Jesús en su Evangelio.

En Marruecos hay dos archidiócesis, la de Rabat y la de Tánger, y el país cuenta con treinta mil cristianos en medio de una población de treinta y siete millones de habitantes. Aquí en cada comunidad se celebra el Domund, tenemos una Dirección de Obras Misionales Pontificias y seguimos con ardor el cariño de esta Obra de la Propagación de la Fe desde nuestra pequeñez insignificante que quiere ser significativa en su vivencia de la fe.

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