“Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: sean santos, porque Yo soy Santo” (1Pe 1,15-16).
Cada primero de noviembre la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de Todos los Santos, que como dice el pasaje bíblico que hemos citado anteriormente, la santidad es un llamado, una vocación; se trata de imitar a Aquel que es Santo por excelencia: Dios.

Los santos siempre han existido porque el ser humano está llamado a buscar, a conocer y a amar a Dios en todas las cosas, pero sobre todo en el prójimo. De esta manera los santos fueron reconocidos como tales por la Iglesia porque sobre todo amaron a Dios y al prójimo como nos lo pide Jesús en el Evangelio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 30-31).
No debemos olvidar que la santidad es para todos, no hay edad para ello, hay muchos niños santos como san José Sánchez del Río, Joselito, adolescentes, jóvenes y adultos, hombres y mujeres de todas las razas y naciones.
Los santos son nuestros amigos que, como tales, nos ayudan, velan por nosotros, interceden ante Dios por nosotros, nos cuidan y ayudan en nuestros trabajos. La gente se encomienda a ellos muchas veces sin conocerlos, pero no por eso ellos dejan de pedirle a Dios que derrame sus gracias y bendiciones sobre nosotros.

Cada uno de ellos se ganó el cielo con su esfuerzo y son un ejemplo para nosotros porque vivieron como nosotros, ellos no nacieron santos, sino que se hicieron. Por ello también nosotros podemos esperar la santidad, es una gracia que Dios ofrece a todo ser humano que lo busca con sinceridad.
Que esta fiesta sea para todos un motivo para renovar nuestra fe en Dios y que nos ayude a seguir echándole ganas para ser cada vez mejores hijos de Dios.