Como todo padre, San Guido María Conforti, dispuso de los bienes que tenía para repartirlos en todos sus hijos espirituales. En este caso, no sólo los consagrados, también de nosotros, los laicos xaverianos, que vivimos la espiritualidad en las circunstancias específicas en las que el Señor nos ha colocado.

Su deseo más profundo fue la unión de mentes y de corazones. Hacer una sola familia cristiana, trabajando con ardor para la expansión del Reino de Dios. Vocación a la cual hemos sido llamados.
Su consejo es buscar la voluntad de Dios en nosotros: en los sentimientos, las palabras, las intenciones, las obras. A los pies del Sagrario, es donde cada día hemos de templar nuestras energías para nuevas fatigas. Haciendo de Jesús sacramentado nuestro Centro de vida. Que junto al amor a Dios, alimentemos el amor hacia nosotros mismos y nuestros hermanos.
Nos exhorta a tener: espíritu de fe viva, espíritu de obediencia pronta y generosa, espíritu de amor intenso a nuestra familia religiosa; vislumbrando la grandeza de la causa que nos une: el amor a Jesucristo, y el ardor por ganar almas para Él (como decía San Alfonso de Ligorio).
Su herencia, al igual que la de nuestro Señor Jesús, es el Amor.
Que nuestro Señor Jesucristo, nos otorgue a través de su ruego, la gracia y el don de darlo a conocer y de hacerlo amar.
Martha González
Mazatlán, Sin.