Autor: P. Umberto M. Marsich /
El Papa Benedicto XVI, muy inspiradamente, ha proclamado durante el año pastoral, 2012-2013, como el “AÑO DE LA FE”. Esto en razón de los 50 años del Concilio Vaticano II. De corazón, sintonizamos con su deseo. Y es sobre esta base de donde el autor de esta sección, el P. Umberto M. Marsich, nos irá presentando a lo largo del año, temas que conectan la fe y la vida.
La fe no puede limitarse únicamente en la adhesión a determinadas doctrinas. Siguiendo la exhortación del apóstol Santiago en su carta, debemos proyectarla a la vida. En efecto, ‘la fe se demuestra por las obras’; la fe, si quiere ser auténtica, debe concretizarse en obras de amor. Justamente, por cierto, le reconocemos ‘dimensión social’ e implicaciones reales en la cotidianeidad de la vida de todo creyente. Con este propósito, a lo largo del año, veremos cómo relacionar la fe con nuestra vida moral: fe y moral.
Arrancamos del misterio más trascendente y precioso de nuestra fe, o sea, el de la Santísima Trinidad. Se trata de una divinidad sui géneris: ‘una en tres personas’. Entre ellas, se despliegan ‘dinamismos amorosos’ de comunión permanente, unidad indisociable, solidaridad eterna y fecundidad generosa. Su esencia, por cierto, es el amor: DEUS CARITAS EST. Amor efusivo y expansivo que abraza el universo entero, dándole existencia, y que se plasma, maravillosamente, en los seres vivos. Luego, en la infinitud de los tiempos ‘este Dios’ crea, por amor, al ser humano a su imagen y semejanza: “Hagamos al hombre –dijo Dios- a nuestra imagen y semejanza. Macho y hembra los creó” (Gen, 1, 26-27) y, de consecuencia, los llama, a través de su constitución sexuada dual, hombre y mujer, a reproducir sus mismos dinamismos de amor.
El hombre, entonces, será verdaderamente ‘copia’ fiel del original trinitario, o sea, imagen y semejanza suya, en la medida en que ame, de verdad, como Dios ama. En la ‘dualidad humana’ del hombre y la mujer el amor divino ha marcado su presencia y a ella ha confiado la misión, exquisita y gratificadora, de amarse ‘a la manera de Dios’ viviendo en comunión, o sea, donándose sin reserva el uno al otro; uniéndose espiritual y corporalmente, hasta su fusión total e irreversible; solidarizándose en la conducción de su existencia, es decir, ayudándose mutuamente en una ‘alianza de amor’ estable y permanente. En el mandato divino “sean fecundos y multiplíquense” captamos, también, la dimensión de fecundidad del amor de Dios. La pareja, por tanto, se siente socia de Dios en la obra maravillosa de donar vida. Ella, en efecto, es la ministra y colaboradora con Dios en su trasmisión. Nunca dueña.
Frente al maravilloso proyecto de amor y vida de Dios, la pareja humana ‘heterosexual’ siente que no puede amarse como aquellos que no creen en Dios. El reconocimiento social de su unión y su celebración sacramental, para los creyentes, resultarán implicaciones debidas y gratificadoras; realización plena y santificadora del proyecto originario de Dios sobre el amor conyugal.


