Dice la Sagrada Escritura: “Las almas de los justos están en las manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento” (Sab 3,1). Todos queremos vivir en paz y llenos de felicidad, y nos afanamos todos los días en alcanzar esa meta aquí en la tierra, pero lo único que experimentamos es una paz y una felicidad en fragmentos porque nuestra vida en este mundo está llena de retos que nos colman de preocupaciones, sin embargo, esto nos ayuda a buscar la eternidad, donde la paz no tiene fin. Para alcanzar este fruto hay que pasar por la muerte como nos dice Jesús en el Evangelio: “Yo les aseguro que, si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto” (Jn 12,24).
Si bien la muerte nos deja tristeza y lágrimas, al final de cuentas nuestros seres queridos que han sido llamados por Dios a su presencia obtienen lo que Jesús nos promete: Vivir con Dios. San Pablo nos dice: “No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él y así estaremos siempre con el Señor” (1Tes 4,13-14).
Festejar la fiesta de los difuntos tiene que ser para nosotros una fiesta de la vida, de la esperanza, una fiesta de fe, el folklore es lo de menos. Son nuestras oraciones las que ayudan a nuestros difuntos y a nosotros porque nos dan confianza en las promesas de Jesús, de ahí nace la alegría para recordar a nuestros seres queridos que viven con Dios.
Todas las culturas tienen sus mitos sobre una vida más allá de la muerte, pero nadie llegó a asegurarnos su existencia, esto vino con la revelación en las Sagradas Escrituras y Jesús nos mostró con su propia vida que sí existe una vida mejor que nos viene a través de la Resurrección: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6,54).
Con la fiesta de los fieles difuntos, la Iglesia nos invita a renovar nuestra fe en la vida eterna y a agradecerle a Dios por aquellos que ya gozan de su presencia, y que a nosotros nos dé la gracia de saber esperar en sus promesas.




