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Hilda Cecilia Blanco Arreola

Mi encuentro con el carisma xaveriano

En la vida podemos tener diferentes formas de mirarnos, o mejor dicho la vida nos enseña a mirarnos. Una mirada que nos traspasa, que nos revela el infinito amor de Dios a través de Cristo.

Cuando comencé a asistir al seminario de los misioneros xaverianos, nunca imagine lo que habría de encontrar ahí. Comenzamos en el grupo de jóvenes en 1984 y había algo en esa forma de vivir el evangelio que llamaba mi atención. La alegría por el servicio y el espíritu de familia hacía que uno no se sintiera extraño, sino que se sentía como en casa.

Tanto en las eucaristías como en las reuniones de los sábados, era una fe viva la que recorría esos pasillos y esas tardes, y me refiero a una fe viva porque en cada actividad, en cada oración, en los cantos y en las celebraciones, esa fe se compartía y daba frutos, contagiaba, era el testimonio de una comunidad que era familia y hacía de la comunidad su familia.

Con el paso de los años, seguimos asistiendo a las eucaristías, y cuando llegaron los hijos y tuvieron edad para comenzar a ir a catequesis, no dudamos en que podrían formarse en el centro de catequesis de los misioneros xaverianos, así verían su fe fortalecida y sería parte de nuestra fe que se fortaleció en esa comunidad.

Participando como padres de familia en la catequesis, nos invitaron a ser parte del grupo de catequistas, habíamos sido catequistas en la preparatoria y es un apostolado que siempre nos gustó, así que accedimos y en 2001 comenzamos esta gran aventura de la catequesis para niños en el grupo de preparación para la Primera Comunión.  Era un grupo muy organizado, los temas, materiales, dinámicas y la manera de dar las clases, poco a poco fuimos aprendiendo de personas con mucha experiencia (Margarita Arenas, Norma Luna, padre Rosti) que trabajaron con entusiasmo y entrega en esta gran labor. Debo reconocer que nos tuvieron mucha paciencia en un principio, lo que nos ayudó mucho, además de que los niños eran de la edad de los nuestro, así que coincidíamos en sus intereses y su manera de aprender.

A lo largo de todos estos años, conocimos diferentes testimonios de misioneros xaverianos comprometidos con la formación tanto de los seminaristas que cursaban el filosofado como de los niños que asistían sábado con sábado a la catequesis, muchos de ellos muy creativos y entusiastas, siempre renovando los cursos y presentando nuevas dinámicas para darle vida a la formación. Recuerdo con cariño las reflexiones de padre Chuy, las dinámicas de padre Samuel, los retiros y oraciones de padre Mario, los campamentos de preparación a la reconciliación de padre Nacho, y muchos otros recuerdos en todo este caminar como catequistas. Nuestros encuentros de oración y de reflexión en la capilla, reuniones y durante los retiros, nos fueron acercando cada vez más a esta familia que ya es nuestra familia xaveriana. No faltaron dificultades, pero el dialogo y la corrección fraterna fueron y siguen siendo parte esta familia.

Los caminos de Dios son únicos y están llenos de sorpresas. En 2010, después de haber ido de misiones, mi hijo menor Ignacio enfermó de una hepatitis fulminante. Todo fue muy rápido, y los médicos no sabían que podría pasar, su organismo no respondía y el hígado no tenía sus funciones, debía poder salir adelante en 48 horas o no lograrlo. Sentía que el corazón se me partía, que el piso se abría ante mis pies y me hundía lentamente. Lo primero que pensé fue enviarle un mensaje al padre Samuel Godínez, y el me respondió que lo tendrían en sus oraciones. Eso fue claro para mí, debíamos buscar a Dios, orar y pedir. Y viendo un cuadro de la Virgen de Guadalupe y el crucifijo que estaba a un lado, pensé: “Madre, tu sufriste igual por tu hijo al verlo herido y muriendo, te pido que me des fortaleza como la que tu tuviste al pie de aquella cruz, acompáñame y Enséñame María a decir sí a Dios”, luego viendo el crucifijo no pude más que contemplarlo. Al día siguiente comenzó Nacho a mejorar, al salir del cuadro crítico, comenzó una mejoría que no se explicaban los médicos, fue un caso que publicaron en una revista médica como algo que la ciencia no podía explicar. Yo siempre he pensado que hay milagros en la vida que nos permiten dar gloria a Dios por la intercesión de los santos, en este caso de San Guido María Conforti. Más allá del milagro de la salud, se encuentra el milagro de la solidaridad y el espíritu de familia.

Permanecer y coincidir con este espíritu de familia fue siendo cada vez más cercano. En una ocasión y por azares del destino, fuimos invitados por el padre Javier Pegueros  a colaborar con un grupo de laicos para empezar a trabajar en los estatutos del laicado xaveriano, los cual nos permitió conocer las diferentes casas y comunidades de xaverianos en México, así como también nos permitió participar y organizar pláticas sobre la forma como podríamos ser una sola familia para el mundo, además de participar en la formación y conocimiento sobre el fundador San Guido María Conforti.

Así continuamos en este caminar como familia xaveriana. En el 2013, cuando preparábamos los encuentros de laicos, sucedió que en una revisión de chequeo médico me diagnosticaron cáncer de mama. La palabra cáncer es una palabra que en ese momento me sonaba a muerte. Nada más lejano, toda enfermedad es vida, aun cuando nos conduzca a la muerte, porque nos permite de una manera muy cercana compartir lo vulnerable y delicada que es la existencia. Sin embargo, en esos momentos de confusión, en el que los ojos se ven nublados por la incertidumbre y la ansiedad, me preguntaba ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho Dios? Pero nuevamente en ese caminar recordando a San Guido María Conforti, viendo el crucifijo, las heridas, el maltrato a Él, al Hijo de Dios, que vino a entregar la vida por nosotros, nuevamente pensé: ¿por qué no? ¿Por qué no a mí? No tengo ninguna carta de inmunidad al dolor que es parte de la vida, observa el crucifijo ahí está El, es esa Cruz, en el dolor bendiciendo a todos y pidiendo al Padre que nos perdone porque no sabemos lo que hacemos. La pregunta más importante al ver ese crucifijo fue ¿Para qué? Su dolor siempre tuvo un sentido, el sentido del amor por nosotros, para enseñarnos el camino al padre. Elevo su dolor a Dios por nosotros. Viendo el crucifijo, como San Guido decía “yo lo miraba, el me miraba y parecía decirme tantas cosas…” en esa mirada que encierra toda la enseñanza y testimonio de la vida podría yo encontrar un para que en lo que me sucedía, todo podría tenía sentido. No podemos querer nuestra voluntad cuando pedimos en el Padre Nuestro que se haga su voluntad, no la nuestra, así que no es voluntad de Dios que nosotros suframos, es voluntad de Dios que encontremos el sentido de nuestro dolor porque es parte de la misma existencia.

En ese caminar en el dolor humano, natural y parte de la vida misma como la alegría, uno de los tesoros más reveladores del amor del Padre hacia los hombres y la muestra de su imagen presente en nuestras vidas fue la caridad, primero una caridad interna hacia lo que me pasaba, a no sentirme victima sino libre de asumir lo que la vida me entregaba y vivirlo plenamente. La caridad hacia mi familia y amigos, que en la vulnerabilidad de mi enfermedad compartían mi dolor, pero también en la fortaleza de mi actitud compartían mi esperanza.

Esta familia xaveriana que acompaña, se solidariza, se muestra cercana en el dolor, en la tristeza, en la incertidumbre, festeja también en las alegrías, los triunfos y las celebraciones de la vida. Amarnos como hermanos es la manera de amar a Dios, cada hermano es la imagen de Dios vivo, y cada comunidad muestra el rostro amoroso del Padre. Este es otro de los grandes tesoros que encontramos en el caminar xaveriano: aprender a ser comunidad. Este aprendizaje es ver a los otros con una mirada diferente, desde la mirada compasiva de Dios, buscando siempre conservar la paz y armonía en los grupos, sin buscar protagonismos personales, sino que nuestras relaciones y nuestras acciones reflejen siempre la caridad del Padre y no la continua búsqueda del reconocimiento personal.  Por eso, desde los apostolados más sencillos, hasta aquellos más complicados, la respuesta que encontramos es el servicio alegre y fraterno. Esto permite la continuidad de los apostolados, cada uno en un momento de su vida comparte su tiempo, sus conocimientos y su servicio a la comunidad para trabajar desde un apostolado, y se puede continuar por otros que llegan a colaborar en ese mismo ministerio, no existen los monopolios de servicio, el estar siempre abiertos a la ayuda de los demás y al compartir como familia es una de las fortalezas de esta comunidad.