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Xaverianos

RECORDANDO EL DOC. "Ad GENTES"

Autor: P. Carlos Mongardi /

Después de 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II (1962-1965), queremos hacer una sencilla memoria, no tanto para celebrar aquel acontecimiento eclesial, sino la inspiración que inyecta para la evangelización y misión en nuestros días.

 Todos los creyentes conocen algo del Concilio Vaticano II, asamblea de todos los obispos católicos (en aquellos años eran 2500, mientras hoy han alcanzado el número de 5000), reunidos en Roma alrededor del Papa Juan XXIII, que los había convocado para realizar un Concilio.

Entre los 16 Documentos emanados por ese Concilio, queremos enfocarnos en la lectura de un Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. Tratando de entender su título “Ad gentes”, primeras palabras del texto, como se acostumbra con los documentos oficiales de la Iglesia. “Ad gentes” significa “Hacia las naciones”. En el idioma latino antiguo “gens” significaba “familia” y el plural “gentes” significaba “pueblos o naciones”. Corresponde al término griego ETHNE, que en la Biblia significa “naciones extranjeras a Israel”.

A lo largo del Antiguo Testamento se encuentra una doble actitud para con esos pueblos: una actitud de exclusión y, algunas veces, una actitud de inclusión. Normalmente, las “naciones” son malditas por ser un peligro para la existencia del pueblo elegido de Israel y por ser una amenaza para la fe del pueblo, en Yahvé, su único Dios. Pero algunas veces aparece que la salvación de los pueblos extranjeros a Israel. El profeta Isaías hablando del Siervo de Yahvé: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6). Estas mismas palabras se encuentran en el Nuevo Testamento, referidas a Jesús (Cfr. Lc 2,32) y a san Pablo (Hch 13,47). Según un texto del libro del Génesis donde la bendición de Dios a Abrám, el padre del pueblo elegido, es a la vez el signo y la primicia de la bendición de Dios para todos los pueblos (Cfr. Gen 12,4). Esta misma bendición es repetida a Sara, la esposa de Abrám (Cfr. Gen. 17,16).

Es importante, en esta perspectiva universalista, en el Evangelio de Juan, la proclamación del sumo sacerdote Caifás de que Jesús “iba a morir por la nación, y no sólo ella, sino por todas” (Jn 11,52). San Pablo, en la Carta a los Gálatas, subraya la diferencia entre la propia misión a las naciones no judías y la misión de otros apóstoles sólo al pueblo judío. Hace falta recordar este texto en una época, como la nuestra, que parece haber olvidado completamente tal diferencia.

Viendo que se me había confiado a mí  la buena noticia a las naciones, como a Pedro a los judíos -pues, el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los judíos, actuó también en mí para hacerme apóstol de las naciones-, y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Pedro y Juan (respetados como pilares de la Iglesia) nos dieron la mano a mí y a Bernabé, en señal de solidaridad y de acuerdo, nosotros nos dedicáramos a las naciones y ellos a los judíos; sólo que  nosotros debíamos tener presentes los pobres de allí, tarea que yo tomé muy en serio” (Gal 2,7-10).

Vale la pena aclarar aquí el significado de la palabra “paganos”, en lugar de “pertenecientes a las naciones”, cargada tradicionalmente de un sentido negativo de infieles o excluidos de la salvación. Hoy muy poco se usa esta palabra y las traducciones de la Biblia, como los Documentos eclesiales oficiales, empezando con el Concilio Vaticano II, y se acepta en su lugar “pueblos o naciones”.

Con esta premisa, podemos empezar nuestra lectura del Documento “Ad gentes”: “Enviada por Dios a las naciones”, para que la Iglesia pueda retomar un rumbo, que en nuestros días, parece haber perdido.