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Xaverianos

SAN JUAN DE BREBEUF

Autor: P. Santiago Milani /

Nacido en Normandía (Francia) en marzo de 1593. Falleció en Nueva Francia el 16 de marzo de 1649. Fue un misionero francés, pionero de la evangelización de Canadá. Murió martirizado por los indígenas iroqueses y fue canonizado el 21 de junio de 1930 por Pío XI.

Juan fue misionero Jesuita, que con otros siete compañeros predicaron el Evangelio en América septentrional, en lo que ahora es el Estado de Nueva York y la provincia canadiense de Quebec.

Entró con los Jesuitas a los 24 años de edad. Tuvo dificultad en sus estudios y él por humildad cambió su apellido en “Vrai-boeuf”, que quiere decir “verdadera vaca”.  Superó sus dificultades con un curso especial y fue ordenado sacerdote. Un día llegó, de parte de los Franciscanos Recolectos encargados de la inmensa misión de las tribus indígenas en Canadá, una súplica urgente de ayuda a la Compañía de Jesús. Juan se ofreció en seguida para unirse a un grupo de compañeros. Llegado a la misión descubrió un medio infalible para el éxito de la misión, haciéndose solidario con ellos, aprendiendo su idioma y su cultura, para vivir como uno de ellos.

En medio de increíbles dificultades, pudo convivir durante 20 largos años con los salvajes Hurones, pero su vida nómada, sus costumbres paganas, sus hechiceros y sus vicios hicieron casi imposible una verdadera conversión.  Después de 10 años de esfuerzos logró unos 50 bautismos.  Escribiendo a sus superiores, decía: “Este campo de misión tendrá su fruto más tarde, pero solo mediante una paciencia casi sobrehumana”.

Capturado por soldados ingleses fue repatriado a Francia por ser un obstáculo a sus planes. Pero Juan no se resignó, sino que pidió a sus nuevos superiores ser reasignado al mismo campo misionero. Con un grupo de sacerdotes y hermanos volvió a la misma tribu de los hurones. A causa de una guerra que los hurones tenían con la tribu enemiga de los Iroqueses, armados por comerciantes holandeses, fueron diezmados por estos.

Estos hechos engendraron tanto odio entre los hurones, que juraron vengarse contra todos los blancos. Por eso fue atacada la misión de los jesuitas franceses, donde vivía el P. Juan y sus compañeros, los cuales hubieran podido escapar; pero permanecieron en su lugar, para salvar a los niños y a los ancianos.

Capturados por los indígenas, fueron cruelmente torturados por horas con agua hirviente, que les echaban para burlarse del Bautismo. Las torturas a que fueron sometidos, el P. Juan mostró tanto valor que los mismos indios comprendieron que estaban en presencia del mayor valiente que jamás hubiesen conocido. Decidieron entonces beber su sangre, abrir su pecho y repartir su corazón entre el grupo de guerreros, ya que decían admirados: si nos alimentamos de la carne de este valiente, seremos invadidos de su espíritu, su valor y su fuerza. Mientras tanto, el P. Juan decía: ¡cuánto me duele el que no seas conocido, el que esta región extranjera no se haya aun convertido enteramente a ti! Por estos tormentos y otros más murieron, llegando a ser semillas de Cristo en las grandes llanuras del Canadá.