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Xaverianos

CELOSOS DE LA INTEGRIDAD DE LA FE

Autor: P. Álvaro Aguado /

«Estén bien atentos, recordando que el Cristiano debe absoluto e incondicional consentimiento del intelecto a todas las verdades de la fe, no se dejen engañar por los que, despreciando la unidad de lo auténticamente revelado, reducen a la mitad la doctrina de Jesucristo y desaprovechan el sagrado tesoro de aquellas verdades de las que cada frase, cada fórmula, cada palabra, deben ser inviolables”.

 Admitir la existencia de Dios y luego negar la Providencia, como si Él hubiera entregado fatalmente el mundo a su suerte; admitir la vida futura, pero negar la existencia de las penas eternas; admitir los Sacramentos, pero excluir el de la Penitencia considerándolo como una institución humana; reconocer la autoridad del Romano Pontífice, pero luego negarse a creer en la infalibilidad, o sea, como si esto ocurriera humanamente y no por la fuerza de una especial asistencia de Dios; ensalzar la santidad de la moral evangélica, pero luego considerar el deber de la mortificación cristiana como cosa del Medioevo que ya no tiene razón de ser; reconocer la divina institución de la Iglesia, pero luego quererla en todo dependiente del Estado, que quisiera considerarse como la fuente y el manantial de todo derecho y el moderador supremo de las cosas divinas y humanas; exaltar el Cristianismo, pero luego quererlo despojar de todo culto externo, bastando la religión del corazón; reconocer el deber de practicar la religión, pero luego considerarla como algo individual, mientras que el Estado tiene que profesarse laico. No, no es ésta la fe que nosotros tenemos que profesar. No es ésta la fe anunciada por Cristo y practicada por los Apóstoles. No es ésta la fe por la que los santos tanto trabajaron, tanto escribieron, tanto lucharon. Quien desprecia la unidad de la verdad revelada, quién toma en cuenta por la mitad la doctrina de Cristo… en él se acabala Fey es de considerarse como infiel.

Si les gusta llamarla fe, llámenla si quieren así; pero es una fe inconstante y momentánea. Fe del momento que cambia las verdades perennes del Evangelio con los desvaríos de los que se autodefinen filósofos y con las paradojas de publicistas ateos. Fe del momento que sufre todas las variaciones de la opinión cambiante y de toda la tiranía de las pasiones. Fe del tiempo que condensa todo el material religioso en un indefinido y vago idealismo o sentimentalismo que, debido a que no cree nada como real, no hace nada de meritorio; fe por tanto que no dará nunca ni cristianos a la Iglesia, ni beatos al Cielo».

La fe tiene que ser la regla de nuestro actuar, y tiene que ser íntegra, no se puede admitir distinción entre dogma y dogma, admitiendo lo que nos gusta y rechazando lo que no nos gusta, admitiendo lo que se entiende y rechazando lo que rebasa nuestra pobre razón. ¿Una doctrina, un principio es contrario a las enseñanzas de nuestra fe? Rechacémosla como falsa.

Nosotros, en todo y por todo, tenemos que sentir conla Iglesia, conla Escritura, con la tradición, con las enseñanzas del maestro nuestra fe. Hay otra y más importante enseñanza que nos imparten nuestros Santos y nos lo imparten con la elocuencia del ejemplo. Su vida admirable fue una continua ascensión espiritual, teniendo como tipo y modelo de los predestinados a Nuestro Señor Jesucristo. Con esto se explica el secreto de su santidad. Así debería suceder con nosotros. No basta con creer sino que es necesario vivir en conformidad con la propia fe, consultarla en todo encuentro, en todas las situaciones de la vida, y comportarse no según la moda del tiempo, no según las exigencias de las pasiones desordenadas, sino según sus enseñanzas.

El justo tiene que vivir de la fe porque la fe tiene que dar forma a todos los hechos de la vida como la sangre invade todas las venas de nuestro cuerpo. No basta con creer especulativamente, sino que también hace falta creer prácticamente, autentificar la fe con las obras que nunca deberían estar en estridente contradicción con ella.