En ocasión de la 2ª Jornada Anual en Memoria de los Mártires Xaverianos (viernes 11 de octubre de 2019), recuperamos, de varias fuentes, unas breves líneas de reflexión sobre el sentido de su donación hasta el final.
La historia nos dice que los cristianos, desde los albores del cristianismo hasta nuestros días, han sufrido persecuciones por el Evangelio, como Jesús mismo había anunciado: A mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes (Jn 15, 20). La misión de los apóstoles –y su continuación en la misión de la Iglesia antigua– sigue siendo el modelo fundamental de evangelización para todos los tiempos: una misión a menudo marcada por el martirio, como lo demuestra la crónica del siglo pasado y los primeros lustros del siglo XXI. Justamente, el martirio que da credibilidad a los testigos, que no buscan poder o ganancia alguna, sino que entregan la propia vida por Cristo, manifiesta al mundo la fuerza desarmada y llena de amor por la humanidad, que Cristo concede a los que lo siguen hasta la donación total de su existencia (cfr. Nota doctrinal, Congregación para la Doctrina de la Fe, 3 de diciembre de 2007).
Los Mártires Xaverianos (incluidas las hermanas Xaverianas) murieron por nuestra fe. En su muerte se mostraron como auténticos misioneros y misioneras en el último y más serio acto de misión que podían cumplir. En aquel momento su misión no se expresó en actividades apostólicas. La misión se expresó particularmente como pasión. Como Jesús en la cruz, pudieron referirse a la misión recibida –en las postreras horas de su vida– como la última misión concluida con un Consummatum est y un en tus manos, Padre, encomiendo mi vida. Así visto y vivido, el martirio es el acontecer supremo de la misión (cfr. J. Cristo Rey Paredes G.).
Aquellas palabras del Enviado del Padre, serán mis testigos, nunca han sido misión fácil para los misioneros y misioneras de Jesús. Sin embargo, aún caminando en medio de contextos hostiles, agresivos y peligrosos… no renunciaron a la misión, la expresaron en otra clave: el testimonio, el martirio, la pasión, el silencio elocuente. Y así ha ido sucediendo a lo largo de la historia de la Iglesia, hasta hoy (cfr. ibid.).
En los contextos en que se encontraron nuestros Mártires Xaverianos, testimoniar a Jesús era sumamente arriesgado. La muerte violenta por causa de Jesús se convirtió en el caso más serio de su testimonio. Han participado de la muerte de Jesús, pero también de su victoria. El martirio fue su último fiat a una alianza de amor para siempre. Han denunciado el mal y lo han vencido con su fidelidad y con su perdón (cfr. ibid.). De esta forma, el martirio pone en escena la identidad cristiana auténtica: Es la representación externa de la realidad interna de la vida cristiana (Hans Urs von Balthasar). Para los cristianos el martirio es la declaración de la esencia de su propio ser: “Yo soy un cristiano” (Daniel Boyarin).
Las cartas de varios de nuestros mártires, testifican que el discípulo de Jesús sabe que no puede morir como Jesús, pero sí con Jesús, en compañía. No desearon obstinadamente el martirio, pero eran conscientes del especial momento que vivían y se pusieron en manos de Dios porque el martirio es un diseño de Dios (cfr. J. Cristo Rey Paredes G.).
Al hacer memoria de nuestros mártires, reafirmamos que el martirio no es sólo un testimonio puntual que acontece una vez en la historia, sino que tiende a extenderse en el tiempo. Y para ello, se convierte en relato. Hagamos este año un buen relato de la “última misión” de nuestros hermanos y hermanas mártires.



